El nacionalismo español (que existe, aunque apenas se le nombre y parezca que solo hay nacionalismos periféricos) ha manejado desde siempre una idea muy restringida de lo que es ser español: nacido en España, blanco (hasta que viajas por Europa y descubres que no eres tan “blanco”), castellanohablante, católico, heterosexual. Cada una de esas categorías ha implicado violencia a lo largo de nuestra historia, desde las persecuciones religiosas y expulsiones de siglos atrás, a las más recientes conquistas de libertades y derechos sociales que la derecha ha rechazado y retrasado y recurrido a los tribunales, pasando por la imposición de un relato histórico nacionalcatólico (que dejaba fuera a los españoles musulmanes y judíos, tan españoles como los cristianos) y castellanocéntrico (contra los otros nacionalismos peninsulares), además de la xenofobia contra los migrantes.

Esa visión estrecha y restringida de lo que es ser español-español, incluye por supuesto ser de derechas. El franquismo persiguió a republicanos, comunistas, socialistas y cualquier ideología que no fuese la nacionalcatólica, bajo la acusación de ser la “antiespaña”, los malos españoles. Y aunque algo hemos avanzado en democracia, la derecha y la ultraderecha española siguen teniendo pulsiones “imperiales”: ya admiten (a regañadientes) a españoles de otras creencias religiosas, lenguas maternas o tendencias sexuales, pero todavía se resisten a considerar de los nuestros a quienes han nacido fuera (y a sus descendientes ya nacidos en España). Y por lo visto, también a quienes no son de derecha.