Rosana Luna sale de la principal morgue de Caracas sin encontrar el cadáver de su hermana Marines Luna, tapiada en uno de los más de 100 edificios que colapsaron en La Guaira. Rosana se sienta en un banco y le dice a una amiga: "Esto es horrible, pero necesito estar bien para seguir buscando". En poco tiempo, debe volver a entrar. Solo aguarda a que actualicen el álbum con nuevas fotos de los cuerpos que recién ingresaron al lugar. A un costado, un camión de gran capacidad descarga unos 50 ataúdes. Cerca, hay una pequeña montaña de bolsas de cal, un compuesto comúnmente usado para reducir el olor a descomposición, aunque se desaconseja su uso por impedir el reconocimiento. A más de una semana de los terremotos simultáneos en Venezuela, numerosos familiares continúan en la búsqueda de sus seres queridos; la mayoría ya solo quiere poder despedirse y darles un descanso digno. Pero el tiempo corre, y muchos de los cuerpos rescatados empiezan a deformarse. Mientras tanto, el gobierno de Delcy Rodríguez cuenta 2.295 personas fallecidas, una cifra poco creída entre los venezolanos. Al mismo tiempo, Naciones Unidas Venezuela hizo una compra de 10.000 bolsas de cadáveres. Además, iniciativas ciudadanas de búsqueda registran más de 40.000 personas desaparecidas, una cifra que se acerca a la de la ONU, que estima 50.000 extraviados. Mientras que los carteles de se busca se multiplican en las paredes de hospitales y refugios. "Ayer reconocí uno; se me pareció mucho a ella por las características físicas. Hicieron una prueba dactilar. Hoy vine a buscar la respuesta y me dijeron que no era ella, que era una mujer de 32 años; mi hermana tiene 57, y su cuerpo ya fue retirado por sus familiares", cuenta Rosana. Este es su segundo día en la morgue caraqueña. Un día antes, estuvo en la de La Guaira, un espacio improvisado dentro del puerto, donde ingresan entre 400 y 700 cuerpos al día, según reportes periodísticos. Al aire libre, los muertos yacen en el piso, sin mucho orden, todos bajo el sol y cerca del mar Caribe. Allí Rosana hizo reconocimiento físico durante dos horas y media. En medio del olor, los vio uno por uno, pero no encontró a su hermana. Son "demasiados", —dice—, los cadáveres, una gran parte ya descompuestos. "Tú en realidad no sabes si es o no es de lo hinchados y deformados que están", añade. Antes de buscar en morgues, Rosana pasó por hospitales de La Guaira y Caracas. "Sigo en mi búsqueda, lo más que quiero es encontrarla", insiste. TE PUEDE INTERESAR Una amiga le avisó a Lixandro Oyer que actualizaron la lista de personas que ingresaron a un refugio en Caracas. Le dice que aparece el nombre de su hijo, también se llama Lixandro Oyer, de 15 años de edad, y el de su expareja, Jennifer Farías, madre de Lixandro. Desde la morgue, va para allá, pero no es la primera vez que acude a ese albergue. Ya estuvo antes, vio ambos nombres en la lista, pero no los encontró a ellos. En la morgue tampoco logró reconocer ninguna de las fotografías que le mostraron. Su hijo vivía junto a su madre y su padrastro en el edificio Luisa Cáceres de Arismendi, una construcción gubernamental en Urimare, La Guaira. "He buscado en refugios, hospitales, morgues, en todos lados. A veces aparecen en listados de hospitales y refugios; voy y no están. Para mí, deben estar como desorientados", es su esperanza. Lixandro buscó, incluso, hasta dentro del apartamento en ruinas. Varios pisos de la edificación siguen erigidos, aunque con cierto grado de inclinación, lo que augura un posible colapso de lo que queda. En el lugar le prestaron herramientas y un tapabocas. Justo el apartamento quedó cerca del suelo. Abrió un hueco en una pared y logró llegar a la sala. Atravesó vigas, techos desplomados y demás escombros. Al entrar a una de las