El gigachad es un meme de redes sociales encarnado en un hombre de rasgos desproporcionados, mandíbula cuadrada, gran musculatura y facciones muy marcadas, parodia exagerada del ideal del “macho alfa”. Sin embargo, como suele suceder en internet, donde algunos ven un meme, otros ven un proyecto de vida. El looksmaxxing (maximización de la apariencia), concepto acuñado la pasada década y que explotó en los foros de la machosfera tras la pandemia, propugna la supuesta optimización del cuerpo mediante su expansión, ya sea a través del gimnasio, de sustancias que favorecen la hipertrofia o incluso de intervenciones estéticas agresivas. Literalmente: el streamer estadounidense Clavicular, de 20 años, una de las luminarias del movimiento, alcanzó popularidad cincelándose la cara a martillazos, con el objetivo de mejorar la definición de su mandíbula. También es alguien que dice haberse colgado pesas en el pene para aumentar su grosor y mejorar las erecciones. Pero la mandíbula, la espalda, los pectorales o incluso la obsesión histórica por el tamaño del pene han abierto paso a otra forma de autoafirmación masculina, el ballmaxxing, que se traduce, textualmente, como “maximización de las pelotas”. Un paseo por lugares como el agregador Reddit, con más de 120 millones de usuarios en todo el mundo, permite explorar historias de hombres encontrando una particular vía escrotal de trascendencia. Las inyecciones caseras de suero salino son las más populares: al llenar de líquido la bolsa escrotal, se agiganta y estira hasta dar la impresión de que el sujeto tiene unos testículos descomunales. De momento, no deja de ser un hobbie demasiado residual para considerarse una moda. En los foros que tratan el tema, al menos, hay un número mucho mayor de participantes que comentan la práctica en tono jocoso que en primera persona, aunque sus adeptos, a juzgar por las inolvidables imágenes que comparten, no ceden al desaliento. El pasado mes de abril, un artículo de la periodista británica Arielle Domb para Men’s Health daba voz a uno de estos lobos solitarios en la cruzada de la maximización testicular, que buscaba, precisamente a través de Reddit, a una mujer interesada en mirar cómo se perforaba y llenaba el escroto. Tuvo mejor suerte en una aplicación de citas para fetichistas, donde sí dio con una chica dispuesta a unirse a su transgresora relectura del plan de “mantita, pizza y peli”, consistente en que verían la tele mientras él se inyectaba suero salino. “Ella miraba y tocaba de vez en cuando y hacía preguntas. Su curiosidad era absolutamente electrizante”, contó a la periodista. Otros usuarios hablaban de lo emocionados que se sentían al andar por la calle con una entrepierna prominente y visible para el resto, una presunta sensación de control, así como la validación varonil que experimentaban al desplazar unas glándulas sexuales de aspecto enorme, “como un toro”. Cabe precisar que, en realidad, los testículos mantienen su tamaño, puesto que no son estos los que se pinchan, sino la bolsa. El efecto tampoco es permanente y el líquido se reabsorbe, a lo sumo, en uno o dos días. Consultado por ICON, el doctor Josep Torremadé, coordinador del grupo de trabajo de andrología en la Asociación Española de Urología, desaconseja esta práctica. “Lo de inyectarse cosas de forma casera no suele ser nunca una buena opción”, confirma. “Al inyectar suero fisiológico en la bolsa escrotal se intenta reproducir algo como un hidrocele. El hidrocele es una enfermedad en la que se genera líquido alrededor del testículo y eso, sin querer, aumenta el tamaño. La gente se preocupa porque el testículo es grande y lo que nosotros realizamos es una eversión de la túnica vaginal, que es quitar ese líquido y hacer una maniobra para que no vuelva a aparecer. Los urólogos tenemos muchísimos pacientes de hidrocele en lista de espera que operamos cada año”. Al doctor le resulta irónico que haya hombres interesados ahora en ampliar su escroto cuando lo tradicional, en materia estética, suele ser lo contrario. “En la gente mayor, con los años, los testículos tienden a descolgarse, el