Dejó de haber tantos cadáveres en las calles de Detroit. De los que ya están muertos, con un disparo en la cabeza o un agujero en la vena, y de los que aún siguen vivos pero moribundos por un brote de fentanilo o porque la pobreza se les agarró al pecho y los dejó falleciendo sobre una acera. El Detroit apocalíptico empezó hace 50 años a pudrirse. Cerraron las fábricas y la violencia era un empleo. En 1974, hubo 714 homicidios en sus calles. En los 80 y 90 se superaban los 600 anuales. En la segunda década del siglo XXI, la cifra era aún alta, pero ya bajó a algo menos de 400. En 2025, hubo 165. Todos esos años anteriores de zozobra desencadenaron el miedo, y la droga y el alcohol hicieron el resto. La urbe falleció y se convirtió en un fantasma que hoy parece renacer. El Confidencial vuelve a Detroit 13 años después a comprobar un milagro, relativo, con sus muchos matices. El dueño de un hotel y un rapero quebrado son las dos caras de la urbe. Pero esperen a leer todo el texto y sacar sus conclusiones sobre una ciudad que ejemplifica lo que ocurre en Estados Unidos. 2013, agosto. Detroit. Una crónica de Ángel Villarino titulada Vida tras el apocalipsis postindustrial dice: "La interminable avenida Trumbull que conecta el centro con la periferia oeste se puede recorrer entera sin encontrar más comercios que licorerías montadas en edificios sin ventanas, con aspecto de búnker y puertas de acero. Dentro, los mostradores están protegidos por cristales blindados y algunos dependientes no se molestan en esconder sus armas, más bien las exhiben". TE PUEDE INTERESAR 2026, junio. Detroit. "Compré el hotel (en la avenida Trumbull) en 2014 por 2,6 millones de dólares. Lo hice porque tenía dos hijos que jugaban aquí al hockey sobre hielo. He invertido otros diez millones en renovarlo. Cuando lo adquirí en la recepción, había un cristal antibalas y en la máquina expendedora se vendían condones. Había suciedad por todas partes. Los cuartos se alquilaban por 30 minutos para traer prostitutas. Esta zona estaba degradada. Nadie quería venir aquí. "Daba miedo por las noches", explica Leo Lee, un californiano de Los Ángeles de origen coreano, que decidió comprar una parcela en el "infierno". Él es el propietario del Trumbull & Porter Hotel, enclavado en el inicio de esa avenida fantasmagórica de la que hablaba Villarino hace 13 años. Cuando llegas allí, tienes la sensación de que alguien se equivocó colocando aquel edificio en ese lugar. Rodeado de una especie de descampado industrial, sus muros pintados, su aire artístico moderno, parecen más de un alojamiento de la soleada California que de la posindustrial Detroit. TE PUEDE INTERESAR Lee trabaja duro para sacar adelante una joya que ejemplifica el renacer de esta urbe compleja. El negro y el blanco siguen siendo una trinchera aquí, como sucede en todo el país. "Yo no voy nunca a los barrios de los negros, no puedo poner un pie ahí. Mi hermanastra es mulata y puede hacerlo, pero yo no paso por ahí nunca", cuenta Elizabeth, conductora de Uber. Lo dice como si hablara no de otro lugar, sino de otra vida. Según datos del Detroit Regional Chamber, la recuperación de la urbe no ha sido igual para todos, dependiendo de los colores. La tasa de pobreza entre la población negra es del 26%, mientras que la de blancos y asiáticos es del 10%. La tasa de propiedad de vivienda también es dispar: un 80% entre los blancos y un 48% entre los negros. Sobre la violencia, las estadísticas oficiales evitan entrar en temas de identidad, pero la ciudad está dividida como una frontera. "Antes en esta zona había un 80% de población negra; ahora hay un 80% de blancos y asiáticos", detalla el propietario del Trumbull & Porter, bajando algo la voz. Lee tiene una mañana ajetreada. Está a punto de poner en marcha de nuevo su restaurante. "Lo cerré en 2022. Jay G, el cocinero que tenía, murió por una sobredosis. Fue a una fiesta y mezcló alcohol, cocaína y fentanilo". La pandemia de la droga ha cocinado en la urbe miles de vidas. Túmulos de tierra en cementerios de la Gran Guerra que ha perdido Estados Unidos. Desde 1999, cuando empezó a haber cifras oficiales fiables sobre muertes por sobredosis, han fallecido más de 1,2 millones de personas. Habitaciones temáticas de los Rolling Stones (J.B.) "Ven, ven, te la enseño". Llegamos a la puerta de una habitación, la 132, llamada Suite Rolling Stone. Detroit es historia de la música desde que en 1959 Berry Gordy Jr. creó su sello musical Motown. Música negra, parte de esa lucha por sus derechos civiles, que convirtió a la urbe en templo del ritmo. Y aquí, en este hotel en los aledaños del centro, se alojaron los Rolling Stones en su primer concierto en 1964 en la ciudad. Lee abre la puerta de un cuarto convertido en reliquia: "Pretendemos que la gente regrese a