Una noche, Miriam Al Adib volvi� a casa tras un viaje de trabajo. Su hija sali� r�pidamente a su encuentro y, temblando, le ense�� la pantalla del m�vil: "Mam�, mira lo que me han hecho".Se top� con un deepfake, una fotograf�a hiperrealista manipulada con inteligencia artificial en la que la joven aparec�a desnuda. Tan realista que apenas cabr�a duda de que se trataba de su ni�a de 13 a�os. Y, como ella, otras tantas compa�eras de instituto. Se lo contaron a sus padres y a sus profesores, venciendo el primer golpe de verg�enza que se presupone a las v�ctimas de cualquier esc�ndalo sexual.Para muchos en el pueblo, se trataba de "una simple broma de adolescentes"."�ramos un grupo de madres que dec�amos tonter�as. Cuando fuimos a denunciar, la polic�a no sab�a ni c�mo actuar porque no hab�a nada regulado sobre el tema", recuerda Al Adib, ginec�loga, investigadora y divulgadora sobre salud sexual femenina.Aquel episodio fue el arranque del caso Almendralejo, que estremeci� a Espa�a entera en 2023, en los albores de la en�sima revoluci�n digital. Pronto salieron a la luz muchos m�s: en Argentina, en Israel, en Reino Unido. Todo ello lo relata la periodista y activista inglesa Laura Bates en La nueva era del machismo, una escalofriante panor�mica sobre c�mo la IA y las nuevas tecnolog�as est�n reinventando la misoginia.Para saber m�s"Estamos construyendo un mundo nuevo, pero las desigualdades y la tiran�a de nuestra sociedad actual se est�n integrando en sus cimientos", explica la autora en una videollamada. Se�ala que cerca del 70% de los casos de difusi�n no consentida de fotos �ntimas -lo que popularmente se conoce como pornovenganza-, el agresor es una pareja actual o anterior. Con el porno deepfake, sin embargo, ni siquiera hace falta tener acceso al entorno de la v�ctima: cualquiera que haga una captura de pantalla de una foto de Instagram puede convertirse en verdugo.Tras el shock inicial, Al Adib, comparti� la denuncia en sus redes sociales. Para ella, el verdadero peligro de aplicaciones de f�cil acceso como ClothOff -que permiten desnudar a menores de edad por apenas 10 euros- no radica en el c�digo inform�tico, sino en la respuesta social: "Si no hubiera apoyado y mostrado empat�a hacia mi hija de la forma en que lo hice, pronunci�ndome en contra de culpabilizar a quienes los hab�an sufrido, la historia podr�a haber sido muy distinta".En 2024, la Uni�n Europea aprob� el AI Act, la primera ley integral del mundo en regular el uso de la Inteligencia Artificial. Hace unos meses reforzaba a�n m�s la protecci�n de los europeos frente a la creaci�n y difusi�n de deepfakes �ntimos no consentidos, una medida impulsada tras las m�ltiples pol�micas por el uso indiscriminado de Grok en la red social X.Pero el futuro de la IA tiene un sesgo de origen insalvable. "La tecnolog�a nunca es neutral porque se financia y se programa dentro de una sociedad androc�ntrica. La inteligencia artificial act�a como un espejo que automatiza la desigualdad estructural", apunta Helena Ripoll�s, soci�loga especializada en G�nero y Derechos Humanos. "Si entrenas a un algoritmo con datos que arrastran siglos de machismo, el resultado es un acelerador de prejuicios".Bates denuncia que los gur�s del sector tecnol�gico se escudan en el mantra del "crecimiento exponencial libre de regulaciones", una huida hacia adelante que desprecia la transparencia para inflar las cuentas de resultados, dejando a las mujeres como simples da�os colaterales."Lo masculino se erige como el est�ndar universal y los problemas que impactan prioritariamente sobre las mujeres y ni�as se desplazan a la periferia del debate p�blico, como si se tratase de asuntos de nicho y no prioridades de Estado", opina la soci�loga. "Esta falta de atenci�n no es un fen�meno nuevo, sino el reflejo de una resistencia hist�rica a situar la agenda feminista y la erradicaci�n de las violencias machistas en el centro del dise�o de las pol�ticas p�blicas y de la regulaci�n tecnol�gica"."Si entrenas a un algoritmo con datos que arrastran siglos de machismo, el resultado es un acelerador de prejuicios"Mientras las grandes corporaciones se aprovechan, las aulas de colegios e institutos se han convertido en una zona gris donde las nuevas formas de violencia sexual y misoginia digital ganan terreno gracias a la llamada machosfera: comunidades de usuarios abiertamente mis�ginos, bautizados como incels. El caldo de cultivo ya no se esconde en la dark web, sino que salta en el feed de cualquier adolescente