¿Alguna vez pensaron cómo empezó la monogamia? ¿Por qué llevamos adelante una forma de vincularnos que evidencia tener problemas, a tal punto de generar industrias enteras alrededor de la infidelidad, como la de los detectives privados y los hoteles alojamiento? La respuesta más conocida la dio Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado: la monogamia llegó hace unos seis mil años con la sedentarización. Cuando dejamos de ser nómades y acumulamos excedentes, los hombres necesitaron saber de quiénes eran sus hijos para dejarles herencia. La monogamia como institución legal y cultural nació junto con el Estado.
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Pero la ciencia moderna complejiza ese relato —y en parte lo contradice. El antropólogo Kit Opie, del University College London, demostró en un estudio sobre 230 especies de primates que la monogamia social surgió hace unos 16 millones de años, mucho antes de la agricultura y la propiedad privada. Su hipótesis es perturbadora: en grupos donde machos rivales mataban a las crías de otros para acceder antes a las hembras. Cuando una hembra está amamantando, no ovula y no puede quedar embarazada. Si un macho rival mata a esa cría, la hembra deja de amamantar y recupera la fertilidad mucho antes, permitiéndole aparearse y tener su propia descendencia. Un macho que se quedaba con una hembra y cuidaba a sus crías tenía más chances de que su descendencia sobreviviera. La monogamia, en ese origen, no tenía nada de romántico: era una estrategia de protección contra el infanticidio dentro del propio grupo. A eso se suma la dimensión neurobiológica. La antropóloga Helen Fisher identificó que durante la fase de enamoramiento el cerebro registra aumentos de dopamina, norepinefrina y testosterona que generan euforia, obsesión y pérdida del apetito. Pero ese estado no dura. La psicóloga Dorothy Tennov, quien estudió el fenómeno durante más de una década con 500 entrevistados, estableció que la infatuación intensa dura entre 18 meses y tres años, sin importar si la relación continúa o no. Fisher lo confirmó con neuroimágenes. Lo que la cultura llama amor eterno, el cerebro lo procesa como un programa de mediano plazo: exactamente el tiempo que necesita una cría humana para dejar de ser completamente dependiente. Pero ya no necesitamos cuidar a los niños de otros primates que puedan agredirlos, se puede saber a ciencia cierta de quién es hijo una persona y si la hipótesis de la monogamia como etapa neuroquímica necesaria para criar a un niño fuese cierta, ¿qué sucede con los padres de chicos de más de tres años o de las parejas que no tienen hijos? ¿Sigue teniendo sentido sostener la monogamia cuando perdió gran parte de las funciones que según los diferentes expertos tuvo históricamente? ¿Con qué fin no le damos fin a esta institución milenaria? ¿Es realmente la mejor forma de relacionarse? Los números sugieren que cada vez menos gente lo cree así. En Argentina, el 52% de los encuestados exploró vínculos por fuera de la pareja tradicional, según un estudio de Dive Marketing sobre 1.773 participantes en cuatro países latinoamericanos: la infidelidad (27%) y las relaciones abiertas (26%) encabezan las formas más frecuentes. En Estados Unidos, casi 1 de cada 3 adultos estuvo alguna vez en una relación no monogámica consensuada, frente a 1 de cada 5 de hace una década. La app Feeld registró un aumento del 500% en perfiles que se identifican como no monógamos éticos, y OkCupid vio crecer un 45% las menciones de no monogamia entre 2021 y 2023. En Europa, el 61% considera el poliamor moralmente aceptable. El fenómeno no es nuevo, pero sí lo es su nombre, su marco ético y su visibilidad. Infidelidad o parejas alternativas Pero hay una pregunta que conviene formular para tratar de entender el fenómeno: ¿y si la infidelidad no fuera la traición al sistema sino lo que lo hace funcionar? El zoólogo David Barash y la psiquiatra Judith Lipton argumentaron en El mito de la monogamia que el deseo de tener múltiples parejas es natural y que la monogamia, en cambio, no lo es. La infidelidad, en esa lectura, no sería una falla del modelo sino su válvula de escape: lo que le permite sobrevivir. Einstein lo intuía cuando le escribió a una amiga cuyo marido la había engañado que "la mayoría de los hombres no están dotados para la monogamia por naturaleza" y que forzarse a serlo era "como una fruta amarga para todos los implicados". Los números acompañan esa intuición. Una encuesta de YouGov de 2022 sobre 2.000 adultos encontró que uno de cada tres estadounidenses que alguna vez estuvo en una relación monógama —no solo casados, sino también novios y convivientes— admitió haber sido infiel, ya sea física, emocionalmente, o ambas. Y el mercado lo confirma: Ashley Madison, la plataforma diseñada explícitamente para encuentros extramatrimoniales, reportó 80 millones de cuentas en todo el mundo en 2024, con un promedio de 17.000 nuevos registros por día. Si esa es la dimensión real de la infidelidad, quizás la pregunta no sea por qué tanta gente engaña, sino por qué seguimos llamando monogamia a algo que tan pocas personas practican de verdad. Sin embargo, no todo es lo mismo en el submundo de las parejas alternativas. Hay categorías distintas según el grado de monogamia que conservan en sus acuerdos: Swingers: Intercambios sexuales acordados con otras parejas, puntuales y organizados. Sin encuentros por fuera de los pactados. Esta modalidad es quizás la más cercana a la monogamia. Pareja abierta: Exclusividad romántica, no exclusividad sexual. Pueden estar juntos o por separado con otras personas, pero el vínculo amoroso sigue siendo de a dos. Poliamor: Múltiples vínculos con distintos grados de prioridad, sin exclusividad sexual ni romántica. La forma más alejada de la monogamia tradicional. Vainillas o la Xtreame y la Pineapple ¿Y dónde ocurre todo esto? La era digital tiene una institución que organiza la vida social, y este caso no es la excepción: los grupos de WhatsApp. Comunidades de parejas, muchas articuladas alrededor de locales nocturnos o fiestas temáticas, funcionan como centro de socialización. Las parejas llegan, se presentan y aprenden los códigos, los hábitos y los eventos disponibles. Fiestas como Xtreame y Pineapple se celebran mensualmente en Capital Federal con todo tipo de público: desde veinteañeros hasta parejas de más de cincuenta años, con música electrónica que mezcla novedades con remixes de los clásicos de los ochenta sin dejar a nadie afuera. "Vainilla" es el término que desde estas parejas se utiliza para hablar de la monogamia, de la norma. La vainilla es dulce, pero sí es un sabor predecible, suave, lejos de la intensidad del chocolate. Tal vez eso es la monogamia: un ideal de dulce y predecible estabilidad. Lejos de los primates que se cuidaban de los infanticidios o de los primeros terratenientes del neolítico que querían cuidar su excedente. Quizás el fin de la monogamia sea el de dar algo de estabilidad en un mundo cada vez más cambiante. Evidentemente a cada vez más personas les dejó de alcanzar. Probablemente comer vainilla toda la vida, habiendo tantos otros sabores, tenga gusto a poco.







