Cuando Margaret Atwood escribió su famosa novela El cuento de la Criada (1984), narró la instalación de un gobierno totalitario, patriarcal y teocrático en un territorio escindido de EE.UU.–Gilead– como reacción a la caída de la fertilidad. En su novela, la clase gobernante (los Comandantes y sus Esposas) controla los cuerpos de las pocas mujeres fértiles (las Criadas), quienes son distribuidas como esclavas sexuales en cada una de las casas de las familias en el poder. El cuento de la Criada incomoda e interpela porque se resiste a quedarse en el plano de la fantasía. Atwood no incluyó en su libro ningún suceso, práctica o invención que no hubiera tenido lugar en la historia de la humanidad. El relato discurre así sobre la delgada línea que separa la realidad de la ficción. Muestra que si el miedo cunde se normaliza el horror. Obliga a preguntarse: ¿Qué tanto hay de pasado, y qué tanto de presente o futuro en una historia como esa? ¿Puede la libertad femenina estar implícitamente condicionada a la reproducción? Y ¿qué pasaría si las mujeres dejan de engendrar?

La caída mundial de la fecundidad ha motivado una respuesta democrática en diversos países, consistente en un grupo de medidas (en Chile, por ahora, solo anuncios) que apuntan a subsidios, servicios estatales, políticas laborales de conciliación o acceso a la vivienda. Si bien esta respuesta suele asumir un modelo de familia tradicional, ella está muy lejos del relato de Atwood. Pero, también, tiende a dejar fuera algo que sí evoca el oscurantismo de ese relato: el avance del masculinismo.