Toda búsqueda comienza con un silencio. En el caso de Miranda Borges, empezó cuando sus mensajes no recibieron respuesta. Sus familiares, Oscar Marcano, Lady Liz Khan y Rosario González, estaban en el edificio Oromar, en Tanaguarena, 45 kilómetros al norte de Caracas, sobre el mar Caribe, cuando ocurrió el terremoto. Durante horas llamó por teléfono, escribió mensajes y revisó las redes sociales esperando una confirmación de vida. Nunca llegó.Ante la desesperación, el silencio y la falta de información, el 25 de junio decidió trasladarse por sus propios medios hasta el edificio para saber cómo estaban, explica Borges en una llamada telefónica. “Cuando llegamos supimos lo que había pasado: el edificio se había derrumbado”, explica.Desde ese instante, la búsqueda dejó de ser una espera y se convirtió en un recorrido por hospitales, refugios, listas improvisadas, grupos de WhatsApp y calles transitadas por vecinos. Sin una ruta institucional clara, las familias de los desaparecidos han encontrado en la solidaridad de la comunidad de Tanaguarena y en la organización ciudadana las principales herramientas para seguir buscando.Borges llegó al edificio en moto. El trayecto hasta Tanaguarena fue un recorrido entre edificios derrumbados, fachadas abiertas y montañas de escombros. “Todo el camino estuvo marcado por la devastación: ver la cantidad de edificios en ruinas, estructuras colapsadas y escombros por todas partes fue la experiencia más triste que he vivido”, recuerda. Llegar hasta el Oromar fue una odisea, pero no contemplaba otra opción.Cuando llegó a la calle, vio la magnitud del desastre: cuatro inmuebles de la cuadra habían colapsado. Oromar y los dos edificios a su lado ya no existían.Cuando confirmó que la estructura se había venido abajo, llamó a su familia. La noticia desató una movilización inmediata. Reunieron las herramientas que encontraron en sus casas y varios primos viajaron para ayudar a remover los escombros. “Todo el trabajo pesado ha dependido exclusivamente de la fuerza física y el apoyo de varios hombres de nuestra propia familia”, explica.Desde entonces trabajan con herramientas improvisadas y recursos insuficientes para la magnitud del derrumbe. Cada piedra removida implica un riesgo. La búsqueda exige resistencia física, pero también la capacidad de seguir avanzando mientras el miedo a las cientos de réplicas al día convive con la posibilidad de encontrar, bajo los escombros, a quienes buscan.Los escombros también borraron la geografía del edificio. Para encontrar a sus familiares, primero debían reconstruir, pieza por pieza, el lugar donde habían vivido.La siguiente etapa de la búsqueda nació de la colaboración entre desconocidos. Borges entendió que necesitaba localizar a otros residentes y reunir toda la información posible sobre el Oromar. A través de redes sociales contactó a una vecina que reclamaba la presencia de equipos de rescate y, gracias a ella, ingresó al grupo de WhatsApp de los habitantes del edificio.Desde allí comenzó una reconstrucción colectiva de la memoria del lugar. Entre todos levantaron el mapa de un edificio que ya no existía. Comparaban la posición de los escombros con la ubicación de ventanas, escaleras, estacionamientos y apartamentos. Entre vecinos intercambiaron planos improvisados, fotografías, imágenes satelitales y recuerdos sobre la distribución de las viviendas, las escaleras y los accesos. Intentaban responder una pregunta esencial: dónde podían haber quedado atrapados quienes estaban dentro y por qué lugar era posible entrar.“Pareciera que el edificio se ladeó, porque ahí hemos encontrado las pertenencias de mi familia”, escribe Borges en el grupo de WhatsApp. “Si es así, desde el estacionamiento podríamos encontrar espacio para entrar por el sótano”. El mapa construido colectivamente les permitió redefinir la búsqueda. “Saber la distribución del edificio cambia todo porque con esa información sabemos dónde buscar. Lo que no sabemos es cómo”, comenta.Reconstruir el edificio en un mapa no significaba poder entrar en él. Tres días después del terremoto, ningún equipo de rescate había inspeccionado el Oromar. La espera comenzó a tener un nuevo y cruel enemigo: el olor que salía de los escombros. Sin necesidad de palabras, anunciaba lo que muchos temían y erosionaba, poco a poco, la esperanza de quienes seguían buscando.Borges comenzó entonces una nueva carrera: encontrar maquinaria pesada que permitiera convertir ese mapa colectivo en una operación de rescate.A través de una red de periodistas, consiguió una hoja de cálculo con contactos