escroto se vuelve muy laxo y lo que se solicita es una reducción, una escrotoplastia o lifting de escroto. Es curioso que, según la edad, queramos una cosa o justo la contraria”. Es decir, quienes busquen el estiramiento mediante estos métodos, sin duda, lo encontrarán, porque la piel de su escroto caerá más de lo normal conforme vayan envejeciendo. Una alternativa es la del escrótox (bótox en el escroto), que lleva años existiendo y tiene mayor durabilidad y consistencia. En 2022, algunos medios informaron de que Cristiano Ronaldo era usuario de esta técnica, que alisa el escroto, reduce la sudoración y da apariencia de mayor volumen testicular. El Dr. Torremadé cree que, por la probada seguridad de la toxina botulínica, el escrótox no debería presentar “riesgo elevado”, si bien descarta que tenga utilidad alguna. “A primera vista, si el pene y los testículos siguen siendo símbolos poderosos de masculinidad y virilidad, cabría esperar que el miedo a dañarlos les disuadiera. Pero muchas prácticas de looksmaxxing implican dolor, riesgo e incertidumbre, desde la cirugía de mandíbula y los rellenos hasta los trasplantes capilares y otros procedimientos invasivos" En España, el escrótox no está regulado, aunque hay médicos privados que lo ofrecen. También está el lipofilling, que rellena la bolsa escrotal con grasa extraída de otras partes del cuerpo del paciente. ICON contactó a varias clínicas que cuentan con estas formas de alisado escrotal entre sus servicios, pero todas declinaron responder. El escrótox, no obstante, es significativamente más leve que esos estiramientos del tamaño de una manzana generados por el suero en la bolsa escrotal. La persona que elige pincharse el escroto en casa puede equivocarse con el material que emplea, infectarse si no conoce los debidos protocolos higiénicos, reventarse una vena, dañar la función testicular al dificultar el flujo sanguíneo o, a largo plazo, padecer disfunción eréctil o infertilidad. Algunos hombres han sufrido quemaduras internas por inyectarse suero demasiado caliente. En los casos más extremos, está la posibilidad de la gangrena o de una embolia. ¿Por qué hay personas obsesionadas con sus testículos que, a la vez, parecen esforzarse en lesionarlos? Para el sociólogo Ozan Félix Sousbois, especializado en estudios masculinos de género, el riesgo, pese a resultar paradójico, tiene sentido en la cosmovisión de los fieles al ballmaxxing. “A primera vista, si el pene y los testículos siguen siendo símbolos poderosos de masculinidad y virilidad, cabría esperar que el miedo a dañarlos les disuadiera”, dice a ICON. “Pero muchas prácticas de looksmaxxing implican dolor, riesgo e incertidumbre, desde la cirugía de mandíbula y los rellenos hasta los trasplantes capilares y otros procedimientos invasivos. La lógica de sacrificio es fundamental en los espacios de looksmaxxing relacionados con los incels. La masculinidad se concibe cada vez más como algo que requiere una intervención constante, una evaluación e incluso un sacrificio corporal. El miedo a la castración no desaparece, se redirige hacia una disposición a asumir riesgos. Lo que parece amenazar la masculinidad se convierte, para algunos, en una forma de intentar asegurarla”. “Me estás hinchando los huevos” En su novela de 2007 Camino tortuoso (Norma Editorial), Warren Ellis describía el recorrido de un detective privado por los márgenes de Estados Unidos. En una de sus paradas, a cambio de información, aceptaba que un grupo de culturistas homosexuales le inyectase suero salino en el escroto. “Mis testículos se llenaban de calor y cada vez se hacían más pesados. Eran del tamaño de una cebolla ganadora de un premio que había visto en un concurso de horticultura cuando era niño. Sentía como si estuviera pasando balas de cañón de contrabando en mi escroto. El líquido se agitaba horriblemente”, contaba el narrador, que pasaba a describir sus esfuerzos para subirse la cremallera del pantalón y cómo su compañera, por curiosidad, decidía hacer lo propio y agrandar sus labios vaginales. Ellis confeccionó su novela a partir de noticias