Detroit. Damos trabajo a muchas personas aquí", dice entre cuadros, guitarras, discos y recortes de prensa de aquella visita. El hotel ha cambiado desde 1964 de dueños. Holiday Inn primero, luego Corktown Inn y ahora el Trumbull & Porter. Lee compró un "hoyo" en una de esas ciudades muertas del globo. "Era un bloque de pisos mugriento. Había basura en el suelo. Un hedor me llegaba a la nariz. Las puertas estaban sin bisagras…" que cantaran los Rolling en su tema Rain Fall Down. 2013, agosto. Detroit. La decadencia de Detroit es tan palpable, tan descarnada, tan surrealista, que una de las pocas industrias en auge es la artística. "Es un imán para creadores vanguardistas que han descubierto que tienen aquí una fuente de inspiración, un ambiente único. También los atrae por los precios, porque se puede comprar una casa por 5.000 dólares", dice Pamela Marcil, directora de relaciones públicas del impresionante Detroit Institute of Arts (DIA). 2026, junio. Detroit. El Detroit artístico de 2013 parece haber mejorado. Al DIA le rodean ahora galerías de arte. La avenida Woodward, antes llena de basura y vagabundos, es una sucesión de comercios pequeños, jardines y estadios que llegan hasta el impoluto centro financiero de la ciudad. "Metieron aquí los grandes estadios deportivos y sirvió para recuperar la zona. Eso y la mejora de las viviendas. Recuperamos el orgullo", dice una pareja mayor de una ciudad de Michigan, disfrutando de una cena en la ciudad. "Nos pasamos años sin venir a Detroit", matizan. Anuncios de ventas de pisos en iglesias abandonadas (J.B.) La avenida Trumbull hoy, más que larga, parece sin vida. No hay seres humanos, tampoco apenas coches. Hay algunos pequeños nuevos negocios. Y decenas de casas en hilera con jardines y aparcamiento. "Detroit cambió porque metieron policía y subieron los precios de las casas. Antes aquí comprabas una casa por 10.000 dólares, ahora valen 800.000", advierte Lee. Efectivamente, las viviendas son nuevas, lustrosas, modernas. Jermaine Golden, dice un cartel, vende los restos de una vieja iglesia con sus vidrieras destrozadas para nuevos inversores. El dios money levantó un muro a la decadencia. Eso se va deteriorando a medida que se avanza. Aparecen las licorerías Family Dollar y Liquor Express como una frontera de color y miseria. Algunas personas esperan, ya bebidas, en la puerta. Sale una joven afroamericana delante de mí tambaleándose. Completamente borracha. Camina dando tumbos al mediodía. De frente aparece una joven blanca que hace footing. Saco una foto y unos segundos después la joven bebida se baja los pantalones y empieza a orinar en medio de la calle. Me grita, grita por rabia, como ida, y la dejo atrás con su vida rota mientras la joven deportista se aleja corriendo. A veces una imagen puede contar una historia. Esa os la cuenta. La escena (J.B.) De hecho, la crónica de 2013 de Villarino acaba con este párrafo: "La llegada de jóvenes profesionales como él, que copan los trabajos cualificados y alquilan los locales más caros, ha empezado a generar resentimiento. Lo ilustran los grafitis, que en Motor City son ubicuos y bastante expresivos: ‘Dispara a los hipsters cuando salen a hacer footing, invita uno". La joven bebida disparaba con su garganta espumeante. Ella pertenece a esa parte de la sociedad americana a la que sólo se le pide que orine con cierto decoro y muera sin haber infectado nada antes. ¿Dónde habitan ahora que dejaron el centro? 2013, agosto. Detroit. Las cifras de la ciudad constituyen un inventario de desgracias. Es, por ejemplo, el lugar más peligroso de Estados Unidos y en el que más dinero exigen por asegurar un coche (unos 6.000 dólares al año de media) a causa precisamente de la tasa de criminalidad. La renta familiar, que en los años 60 era la más alta del país, ha caído a la mitad de la media nacional y un 60% de los niños viven ya por debajo del umbral de la pobreza. 2026, junio. Detroit. "No hay ningún rapero al que no hayamos dedicado una canción a la calle 7 Mile Road (Milla 7). Esta es la calle con peor reputación de la ciudad, una especie de frontera. Eminem hizo popular la 8 Mile. Él vivía allí, en la 8, que es algo mejor que está, pero la 7 es más jodida", dice Shawn, un rapero de nombre artístico Astray, que nació y creció en esos Estados Unidos en los que usar un arma es preventivo. "Yo llevo aquí mi pistola. Soy un tipo gordo y bajito, no podría defenderme. Pero yo no busco jaleo: mi música y mi vida…". Él habla mientras recorremos la 7 Mile, otra ciudad. Nos adentramos en ese Detroit donde la Policía viene a tapar cadáveres. Coches más viejos, zonas verdes abandonadas, viviendas pobres de maderas gripadas, el evidente comercio de drogas y una población casi en su totalidad afroamericana… Es tranquilo, porque los barrios realmente