El panorama económico argentino sigue regalándonos esa clásica y fascinante esquizofrenia entre lo que dicen los planillas de Excel del Gabinete y lo que ocurre, efectivamente, en el suelo de las fábricas. Ayer se conoció el informe de la Unión Industrial Argentina (UIA) y el dato fue, digámoslo de entrada, un verdadero sopapo de realidad. Según la entidad, la actividad industrial acumuló en el primer semestre una caída del 3% frente al mismo período del 2025. Pero el dato alarmante no es solo ese: la producción fabril se ubicó un 10% por debajo de los niveles de 2022 y 2023. O sea, estamos hablando de un parate estructural que ya no se puede tapar con retórica ni con celebraciones en redes sociales. En este contexto, me pareció profundamente revelador un artículo publicado por un economista sumamente respetado y ponderado por todos —incluso por este servidor— como es Miguel Kiguel. En su análisis, titulado “Desafío 2027: que la economía despegue y derrame a la sociedad”, Kiguel conecta con exquisita sofisticación dos cables que el Gobierno intenta mantener aislados: la macroeconomía y la política electoral.

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