Anuncia el presidente electo Abelardo de la Espriella que no irá a la Casa de Nariño antes del 7 de agosto y el país no verá entonces, como ha sido tradición, una fotografía de los presidentes entrante y saliente en un gesto que no es obligatorio, pero sí deseable en una democracia que se precia de hacer transiciones pacíficas entre adversarios políticos. Al no hacerlo, el presidente electo busca hacer un desplante a Gustavo Petro, pero en realidad es una forma de despreciar a los millones de votantes que lo eligieron hace cuatro años y a los muchos más que decidieron votar este año por la continuidad de su proyecto político. No entiende él que esto no va de rencillas o prevenciones personales, que esto tiene que ver con la institución presidencial que está por encima de dos personas que se odian. La Constitución dice que el presidente es el símbolo de la unidad nacional.A pesar de que en la respuesta a la cantante Karol G, quien le pidió gobernar para todos y no solamente para los que votaron por él, el presidente electo habló de “unidad con y para el pueblo”, hay gestos que dicen más que las palabras. Por eso vale resaltar como positivo el saludo a las cortes y sus reuniones con mandatarios locales tras el resultado electoral. El presidente Gustavo Petro no entendió nunca lo que él representaba como mandatario más allá de su condición de líder de un partido o movimiento y ahí estuvo el mayor de sus errores. Los votantes en las urnas le cobraron esa división que alimentó desde su discurso desbocado un funcionario a quien correspondía representar a todos. Ahora, De la Espriella, al evitar el encuentro con el presidente saliente, parece que tampoco entiende con claridad que la majestad del cargo no tiene que ver con “su manada”, sino con un país que va más allá de los suyos. No dar un espacio de encuentro con el presidente saliente no es el único gesto con el cual se desprecia a los votantes de Cepeda, porque desde la propaganda política de derecha ahora se busca desconocer y minimizar la voluntad de quienes no se inclinaron por de la Espriella. Varios medios de comunicación han hecho interesantes artículos bien documentados en los cuales queda desvirtuado el impacto del llamado voto fusil en las pasadas elecciones. Dudé mucho en usar esa expresión porque forma parte del diseño de una propaganda malintencionada que busca estigmatizar y deslegitimar el voto de millones de ciudadanos. Las palabras tienen mucho poder y nombrar con desprecio hechos y personas forma parte de las estrategias de desinformación que buscan sembrar odio y rabia para poder justificar después los delitos de odio. Es más fácil justificar la violación de los derechos humanos si de entrada creemos que la víctima no tiene derechos y es culpable por sospecha. En los informes hechos por EL PAÍS América Colombia, por El Espectador y la revista Cambio, entre otros, hay suficiente evidencia para entender cómo se movieron los votantes en zonas de influencia de grupos armados. Hubo en esos territorios votación mayoritaria por uno o por otro candidato y, si de bombardear se trata, como propone un concejal de cuyo nombre prefiero no acordarme nunca, habría que bombardear muchos otros lugares que él no menciona, en donde hay presencia activa de grupos ilegales y en los cuales los ciudadanos votaron masivamente en favor de Abelardo de la Espriella. No se puede estigmatizar a nadie y mucho menos promover crímenes de guerra desde ningún megáfono público. Con base en datos históricos y en testimonios en terreno, los periodistas confirman la presencia de grupos ilegales en algunas zonas y la presión que pueden ejercer sobre votantes de las dos orillas políticas, pero demuestran con información verificable que eso no fue lo determinante en una elección que mostró un país muy dividido entre dos opciones políticas opuestas. Hubo movilización de organizaciones sociales, trabajo logístico de comunidades indígenas y un esfuerzo intenso de quienes estaban convencidos de uno y otro candidato. Insultar a los votantes con una estigmatización no cambia lo que pasó en realidad. A pesar de esos informes y de la abundante información disponible en distintos centros de investigación y pensamiento para dar elementos de contexto sobre cómo se movió el electorado, siguen corriendo en memes y en mensajes de WhatsApp como propaganda que los ilegales fueron determinantes. Mentir para alimentar el odio y para justificar la violencia. No se puede olvidar que estigmatizar y etiquetar personas se ha usado a lo largo de la historia para justificar delitos y genocidios. Lo saben bien los judíos víctimas del holocausto y ahora los gazatíes tildados de terroristas desde la cuna. Así hay quienes encuentran razones para justificar el asesinato de niños o el bombardeo a la población civil. Las palabras no solamente nombran lo que pasa, también crean hechos políticos, pero detrás de las narrativas que se diseñan como propaganda hay gente, personas reales que pueden quedar en riesgo. Desconocer a los votantes, estigmatizarlos, maltratarlos no es el camino hacia el respeto que debemos todos a la decisión que se tomó en las urnas. Desarmar las palabras y los gestos son pasos necesarios para intentar construir un país en el que podamos caber todos. Es obligación de cada ciudadano ayudar a reconstruir desde su lugar el tejido social que ha destruido la campaña, pero es sobre todo obligación de los líderes que pueden seguir jugando a la violencia o tener gestos que muestren otros caminos posibles.