mientras merienda en su habitaci�n. "Nos encontramos ante una contraofensiva discursiva perfectamente organizada", advierte Beatriz Mart�n, directora general de FAD Juventud.El �ltimo Bar�metro Juventud y G�nero de la Fundaci�n pone un dato demoledor sobre la mesa: casi la mitad de los j�venes varones de entre 15 y 29 a�os cree que el feminismo es "una herramienta de manipulaci�n pol�tica" que va contra ellos. "Los creadores de contenido de extrema derecha y los gur�s de la seducci�n han encontrado en los algoritmos de recomendaci�n de TikTok o Instagram el ecosistema perfecto para viralizar discursos de odio camuflados como rebeld�a antisistema", se�ala Mart�n. No es que los adolescentes busquen activamente la misoginia, pero el algoritmo premia la rabia porque es lo que m�s retiene la atenci�n, radicaliz�ndolos en bucle.Detr�s de este bombardeo diario existe una estrategia coordinada para deslegitimar la violencia sexual. Clara Jim�nez, cofundadora y CEO de la Fundaci�n Maldita, conoce bien estas din�micas y apunta a la pasividad calculada de grandes plataformas como TikTok: "Asistimos a una saturaci�n de narrativas falsas que buscan crear una sensaci�n de impunidad total. El negocio de las tecnol�gicas sigue siendo el tr�fico de datos, y la moderaci�n de contenidos es un gasto que no quieren asumir de forma real", sostiene, resaltando c�mo el beneficio econ�mico pasa por encima de la seguridad digital.Desde Maldita han investigado la resistencia de estas plataformas para retirar contenidos delictivos, desde pornograf�a infantil generada por IA hasta las campa�as de acoso coordinado y sextorsi�n. "Encontramos docenas de cuentas de TikTok que publican deepfakes sexualizando a chicas con apariencia de menores, a pesar de que las normas de la red social lo proh�ben expl�citamente. Muchas de esas cuentas se lucran a trav�s de sistemas de suscripci�n". Tras reportarlas, explica Jim�nez, la plataforma mantuvo activas el 93% de ellas.Cuando la violencia se traslada al ecosistema online, donde los avatares son extensiones directas de la identidad del usuario, el da�o psicol�gico traspasa la pantalla. Bates cuenta en su obra "la opresi�n claustrof�bica" al adentrarse en el metaverso con un avatar femenino y recibir de inmediato agresiones verbales de usuarios an�nimos, cientos de comentarios er�ticos denigrantes: "El avatar del que hablaban no era mi cuerpo real, pero la sensaci�n de acoso, deshumanizaci�n y verg�enza no era muy distinta".M�s all� de las plataformas, la aparici�n de robots sexuales representa la comercializaci�n de la dominaci�n absoluta. Empresas como Abyss Creations producen hoy toneladas de mu�ecas hiperrealistas con IA integrada que simulan expresiones de dolor o placer durante el orgasmo. Su precio ronda los 11.000 d�lares y son completamente personalizables: desde el tama�o del pecho y del trasero al vello p�bico o el color de los pezones. Un negocio millonario que las expertas observan con alarma."Existe el riesgo de que determinadas personas sustituyan progresivamente las relaciones reales por v�nculos artificiales, donde no existe reciprocidad, negociaci�n ni frustraci�n", advierte la psic�loga y sex�loga Silvia Sanz, para quien los robots sexuales o las novias virtuales no son un juguete inofensivo. "Las relaciones con mujeres de carne y hueso implican empat�a, l�mites y adaptaci�n al otro; una inteligencia artificial, en cambio, puede moldearse a nuestros deseos e impulsos. Si una parte importante de sus experiencias se basa en interacciones donde la otra parte nunca dice ‘no’, se debilita la comprensi�n del consentimiento como un proceso rec�proco".Para Bates, todo empez� con los asistentes dom�sticos con voz femenina predeterminada, como Siri, Alexa o Cortana, programados para aguantar los insultos diarios de los usuarios. El siguiente paso, asegura, ya est� aqu�: programas que recopilan los mensajes de texto, audios y fotos de redes sociales de cualquier mujer real para crear una versi�n virtual que el usuario puede controlar y con la que puede mantener conversaciones �ntimas sin que ella lo sepa jam�s. "Se est� educando a una masa de varones en la fantas�a de que el cuerpo femenino es un objeto de consumo privado que no requiere empat�a alguna", dice.Vanesa Falc�n, psic�loga sanitaria, sex�loga y terapeuta de pareja, comparte su diagn�stico de este analfabetismo relacional: "Como sociedad, no estamos suficientemente preparados para afrontar el impacto emocional y psicol�gico que pueden tener