jodidos parecen tranquilos porque la gente evita salir a las calles. Shawn nació y creció más al norte, en Saginaw. Una urbe que reventó el mazazo de la desindustrialización. Su tasa de homicidios duplica la del estado de Michigan. Está en los primeros puestos de todo el país en tasas de violencia, con 2,2 delitos violentos por cada 100 personas. "A mi mejor amigo, Omar M., músico, lo mataron en 2024 en una licorería Dollar con una automática. Fue un ajuste de cuentas", recuerda Shawn. Shawn (Astray) Su amigo muerto era también rapero, o quiso serlo. Su nombre artístico era Infamouz. Se quiso ganar la vida con el freestyle. En su canción Shows Over, decía: "Pistolero joven en la cabina, haciendo ruido; te golpeo con la culata, te disparo por la espalda cuando corres…". Le dispararon finalmente a él porque las letras de los músicos de las calles de Michigan son sus diarios. "El 2 de junio de ese mismo año, a mi ex y madre de mi hija, su pareja de pronto empezó a golpearla con una pistola mientras cenaban en el Olive Garden en Midland (ciudad del norte de Detroit). De pronto él le colocó la pistola en la nuca y disparó. Tuvo suerte, la bala le salió por un ojo y no la mató. A él le han caído 25 años de cárcel. Y a mi ex le da pena porque sabe que él tuvo un brote psicótico. La entiendo", narra Shawn. La muerte ha formado parte de la vida de todos ellos en un territorio donde el verbo sobrevivir, más que un infinitivo, es un condicional. El Detroit por el que ahora deambulamos no tiene hoteles con piezas artísticas ni restaurantes con sushi. "Aquí viven sobre todo negros. Hay mucho racismo en este país. Yo no tengo problemas con los negros, ¿sabes? Ellos están jodidos, ellos deben vender droga para alimentar a sus familias. Aquí no hay reglas, los negros dicen que se jodan las reglas. Yo tuve más suerte por ser blanco", dice Shawn mientras nos adentramos en Lasalle College Park, otro de esos barrios pobres, sin servicios ni infraestructuras, necesarios para contener allí la pobreza y no permitir que infecte el recuperado centro de la urbe. Hace falta una 7 Mile Road para que haya un Downtown mejorado. ¿Dónde contienen a maleantes, adictos a las drogas, vagabundos y buscavidas, entonces? Necesitan un barrio donde dejarles hacer sus cosas, donde matarse en una licorería sin que a nadie le preocupe mucho solucionar el enigma de otro cadáver. TE PUEDE INTERESAR "Hay evidencias de que en Chicago Norte y Chicago Sur hay mala comunicación. Eso está hecho a propósito", explicaba unos días antes la reputada socióloga de la Universidad de Michigan, Kathleen Cagney. Se busca que uno tenga mal transporte para que a sus ciudadanos les cueste salir a los mejores barrios y se les deja allí encerrados, muriendo de a pocos. Eso es ese mundo que rodea el recuperado Detroit. ¿Has crecido y visto mucha muerte a tu alrededor? "Muchos amigos míos han muerto por la droga o por la violencia", responde él. Shawn tuvo suerte: la marihuana, cuando la probó, no le gustaba, le daba paranoia, y vivió junto a un mundo sin reglas al que empezó a dedicar canciones. "Mi padre bebía y se drogaba, era violento, y yo no quise ser como él. Murió de cáncer". Y entonces el sueño americano llamó a su puerta. El gran Eminem, el rapero blanco de Detroit convertido en megaestrella internacional, montó una discográfica y fichó a Astray. Él se imaginó entonando su vida tuerta y yéndose a una de esas casas de las familias ricas con dos retretes y barbacoa. "Estaba en las nubes, pero me pusieron un productor que no sabía nada ni trabajaba. Yo me quejaba, intentaba hacer mis cosas, pero me iba destruyendo su desgana. Enfermé de tristeza. Engordé muchos kilos y vendí mis canciones a una compañía hace un año que no me paga los royalties. Pactamos 50/50. No responden a mis llamadas. Así que debo ahora conducir un taxi para poder dar de comer a mi familia", dice Astray, condenado a ser Shawn. No es poco el dinero que le deben al que pudo ser el nuevo Eminem. Su canción Coming to You tiene casi dos millones de visitas en Spotify. "15 millones si juntas todas las plataformas", puntualiza él cuando presume de una carrera que le han robado. Otras canciones como Kimbo Slice o Give me five minutes tienen cientos de miles de pinchazos también. "Era bueno, amigo, era bueno haciendo música. Espero poder un día vivir de esto", me suelta. Pero ya tiene sus cuarenta y tantos, fotos de sus hijos en la cartera y una ciudad sin compasión a la que sobrevive por una razón: "Nací para ser una estrella, no un don nadie en la calle". Esa es una frase de su éxito: "Give me five minutes". Es el diálogo entre Shawn y Astray, la misma persona y dos personajes. Shawn nació en el lado equivocado del mundo y Astray intentó salir de ahí haciendo rimas con sus propias cicatrices. Historia de la ciudad.