reales sorprendentes que leía en internet y que demuestran que estas prácticas ya tenían su predicamento décadas atrás. En ello incide Ozan Félix Sousbois: “Las prácticas centradas en los testículos llevan años existiendo en ciertas comunidades gais, BDSM y de modificación corporal, bajo diferentes nombres y con significados muy distintos. En esos contextos, solían estar relacionadas con la experimentación erótica, el placer, la estética o las prácticas sexuales no convencionales”. Vanessa, nombre ficticio, de 31 años y aficionada al BDSM, cuenta a ICON que ella presenció esta práctica en una ocasión y guarda un bonito recuerdo. “Es gracioso, queda chulo de verdad, ¿sabes? Como que se hincha muchísimo, la piel se nota tirante, estirada, mola mucho, y luego eso se reabsorbe y ya está, no tiene ningún tipo de efecto secundario. Visualmente es una pasada”, declara. El marco en que disfrutó de esta visión fue en un taller de medical (fetichismo médico), donde se enseñaba a hacerlo debidamente para reducir riesgos. “El medical son prácticas que se asimilan a lo que puede suceder en un entorno médico, cosas con agujas, grapadoras quirúrgicas, cortes, bisturís… Para ese tipo de cosas, evidentemente, se necesita cierta formación. Si tú vas a azotar a alguien, tampoco te tienes que sacar un máster, pero para esto hay que saber”. “Dentro del medical, una de las prácticas más minoritarias es lo de las inyecciones de salino, porque además de ser algo muy particular, que te llama la atención, requiere un montón de preparación”, explica Vanessa. “La persona a la que se lo inyectan tiene que estar tumbada o sentada todo el tiempo con un gotero puesto, gota a gota hasta que llene, muchísimo rato”. Sobre su atractivo, la entrevistada lo desliga de cualquier connotación de poder masculino o potencia sexual. “No es una cosa de sexualidad directa, en el sentido de que tú no te vas a inflar los huevos para hacerte una paja. Tiene que ver con algo más allá de lo puramente sexual, si lo pensamos desde una sexualidad más convencional. Hay gente a la que le excitan ese tipo de prácticas con un cierto ritual. Desde el lado de quien lo realiza, no tanto de quien lo recibe, tiene mucho morbo el que otra persona se preste a eso y tener el poder de hacerle esa modificación. Es bastante excitante en ese sentido”. La disparidad de significados políticos de la práctica hace saltar por los aires toda metáfora cuando hablamos de “tener hinchados los cojones” o “un buen par de huevos”, posible base de este colapso hacia la literalidad. Es por ello por lo que Sousbois agrega que uno debe ser cauto a la hora de equiparar la presión estética de las mujeres, que lleva a algunas a colocarse implantes mamarios de silicona, con este otro fenómeno. “El ballmaxxing surge dentro de un universo simbólico diferente, moldeado por las ideas de la machosfera sobre la virilidad, la capacidad reproductiva o la masculinidad. No se trata tanto de ajustarse a los cánones de belleza convencionales como de responder a las ansiedades en torno al estatus masculino, el atractivo sexual y la pérdida de privilegios. Las intervenciones y modificaciones corporales se presentan no solo como formas de resultar más atractivos, sino también como respuestas a lo que los participantes perciben como una injusticia estructural o una discriminación contra los hombres”. A principios de año, estallaba el escándalo de los esquiadores que, en los Juegos Olímpicos de Invierno, se inyectaron ácido hialurónico en el pene para aumentar su tamaño y obtener ventaja en los saltos (la explicación es que cuanto más holgado sea el tejido del traje, mayor superficie de resistencia tendrá el atleta durante el salto, de modo que esos pocos centímetros de tela entre las piernas son clave). La evolución de este tipo de praxis dictará si el pinchazo en la entrepierna es, como empieza a parecer, el zeitgeist de nuestra era o si, sencillamente, ante los desafíos, adaptaciones, amenazas y problemas que nos presenta la vida, nuestro acto reflejo en busca de respuestas seguirá siendo, ahora y siempre, mirarnos los testículos.