Para entender la arcaica visión del mundo de Clara Muzzio, vicejefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por el PRO, no hace falta buscar demasiado. La portada de su cuenta de X lo resume en pocos caracteres: “GN 1:28”. Es el versículo del Génesis donde Dios ordena a Adán y Eva reproducirse. Desde esa cosmovisión religiosa, esta semana definió a la Educación Sexual Integral (ESI) como “una trampa mortal” que introduce “ideas monstruosas”, “destruye la cabeza a los niños” e impone una “ideología siniestra”. En realidad es la manosfera y su culto a la masculinidad tóxica lo que destruye la mente de los jóvenes, no los estudios de género. Son las familias maltratadoras, los padres ausentes, los que no pagan la cuota alimentaria, los que niegan la existencia de quienes tienen a cargo y los echan de casa por ser homosexuales o trans. A veces, los padres que tanto hablan de amor y familia terminan siendo los primeros bullies de quienes dicen amar. En este mundo que promueven se reprime el placer y se ordena la sexualidad en un esquema donde la única relación aceptable es entre un hombre y una mujer, con un camino trazado hacia el matrimonio y la reproducción de hijas e hijos cristianos, educados bajo el mismo modelo rígido de género. La sociedad abierta iba a llegar al punto en que se cuestionara esa disciplina, lo que hoy atestigua una crisis de un sistema de control moral y de jerarquización entre vidas “debidas” y “no debidas”. Las identidades dejan de ser patologizadas y los políticos policías del control moral pierden poder sobre los cuerpos. Por eso protestan: ya no pueden internar, exorcizar, lobotomizar ni quemar en la hoguera libremente en nombre de su dios.
El mundo encorsetado que nos ofrece Clara Muzzio
Para entender la arcaica visión del mundo de Clara Muzzio, vicejefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por el PRO, no hace falta buscar demasiado. La portada de su cuenta de X lo resume en pocos caracteres: “GN 1:28”. Es el versículo del Génesis donde Dios ordena a Adán y Eva reproducirse. Desde esa cosmovisión religiosa, esta semana definió a la Educación Sexual Integral (ESI) como “una trampa mortal” que introduce “ideas monstruosas”, “destruye la cabeza a los niños” e impone una “ideología siniestra”. En realidad es la manosfera y su culto a la masculinidad tóxica lo que destruye la mente de los jóvenes, no los estudios de género. Son las familias maltratadoras, los padres ausentes, los que no pagan la cuota alimentaria, los que niegan la existencia de quienes tienen a cargo y los echan de casa por ser homosexuales o trans. A veces, los padres que tanto hablan de amor y familia terminan siendo los primeros bullies de quienes dicen amar. En este mundo que promueven se reprime el placer y se ordena la sexualidad en un esquema donde la única relación aceptable es entre un hombre y una mujer, con un camino trazado hacia el matrimonio y la reproducción de hijas e hijos cristianos, educados bajo el mismo modelo rígido de género. La sociedad abierta iba a llegar al punto en que se cuestionara esa disciplina, lo que hoy atestigua una crisis de un sistema de control moral y de jerarquización entre vidas “debidas” y “no debidas”. Las identidades dejan de ser patologizadas y los políticos policías del control moral pierden poder sobre los cuerpos. Por eso protestan: ya no pueden internar, exorcizar, lobotomizar ni quemar en la hoguera libremente en nombre de su dios.