de personas que ofrecían maquinaria pesada de forma voluntaria. Sin embargo, la lista de espera era de semanas. La única alternativa inmediata era contratar el servicio. En el grupo de WhatsApp del edificio, un vecino envió un mensaje: “Ya encontramos maquinaria, pero cuesta 2.900 dólares”. La familia de Borges estaba muy lejos de poder asumir ese gasto.La búsqueda también se trasladó a los teléfonos. Mientras unos permanecían frente a los escombros, otros escribían a rescatistas internacionales, periodistas y voluntarios con la esperanza de encontrar una alternativa para acelerar las labores. Las respuestas terminaban confirmando la misma realidad. “Las pocas maquinarias que hay son conseguidas y pagadas por vecinos y familiares”, respondió la periodista Helena Carpio, que cubría la emergencia junto a un equipo de rescatistas encargado de levantar y centralizar información sobre los edificios afectados.Mientras tanto, la búsqueda continuaba por hospitales, refugios y centros de atención en Caracas, donde los familiares recorrían listas de pacientes y preguntaban por personas que nunca aparecían registradas.Los rescatistas llegaron al edificio Oromar cinco días después del terremoto, acompañados por un perro entrenado para localizar personas con vida. Para entonces, la incertidumbre empezaba a transformarse en otra cosa. Tras varios días sin señales de vida ni indicios de que alguien hubiera logrado salir, en la familia comenzaban a surgir las primeras conversaciones sobre la posibilidad de que ya no hubiera sobrevivientes.Cada nuevo intento de búsqueda obligaba a convivir con una pregunta que, hasta entonces, nadie había querido, ni podido, formular en voz alta.Una única instrucción: recoger fallecidosEn la planta baja del edificio Oromar, justo debajo del apartamento donde vivía la familia Marcano, estaba la conserjería. Francis A. Pérez Tosta vivía allí. Rara vez estaba sola: convivía con dos gatos rescatados y recibía con frecuencia la visita de su familia. Desde el derrumbe permanece desaparecida. Su situación, al igual que la de los tres familiares de Borges, sigue sin ser confirmada.Su pariente, Jennyfer Toledo, también ha convertido el edificio en una rutina. Regresa todos los días con la misma contradicción que acompaña a tantos familiares de desaparecidos: la necesidad de encontrarla, incluso si hallarla significa enfrentarse a la peor noticia.La noche en que llegaron por primera vez los rescatistas, uno de los familiares escribió con pintura negra sobre un muro del edificio: “Fallecidos por recoger”. Debajo anotó los nombres de las cuatro personas que se creía que permanecían entre los escombros.La inscripción abrió una grieta entre quienes empezaban a aceptar ese desenlace y quienes todavía se resistían a hacerlo. “No podemos confirmar eso hasta encontrarlos”, dice Borges. “Quiero creer que, de alguna u otra forma, se salvaron”.Entre los familiares, la esperanza y el duelo conviven al mismo tiempo.Al quinto día, una segunda inspección de los equipos de rescate abrió una nueva vía de acceso al edificio, siguiendo la misma ruta que los vecinos habían identificado previamente en su reconstrucción del Oromar. El ingreso se realizó por la zona del sótano, donde se creía que podían existir huecos hacia los apartamentos.En el fondo de esa estructura encontraron un cuerpo. Se presume que es una mujer, aunque su identidad aún no ha sido confirmada. Uno de los rescatistas envió un mensaje, con voz rápida y cansada, al grupo del edificio: “Se encontró el cuerpo. Me gustaría poder ayudarles más, pero esta es la única información que hemos podido recabar”.El audio circuló rápidamente entre los familiares y vecinos. El grupo quedó en silencio, interrumpido solo por mensajes de oración y desconcierto. Nadie sabía aún por quién llorar, ni si debían hacerlo.Poco después apareció una nueva imagen: un cartel con los nombres de varias personas presuntamente fallecidas. No se sabe quién lo colocó. Su presencia generó, otra vez, tensión entre los familiares. “Todavía no los hemos encontrado, y ese cartel nos juega en contra. Si dice que están fallecidos, no los van a buscar”, dice Borges.El listado incluía nombres, apellidos, números de apartamento y contactos de familiares impresos en una hoja plastificada. Era una forma de ordenar lo que quedaba, pero no decía nada sobre lo vivido dentro del edificio: los encuentros en los pasillos, las celebraciones en la piscina, los gestos cotidianos durante las parrillas.Tampoco decía nada sobre quienes siguen volviendo cada día, convencidos de que aún no es el final.