En todos los partidos del Mundial, 104 se jugarán en total, y con independencia tanto de las temperaturas reinantes como de las características de los estadios (cubiertos y con aire acondicionado incluidos), el juego se ha parado indefectiblemente a los 23 minutos para realizar una pausa de hidratación. La medida, una soberana estupidez que debe provocar carcajadas entre, por ejemplo, los ciclistas del pelotón (etapas de cinco horas bajo la solana de julio), esconde en realidad intereses económicos (un rato de anuncios televisivos) pero apenas ha provocado tímidas protestas, aceptándose ya como parte del paisaje por los propios futbolistas.Aquel gremio al que pertenecieron Johan Cruyff o Maradona, genios indomables fuera y dentro del campo, especialmente rebeldes contra el establishment, está formado hoy por hombres manejables y dóciles (no incluyamos a las mujeres, cuyo avance en el deporte rey es impensable desligar de la valentía de sus reivindicaciones), a los que todo les parece bien mientras mantengan sus privilegios.El fútbol, por tanto, ha sido cambiado y aquí no ha pasado nada. De una pausa se ha pasado a tres, modificando el destino de los partidos, que solían tomar una velocidad, inercia o rumbo movidos por multitud de factores deportivos, azarosos y de diversa naturaleza y hoy se ven de repente frenados abruptamente por el sonido de un silbato. Una jugada prometedora que ya no existirá, un subidón anímico grupal aguado arbitrariamente... El fútbol transformado sin que sus actores o espectadores protesten de verdad.La imposición de la pausa de hidratación sintetiza la obediencia respecto a todo y explica el porqué se ha llegado hasta aquí. Gianni Infantino es el presidente de la FIFA y hace y deshace a su antojo. El formato de las 32 selecciones era el idóneo pero lo ha retorcido y hecho crecer por avaricia. 48 selecciones equivalen a más audiencia, a más dinero y a más federaciones bañadas en oro, con la barriga llena y la capacidad crítica atenuada. Todos renovarán sus votos los unos a los otros para que nada cambie.Leo Messi, el último mohicano, en un entreno junto a una pelota que parece hipnotizarCharlie Riedel / Ap-LaPresseRevolución lampedusiana.Los buenos partidos escasean, los jugadores, en especial los europeos, están exprimidos, vapuleados por prensa y público cuando caen eliminados, como en el caso de la gran Alemania y Países Bajos, cuando sus pecados, más allá de la falta de fútbol, pasan en gran parte por la saturación. ¿Por qué Rodri no parece Rodri? ¿Por qué a Pedri le falta frescura? Cojamos a Portugal. Tiene dos centrocampistas maravillosos en las figuras de João Neves y Vitinha. ¿Cuántos partidos han jugado en el PSG? Su temporada empezó sin apenas descanso con el Mundial de clubs (otra obra de Infantino incrustada en plena canícula) y prosiguió sin apenas interrupción hasta la final de la Champions. ¿Partidos? Más de 50, por supuesto. A Portugal se le cae el talento de los bolsillos pero está espesa.Ayer conocimos el calendario de la Liga española. Fecha de inicio: el próximo 15 de agosto. ¿Protestas? Pocas.La saturación favorece las tácticas defensivas. Los planteamientos reactivos son más sencillos de aplicar que los creativos. Los partidos atraen más por lo que hay en juego que por lo que ofrecen. Empatizamos con Paraguay y Cabo Verde porque son pequeños, cómo desearles ningún mal, pero al fútbol juegan poco.Queda la emoción y la droga, claro, la pelota, que nos hipnotiza aunque se nos presente adulterada. No nos perderemos ni un partido a partir de ahora, si acaso los de la madrugada, yonquis de bolsillo, esperando que llegue alguno memorable, distinto, una pepita de oro en medio del arroyo.Solo Messi nos entiende y nos abastece de verdad. Pero pronto se acabará.Redactor Jefe de Deportes de La Vanguardia. Antes subdirector de Mundo Deportivo. Colaborador habitual en medios como RAC1, Esport3 (TV3) y Catalunya Ràdio. Autor del libro 'Jugada personal'.