Basta mencionar el apellido Schopenhauer para oír desde algún rincón de la sala el adjetivo “desfasado”. Porque tenía unas ideas muy peculiares sobre los fantasmas, porque era antivitalista y cenizo, porque glorificaba el ascetismo y el celibato, o, con más frecuencia, por sus imperdonables generalizaciones inspiradas en las mujeres suprimidas que conoció (a excepción de su talentosa y exitosa mami, a la que no podía ver).
Arthur Schopenhauer (1788-1860) publica la primera edición de su obra magna, El mundo como voluntad y representación, en 1818, a la edad de treinta años. En sus páginas construye una filosofía que hace de puente entre la tradición europea, marcada por Kant y Platón, y el pensamiento índico (hindú y budista), que se había empezado a traducir a lenguas europeas como el inglés y el latín. La Voluntad, el centro de la metafísica de Schopenhauer, es la cosa-en-sí, la realidad fundamental de este mundo: un querer permanente, una hoguera de deseo y movimiento que nos tiene atrapados en las llamas del instinto, del impulso vital; una realidad que nos atraviesa pero que sólo podemos conocer a través de nuestras representaciones de ella. La ley de la gravedad, la estación del celo en los animales, la búsqueda del sol de las plantas (fototropismo), los arrebatos de mi ego... Todo manifestaciones de esa Voluntad que nos anima y consume.








