Hasta este Mundial los minutos 22 y 67 de un partido eran como cualquier otro. Pero en este campeonato en los estadios de México, Estados Unidos y Canadá se han establecido como los minutos de la nueva “pausa de hidratación”, una novedad en todos los partidos que no había existido en el último siglo de mundiales.

Vayamos por partes. Entiendo perfectamente la necesidad de proteger a los jugadores cuando las temperaturas son extremas. No es fácil competir bajo un calor sofocante. En esos casos, detener el partido unos minutos para que los futbolistas nos podamos hidratar no solo tiene sentido, es una cuestión de salud. Sin embargo, viendo algunos encuentros de este torneo, todos nos preguntamos si todas las pausas responden realmente a esa necesidad. Y la respuesta evidente es no.

El fútbol siempre ha sido un deporte diferente porque no se detiene. Esa continuidad forma parte de su esencia. No hay tiempos muertos para reorganizarse cuando las cosas van mal ni pausas para enfriar al rival cuando está dominando. El juego fluye, con sus momentos de control, de sufrimiento y de caos. Y precisamente ahí reside buena parte de su riqueza. Por eso las pausas de hidratación tienen un impacto mucho mayor de lo que parece desde fuera. Cuando el árbitro detiene el encuentro, el partido cambia. El equipo que estaba imponiendo un ritmo alto pierde parte de su impulso. El que estaba sufriendo encuentra una oportunidad para respirar. Los entrenadores reúnen a sus futbolistas, corrigen movimientos, ajustan presiones y reorganizan estructuras. En apenas tres minutos, un encuentro puede transformarse. Y aquí aparece una contradicción interesante.