habitaciones, vio el cuerpo de la pareja de Jennifer; intentó sacarlo, pero sobre él hay una columna y el peso mantiene el cuerpo muy comprometido. En su travesía, Lixandro contó al menos otros nueve fallecidos; ninguno era su hijo o su expareja. "Está una señora que tenía un celular en la mano; se lo quité y se lo mostré a unos familiares que estaban afuera, y me dijeron: "Sí, esa es mi mamá". Cerca, hay dos personas más; abajo está otra señora con tres niños. Al lado está otro muchacho y en otro lado está un bombero, pero nadie se quiere meter a sacarlos porque el edificio está doblado y está que colapsa", cuenta. TE PUEDE INTERESAR María Angélica Pereira busca a su hermano Leopoldo Pereira. Tiene evidencia de que su cuerpo fue removido de los escombros aproximadamente a las 6:00 p.m. del viernes 26 de junio del Edificio El Palmar, en Caribe, La Guaira. Lo vio a través de un video. Vio su cabello y vio que el cuerpo estaba completo. "Era mi hermano", repite. En el lugar solo estaba un cuñado de la familia, quien ayudó a sacar el cuerpo. Él —asegura— que de inmediato el cuerpo fue trasladado en ambulancia al Hospital José María Vargas en La Guaira, pero no lo dejaron subirse al vehículo. A la mañana siguiente, María Angélica acudió al hospital. Le dijeron que allí ya no estaba el cuerpo de Leopoldo, que debía ir a la morgue del puerto. Se fue hasta allá en aventón. En medio del caos, el transporte público sigue sin funcionar al 100% en La Guaira, al igual que el resto de los servicios básicos. En el puerto estuvo hasta el final de la tarde, bajo un sol inclemente. María Angélica vio muchos cuerpos, prácticamente caminó sobre ellos. Por momentos sintió miedo de caerse debido a lo resbaloso del suelo. El reconocimiento lo hizo sola, sin algún trabajador forense que la ayudara a abrir los envoltorios fúnebres que cubrían a algunos cuerpos. "Yo no me podía poner a hacer eso, no estaba preparada, necesitaba que alguien me orientara. (...) Había unos cuerpos que ya tenían hasta gusanos. (...) Me tuve que enfrentar a eso porque lo que quiero es encontrar a mi hermano". En el lugar no había luz ni agua; no recibió guantes ni tapabocas; el que usó se lo regaló alguien antes de entrar. TE PUEDE INTERESAR Ahora, María Angélica lleva dos días yendo a la morgue de Caracas. El primer día hizo entrevistas antropológicas y odontológicas. Al día siguiente fue por las planillas. Tiene que llevarlas al Servicio de Identidad Nacional, lugar de trabajo de su hermano, donde se ofrecieron a ayudar en la búsqueda. Ya le entregaron la odontológica, pero reclama que no han querido darle la antropológica. "No quise formar líos, no quise decir nada porque la gente después se molesta y no es la idea". A pesar de ese inconveniente, no se queja de la atención en Caracas. Ha podido ir al baño y tomar agua. A las afueras del lugar hay comida gratuita y atención psicológica. También están empresas que ofrecen servicios funerarios sin costo alguno, pero María Angélica no piensa lo mismo de su experiencia en La Guaira. "Allá están desatendidos totalmente… una desidia. Parece que no fueran cuerpos. Los lanzan como si nada", describe. A pesar del mal recuerdo, María Angélica conversa con su cuñado sobre la posibilidad de que al día siguiente tengan que volver al puerto. Entre tantos cadáveres que no logró ver o que han seguido llegando, capaz está el de Leopoldo, aunque teme que lo hayan cremado. "Mi sobrino, que está en España, también perdió a su mamá y a sus abuelos en esta tragedia; sus cuerpos sí los encontraron. Por eso estoy haciendo todo lo humanamente posible para conseguir el cuerpo de mi hermano, porque, aunque no lo vaya a ver más nunca, cuando su hijo llegue a Venezuela, quiero entregarle aunque sea unas cenizas de su papá".