EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí. Una lancha se balancea sobre el mar al caer la tarde. Desde aquí se observa el muelle de Providencia y el puente que lo une con la minúscula isla de Santa Catalina, el rincón colombiano más alejado del continente. Josselyn B. Arboleda y Jostiffer García Henry bucean hasta los 23 metros de profundidad ataviados con un arpón y una malla plástica. El capitán los va siguiendo con la barca guiado por las burbujas que emiten sus tanques de oxígeno. La pareja tiene claro el objetivo: cazar todos los peces león que puedan. Ni el agua turbia ni la marejada impiden que en apenas 35 minutos salgan a la superficie con la malla abarrotada y una sonrisa pletórica. Capturaron 19 ejemplares. “Se confiaron”, dicen orgullosos. No vieron venir que ambos llevan meses detrás de esta plaga que azota el mar Caribe y el Mediterráneo. El pez león que fileteará García en la cubierta estará en pocas horas en la cocina del chef Martín Quintero. “Lo que uno consume tiene un impacto en nuestro entorno”, explica desde su restaurante, envuelto en el delantal.Arboleda es la primera pieza de un dominó que va cayendo de a pocos en la isla. Esta bióloga marina de San Andrés convirtió la realidad que vivían las islas en su obsesión investigativa. Conoce como nadie todo lo que rodea a este animal —su dieta, la reproducción, los estragos— que se reproduce vertiginosamente y fundó junto a su pareja, García, un proyecto para introducir en la dieta de los isleños y los turistas estos peces que destrozan indirectamente el arrecife y se reproducen por segundos. Lo mismo que hace el chef asturiano José Andrés en su restaurante de las Bahamas, lo replica Arboleda en las plazas de esta isla colombiana. “La gente le tiene miedo porque es una especie venenosa, pero nosotros explicamos cómo hay que cortarlo para que no haya ningún peligro”, explica. “Es delicioso en ceviches, fritos... Hay que ponerlo de moda para que a los pescadores les salga a cuenta cazarlos”, revela. Es, insiste, un trabajo en cadena.La verdad es que ninguna captura está de más, pues la reproducción es masiva y los daños colaterales incalculables. Las hembras alcanzan la madurez sexual relativamente pronto y pueden reproducirse durante todo el año, depositando entre uno y dos millones de huevos anualmente. La fecundación es tan fascinante como ingobernable. El cortejo suele ocurrir al anochecer. El macho sigue a la hembra mientras exhibe sus aletas. Luego ambos ascienden hacia aguas más superficiales; ella libera masas gelatinosas con cientos de miles de huevos y él, el esperma. Los huevos quedan flotando en una masa mucosa protectora y las corrientes los transportan a grandes distancias. La fructífera fecundación y la carencia de depredadores explican por qué el pez león colonizó tan rápidamente arrecifes, manglares y fondos rocosos del mar; no sólo en el Caribe. Este es uno de los peces que más estragos está causando en Italia, Chipre, Turquía e Israel. Y la amenaza que más preocupa a los expertos es la misma: los corales.El pez león (Pterois miles) consume prácticamente todo lo que se le ponga delante. En estos mares tan biodiversos, los principales blancos son los peces loro juveniles (Sparisoma viride), peces ángel (Pomacanthus paru), damiselas (Stegastes) o gobios (Gobiidae); muchos de estos son autóctonos y herbívoros, que ayudan a controlar las algas. En algunos arrecifes del Caribe se han documentado reducciones superiores al 60 % de peces nativos y pequeños tras la invasión, que data de 2008. El exceso de algas debilita a los corales, que poco a poco pierden resiliencia; algo que no se puede permitir un ecosistema que tiene el 44 % de su extensión en riesgo de extinción, según la Lista Roja de UICN.Josselyn Bryan entrega el contenedor de con peces león capturados.Charlie CorderoCaptura controlada de ejemplares de pez león, el 15 de mayo.Josselyn B. Arboleda (EL PAÍS)Limpieza