Lorenzo Bernaldo de Quirós

Actualizado 30/06/2026 - 07:04h.

Existe una arraigada y perniciosa tradición intelectual española –que abarca desde el pesimismo existencial de la Generación del 98 hasta el actual mesianismo de la corrección política– empeñada en diagnosticar los males patrios como una patología del espíritu. Según esta tesis, el problema secular de España residiría en el 'carácter' de los españoles. Se les dibuja como una estirpe refractaria a la modernidad, aquejada de una suerte de atavismo antiliberal y portadora de un supuesto ADN colectivista que les empuja de manera irremediable hacia la dependencia del Estado, el cainismo y la envidia institucionalizada.

Esta visión es errónea en términos metodológicos y perezosa en los intelectuales. Es el refugio de quienes, incapaces de analizar los mecanismos de incentivos que rigen el comportamiento de los individuos en las sociedades humanas, recurren a una metafísica de café para explicar las deficiencias del país. España no padece ninguna maldición antropológica; sufre, hoy como en otras etapas de su historia, un severo déficit de calidad institucional. La cultura no configura el destino de las naciones; las instituciones sí y además son éstas las que generan un entorno cultural creativo o destructivo para los países. Alemania y Japón no necesitaron una 'alteración genética' para convertirse en naciones democráticas y pacíficas tras perder la Segunda Guerra Mundial; solo necesitaron que les cambiaran el tablero y las reglas del juego.