Colectivo de mujeres diversas, desde diferentes trayectorias, tendencias políticas, territorios y experiencias, que se levantan en voz unida con el...
Perú no estará en el Mundial, pero hay otro marcador que, dolorosamente, parece mantenerse vigente para nosotros: el de contar adolescentes muertos bajo custodia policial o por el uso letal de la fuerza estatal. No entrega trofeos, sino expedientes, necropsias y familias condenadas a recorrer un interminable camino en busca de justicia.
El sueño de un adolescente de 17 años de convertirse en arquitecto terminó entre los muros grises de una celda en Manchay, ese rincón de Lima donde el polvo parece cubrirlo todo, incluso la justicia. Ingresó a una comisaría bajo una acusación aún confusa y salió convertido en cadáver, como uno de esos personajes de Julio Ramón Ribeyro cuya dignidad sucumbe ante la burocracia y la indiferencia.
La Constitución reconoce el derecho a la vida, a la integridad y al libre desarrollo de toda persona, sin distinción alguna. Sin embargo, la realidad parece escribir otra norma: la ley suele ser más severa con quienes menos tienen y más indulgente con quienes deben responder desde las instituciones encargadas de hacerla cumplir.