estas herramientas. Refuerzan actitudes de cosificaci�n hacia la mujer, al reducir a la otra persona a un instrumento de gratificaci�n", explica. "Me preocupan especialmente los colectivos m�s vulnerables, como la infancia y la adolescencia, porque est�n construyendo su identidad, su sexualidad y su forma de relacionarse".La parada m�s s�rdida de esta deriva son los ciberburdeles, locales comerciales que operan en ciudades como Mosc�, �msterdam o Barcelona. En franquicias como Cybrothel, el cliente paga, se le abre la puerta por un telefonillo y accede a una habitaci�n donde le espera una de las mu�ecas disponibles, dispuestas en columpios o sillas ginecol�gicas, junto a un armario con botes de lubricante, preservativos y guantes de l�tex. Por un m�dico suplemento, una actriz de doblaje sigue la escena por una c�mara oculta para interactuar y simular los gemidos de la mu�eca en tiempo real.Bates visit� una de estas instalaciones durante la preparaci�n de su libro. "Me pareci� una regresi�n espantosa. Darles robots a los hombres para que abusen de ellos solo contribuye a normalizar la deshumanizante cosificaci�n sexual de las mujeres que est� en el origen de nuestras experiencias cotidianas de misoginia y violencia", sentencia, vinculando la impunidad virtual con la escalada de violencia en las calles."Las simulaciones con IA no funcionan como una v�lvula de escape, o una alternativa a las agresiones reales, como aseguran muchos; funcionan como un campo de entrenamiento, casi como una escuela de sumisi�n", insiste la periodista.Coincide con ella Ripoll�s: "Al naturalizar de forma artificial que los deseos de una mujer se pueden programar y poseer a la carta, se legitiman conductas de dominaci�n".Pero la cara m�s extendida de la misoginia digital contin�a siendo la pornovenganza. Foros clandestinos de internet funcionan hoy como mercados donde los usuarios intercambian consejos para conseguir fotos de menores, comparten grabaciones con c�mara oculta de sus parejas o suben fotos de compa�eras de clase durmiendo en el transporte p�blico con pies de foto degradantes.Bates evoca el d�a en que un hombre "le meti� mano" en un autob�s atestado hace m�s de una d�cada. Recuerda que grit� y pidi� ayuda, pero nadie intervinoAmbas psic�logas reconocen haber tratado en consulta numerosos casos de difusi�n no consentida de im�genes �ntimas en mujeres j�venes. "Estas personas arrastran ansiedad y estr�s, miedo al da�o reputacional y verg�enza frente a su entorno", describe Falc�n. "Son frecuentes los pensamientos obsesivos, la p�rdida de confianza en futuras parejas o en los hombres en general, episodios de disociaci�n como mecanismo para adaptarse y evitar el colapso emocional, y una especial vulnerabilidad ante situaciones que act�an como desencadenantes del recuerdo. Todo ello suele desembocar en graves problemas de autoestima".Las consecuencias se traducen tambi�n en vidas: desde el suicidio de la joven Audrie Pott en 2013 tras la difusi�n de las fotos de su violaci�n, hasta las estremecedoras estimaciones de las empresas surcoreanas de borrado digital, que cada a�o pierden a decenas de clientas que deciden quitarse la vida ante la imposibilidad de frenar la marea de humillaci�n. "Los s�ntomas ante esta violencia digital son tan reales como si fuera f�sica", a�ade Sanz.Bates evoca el d�a en que un hombre "le meti� mano" en un autob�s atestado hace m�s de una d�cada. Recuerda que grit� y pidi� ayuda, pero nadie intervino. El mensaje fue claro para ambos, v�ctima y agresor: ella se baj� en la siguiente parada sinti�ndose culpable por vestir como vest�a; �l se baj� sabiendo que pod�a abusar de una mujer rodeado de testigos y salir indemne.Ese autob�s es ahora un servidor en la nube, y los pasajeros silenciosos somos nosotros cada vez que nos re�mos al recibir por WhatsApp un deepfake de Isabel D�az Ayuso o de Taylor Swift. "No podemos permitir que las ni�as crezcan creyendo que el espacio p�blico o virtual no les pertenece", recalca la divulgadora Miriam Al Adib, volviendo a la gran lecci�n de Almendralejo.En julio de 2024, el Juzgado de Menores de Badajoz declar� a los 15 chicos responsables de 20 delitos de pornograf�a infantil y otros tantos contra la integridad moral, marcando un antes y un despu�s en el tratamiento judicial de la violencia digital. "La �nica forma de romper el trauma es arrancar la culpa de las v�ctimas y poner el foco en los delincuentes y en las plataformas que alojan y ganan dinero con ese material", zanja Al Adib.