El Tribunal Supremo de EE UU impide al presidente cambiar la Constitución a capricho, pero le permitirá seguir con su agenda autoritariaUn manifestante exhibe una pancarta a favor del derecho de ciudadanía por nacimiento en el exterior del Tribunal Supremo, este martes en Washington.Anadolu (Anadolu via Getty Images)Habían pasado apenas horas de su toma de posesión como presidente cuando Donald Trump lanzó un ataque a la Constitución directo, inequívoco, sin tapujos, y no en redes sociales sino con membrete de la Casa Blanca. Por decreto presidencial, dejó sin efecto nada menos que el derecho de ciudadanía por nacimiento, un pilar constitucional sin el cual no se explica el éxito de EE UU como país. La medida fue paralizada inmediatamente por jueces federales de forma cautelar. Más de dos años después, el Tribunal Supremo la ha declarado inconstitucional. Lo que es una victoria frente al autoritarismo de Trump esconde, sin embargo, lecciones sobre estos tiempos en que se están poniendo a prueba las costuras democráticas de EE UU.Los argumentos forzados y falaces de los abogados de la Casa Blanca exigían una reinterpretación restrictiva de la Decimocuarta Enmienda de la Constitución. El principio de que todo el que nace en suelo norteamericano es ciudadano norteamericano se instauró tras la Guerra Civil para enterrar el debate, aberrante pero real en aquel momento, sobre la nacionalidad de los esclavos y sus descendientes. Trump y el fanático antiinmigración Stephen Miller querían que no se aplicara a hijos de inmigrantes irregulares ni de personas con permisos de estancia temporal. Los tribunales inferiores habían sido contundentes en su rechazo a esta pretensión. Los propios magistrados del Supremo habían expresado su escepticismo durante la vista oral.Sin embargo, el hecho mismo de que existieran dudas sobre la sentencia es revelador sobre el peligro para la democracia estadounidense. No solo han sido dinamitadas las convenciones democráticas no escritas asumidas durante décadas. El asalto a la Constitución misma es real y deliberado, y no lo lideran grupos de interés extremistas, sino la propia Casa Blanca. Que la decisión final se produjera con tres votos discrepantes dice mucho de lo cerca que ha estado Trump de dinamitar una enmienda constitucional. Lo normal habría sido desestimar el caso de plano, no entrar ni a debatir este disparate nativista.El sentimiento de alivio no puede ocultar lo que está pasando. Este es el Supremo más conservador que se recuerda, con seis magistrados en este campo, tres de ellos nombrados por Trump. Es cierto que, cuando el Supremo ha tenido que elegir entre la literalidad de la Constitución y los deseos de Trump, ha elegido la Constitución. Pero este tribunal ha interpretado a favor del trumpismo todo aquello que fuera interpretable, incluida la protección del aborto. Esta misma semana ha anulado restricciones a las donaciones de campañas electorales y ha sentenciado que el presidente puede despedir a placer a los cargos de las agencias federales independientes. El Supremo ha puesto una línea roja a Trump: la palabra literal de la Constitución. Todo lo demás sigue a su disposición para transformar Estados Unidos de acuerdo con sus sueños autoritarios.Archivado EnOpiniónOpinión EditorialEstados UnidosTribunal Supremo EEUUDonald TrumpMigrantesInmigrantesMigraciónCrisis migratoriaDeportaciónICEConstitución