La economía argentina profundizó una dinámica de dos velocidades que ensancha la grieta productiva y enciende las alarmas en el entramado manufacturero. Mientras el Gobierno exhibe como un triunfo el superávit comercial —sostenido por la primarización y los beneficios del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI)—, las pequeñas y medianas empresas denunciaron un escenario de colapso. La estadística macroeconómica que celebra el oficialismo choca contra la realidad de las fábricas locales, asfixiadas por un modelo que las dejó fuera de la ecuación de crecimiento a largo plazo.
A pesar de que el gobierno de Javier Milei decidió cortar subsidios a sectores productivos, como la construcción y el consumo, cada vez son más los empresarios que se acercan hasta el Palacio de Hacienda para plantear la necesidad de un plan de auxilio para reactivar compras y evitar una profundización de la informalidad patronal y laboral, como paso anterior al cierre de persianas. El ministro de Economía, Luis Caputo, dio señales de coincidencia con este planteo, que además beneficiaría al oficialismo en el escenario electoral del año próximo, pero choca contra el pragmatismo de la Casa Rosada.
En el país de las vacas, las importaciones de carne alcanzan nuevo récord: impacto en la industria y el consumo











