Las historias que llegan de Venezuela son desgarradoras. Leo en EL PAÍS que, de 147 deportados, llegados desde Texas a Caracas el mismo día del sismo en el vuelo 164 y trasladados al hotel La Llanada, solo 12 sobrevivieron. La gente de seguridad del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, a cargo de ellos, no les abrió las puertas. Su desesperación es inimaginable. Murieron cuando el hotel se desplomó.No he podido dejar de seguir por el teléfono las labores de rescate en la zona de La Guaira, la más afectada. Heroicamente, hombres sucios de polvo y casi solo con las manos, se arriesgan para sacar personas de los escombros. Se percibe la sensación de abandono de los rescatistas, la falta de medios para acceder a las voces que piden ayuda debajo de las ruinas. A medida que pasa el tiempo, se extingue la esperanza de encontrar sobrevivientes. Ya ha empezado a oler a muerte.Se ha recogido mucha ayuda para Venezuela. En Madrid, una colecta organizada desde instagram solo ha durado un día porque colmó las expectativas de los organizadores; llenaron el sitio que destinaron para almacenar lo colectado. El asunto ahora es que esa generosidad se concrete en medios de transporte para hacerla llegar a su destino.En un terremoto de esta magnitud, y con tantos edificios de muchas plantas aplanados como hojaldre, la ayuda y organización que se requeriría para auxiliar a los damnificados ha sido insuficiente. Contingentes de algunos países solidarios han puesto su grano de arena, pero esta tragedia necesita, además de la solidaridad, dirección firme del Gobierno, disposición de asistencia de las fuerzas armadas, maquinaria adecuada. Un Gobierno endeble como el de Delcy Rodríguez y los antiguos funcionarios del régimen chavista, ha sido sobrepasado y la incapacidad ha costado la vida de muchos. Con escasos recursos, con las crisis que ha vivido Venezuela, y la sacudida a sus estructuras de poder por Estados Unidos, se esperaría un mayor rol humanitario de éstos. Trump ofreció, con sus ínfulas de resolverlo todo, toneladas de ayuda. Solo el recuerdo de su “ayuda” en el huracán en Puerto Rico, cuando tiró rollos de papel higiénico a la gente, hace sospechar de sus promesas. Hasta ahora han enviado 130 marines y únicamente dos equipos de búsqueda. La corrupción que por años ha carcomido la sociedad venezolana también le ha pasado factura a su gente. Viendo el derrumbe de tantos edificios altos de apartamentos, uno no puede más que cuestionar los códigos de construcción. Cuando la corrupción es un modus vivendi, los constructores hacen trucos para rebajar las cantidades de hierro y refuerzo necesarias según esos códigos.En Nicaragua, en el terremoto de 1972, que devastó la capital, Managua, se comprobaron los fallos de este tipo en varios edificios. No era una ciudad moderna y pereció cuando las casas de adobe y los edificios mal construidos se desplomaron. Se estimó que habían muerto al menos 20.000 personas. La ciudad nunca se recuperó, se convirtió en un lugar sin centro, acomodada en los bordes de las principales carreteras.En estos días, en comunidades como La Guaira, habrá que facilitar la evacuación de sobrevivientes. Con tantos cadáveres como los que habrá, además del aire irrespirable, aumentará el riesgo de epidemias, de contaminación. El gobierno y la ayuda internacional tendrán que volcarse en planificar la movilización de las familias y en la habilitación de refugios para ellas.Ahora proteger la vida, atender a los vivos es la prioridad. Venezuela no puede quedarse sola. La solidaridad es un imperativo urgente.
La solidaridad con Venezuela, imperativo urgente
El país devastado necesita ayuda internacional para atender a las víctimas de los terremotos. Ahora proteger la vida, atender a los vivos es la prioridad