de un pez león a bordo de la embarcación tras una jornada de captura en Providencia.Charlie CorderoJostiffer García y Josselyn Arboleda navegan en la Isla de Providencia.Charlie CorderoEl chef Martín Quintero Isaza presenta un plato preparado con pez león en Caribbean Place Donde Martín.Charlie CorderoComensales disfrutan de una presentación de música en vivo en Caribbean Place Donde Martín.Charlie CorderoQue este animal esté colonizando el Caribe colombiano pone en jaque una de las áreas marinas protegidas más grandes del hemisferio occidental. Los arrecifes de Providencia y Santa Catalina forman una barrera coralina continua de unos 32 kilómetros. Esta es la barrera arrecifal más extensa de Colombia y custodia el 77 % de los arrecifes coralinos del país.“Un problema que generó el hombre”Hay muchas teorías sobre cómo llegó por primera vez al Caribe. Y todas ellas rozan lo inverosímil. Algunas narran que un grupo de biólogos de Florida soltó unos ejemplares para ver cuán rápida era su reproducción; otros cuentan que llegaron a las islas por accidente, pegados a los lastres de barcos estadounidenses que atravesaban el mar Caribe, y algunos apuntan a derrames de traslados de peces ornamentales, que no se descarta que fueran intencionales. Fue en Providencia donde se avistó por primera vez en el país, aunque en 2008 se registró oficialmente en las costas del Tayrona. “Lo que está claro es que fue una plaga que esparció el hombre y un problema que se originó en Estados Unidos y se está resolviendo sin su ayuda”, critica Erick Castro, oriundo de Providencia y asesor técnico en Biodiversidad y Clima de CAF. Hoy, casi dos décadas después, la invasión es prácticamente absoluta. Arboleda coge aire en la lancha de vuelta al muelle. Está radiante. Mira de reojo a los peces que aletean como señal de sus últimos instantes de vida. Entonces la isleña saca del bolso su celular y graba para su cuenta de Instagram sus primeras impresiones, con los dedos aún arrugados de la inmersión. “Amigos, fue increíble. Hubo uno que hasta intentó venir como a pelearnos y ¡pum! lo cazamos de una”, narra emocionada. Mientras, García dibuja un triángulo sobre el costado del pez y lo raja con suma precisión, aunque sus 18 espinas externas hace minutos que dejaron de ser venenosas. Rasga la piel y separa un lomo blanquecino sin dificultad. Su sabor es similar al pargo, no tan fuerte como la barracuda o el pescado azul. En el restaurante de Quintero hace meses que lo introdujeron en el menú como plato estrella: en ceviche, al ajillo, al vapor o en brocheta. Es jueves por la noche y el bogotano —afianzado en la isla hace 30 años— trocea con delicadeza los filetes que trajo García hace apenas un momento. Les echa limón, cilantro y especias. “No necesita mucho más, su sabor es muy delicadito, muy especial”, cuenta. Pagó 30.000 pesos la libra [8 euros] de filete y cree que esta misma noche los venderá todos. “Yo le digo a los pescadores que me traigan todo el que encuentren, que yo lo compro”, asegura. Arboleda y García se van a casa con la agenda clara: en un par de días volverán a hacer catas de ceviche gratuitas para que la gente se empiece a acostumbrar. Pasean por Providencia con la satisfacción de los deberes hechos. Y aunque saben que su proyecto solo no puede cambiar la realidad al completo, no hay ningún tono agridulce en sus palabras. “Este pez nunca debió haber llegado. Hacemos lo que podemos. Es cierto que se reproducen rápido, pero nosotros vamos de a poquitos. Sin parar”. En el restaurante de Martín, los comensales ojean la extensa carta maravillados con nombres de fauna marina que ni habían oído en sus países. El menú narra con cariño que en la época de veda del cangrejo negro no lo venden y que pedir el pez león es un acto político. “Comer tiene consecuencias en nuestro entorno. Qué bueno es poder devolverle a la isla algo de todo lo que nos da. ¡Y encima comiendo!”, bromea.