En la madrugada del 30 de marzo de 1778, una joven llamada Sara Ponsonby se escabulle, vestida de hombre, de una mansión georgiana en Kilkenny, Irlanda. Lleva consigo una pistola y a su mascota, un perrito llamado Frisk. Es huérfana, pero de buena cuna: vive en casa de su prima, lady Betty, y del esposo de esta, sir William Fownes.Este caballero sería razón más que suficiente para justificar la huida: al parecer, planea casarse con su protegida en cuanto enviude de lady Betty, que anda delicada del corazón. Pero Sara no solo pretende eludir los abusos de un cincuentón, sino que se fuga para encontrarse con el amor de su vida, que vive a unos veinticinco kilómetros y también viste pantalones y casaca.Se llama Eleanor Butler y es de alcurnia aún más elevada, hija de los condes de Ormonde. A ella tampoco le faltan razones para huir. Ha cumplido ya treinta y nueve años, rechaza por sistema a todos sus pretendientes y su familia, irritada, amenaza con enviarla a un convento.La escapada romántica termina cuando sus respectivas familias las localizan en un granero, donde han pasado la noche tras perder el barco que debía llevarlas a Inglaterra. Pese al escándalo, un detalle las libra del ostracismo social: como expresa, con alivio, lady Betty, al menos “no hubo ningún hombre involucrado”.Una vida neorruralSara y Eleanor no se rinden. Están decididas a pasar el resto de su vida juntas. En un segundo intento, con ayuda de una criada, Mary Caryll, que les acompaña, logran cruzar el canal del norte y finalmente se establecen en Gales, en un pueblo llamado Llangollen, donde compran y reforman una casita neogótica, la bautizan como Plas Newydd (nueva mansión, en gaélico) y empiezan allí una vida de “retiro”, “sentimiento” y “deliciosa reclusión”, según sus diarios íntimos.Plass Newydd, la histórica vivienda de las damas de Llangollen, GalesGetty Images/iStockphotoSu intención declarada era vivir en paz lejos del mundanal ruido, consagradas a cuidar del huerto y del jardín, dibujar, aprender idiomas y leer a Rousseau, ocupaciones financiadas con el dinero que les enviaba, a regañadientes, la familia de Eleanor.Pero, si buscaban pasar discretamente desapercibidas, no puede decirse que lo lograran. Sus vestimentas masculinas y su estilo de vida poco convencional las hicieron célebres. Pronto atrajeron a su casa a un reguero continuo de curiosos, muchos de ellos ilustres: lord Byron, William Wordsworth, Percival Shelley, sir Walter Scott…Recibieron elogios por su “retiro del mundo” y su “noble amistad”, su “singular devoción mutua”, su “conversación erudita” y su “vida ejemplar de retiro y aprendizaje”, que despertaba “curiosidad y admiración”, según diversas cartas de visitantes contemporáneos.‘Influencers’ del RomanticismoNo en vano estas damas habían hecho realidad el ideal rousseuniano de renunciar a los lujos de la alta sociedad para cultivar el espíritu en un entorno exquisitamente rural. ¿Qué había más romántico que eso?Plas Newydd se convirtió en un lugar de peregrinación imprescindible para todo buen romántico. Casi, casi, en lo que hoy llamaríamos un destino turístico para influencers. Un príncipe alemán se refirió a ellas como “las vírgenes más célebres de Europa”. La reina Carlota estuvo a punto de visitarlas (al parecer, se echó atrás al enterarse de que las señoritas lo aromatizaban todo con almizcle, un perfume que ella detestaba) y, aunque finalmente no llegó a conocerlas, convenció a Jorge III de que les concediera una pensión vitalicia.Había algo de paternalismo en esta actitud. Por un lado, se las consideraba deliciosamente excéntricas. Por otro, ridículamente anticuadas. Vestían atuendos masculinos de montar y sombreros de copa; se empolvaban el cabello mucho después de que esta moda cayera en desuso.Sarah Ponsonby y lady Eleanor Butler, las damas de Llangollen, en su biblioteca, c. 1832, litografía sobre un óleo de Mary Parker (futura Lady Leighton), 1828 Buyenlarge via Getty ImagesNo dejaban de ser dos solteronas embarcadas en lo que, años más tarde, se denominaría un “matrimonio de Boston”, un tipo de unión característico de mujeres intelectuales, que les permitía eludir el matrimonio y dedicarse a cultivar sus intereses sin perder la reputación, pero que, al mismo tiempo, provocaba en muchos de sus contemporáneos una cierta compasión condescendiente.Sin embargo, por otra parte, las damas de Llangollen representaban el máximo exponente de un concepto muy apreciado en los siglos XVIII y XIX: la amistad romántica entre mujeres. No estaba mal visto que dos muchachas se hicieran tan íntimas amigas como para besarse, intercambiar prendas de amor, escribirse cartas apasionadas, expresar celos hacia otras mujeres, compartir cama o incluso proclamar su deseo de permanecer juntas para siempre.De lo sublime a lo infame¿Significa esto que la sociedad británica de finales del XVIII y principios del XIX era más tolerante de lo que imaginamos? ¿Se aceptaba la homosexualidad? No, no es tan sencillo.Para empezar, las relaciones entre hombres no se contemplaban igual que las relaciones entre mujeres. La homosexualidad masculina no solo estaba mal vista, sino perseguida y penada como un grave delito.En 1810, una redada en la taberna White Swan de Londres, un local que hoy llamaríamos “de ambiente”, se saldó con veintisiete detenidos, de los cuales dos fueron ahorcados y siete condenados a penas de cárcel. Lord Byron, que en aquel momento estaba de grand tour por Europa, reaccionó a la noticia con terror, y no le faltaban motivos.En 1835, cuatro años después de la muerte de Sara Ponsonby, la justicia británica aún ejecutó a dos hombres por sodomía. Cabe señalar, no obstante, que las penas no se aplicaban, en teoría, basándose en los sentimientos amorosos de los ajusticiados, sino en su actividad sexual. Lo que se penaba eran las relaciones sexuales consideradas contra natura.¿Por qué, entonces, era más benévola la sociedad con las lesbianas que con los gays? Porque predominaba la noción de que las mujeres carecían de deseo sexual. Se las consideraba incapaces de cometer actos contra natura y sus enamoramientos, por tanto, se consideraban platónicos e inocentes. Veleidades de solteronas.Retrato de las damas de Llangollen en 1819, por Susan Murray Tait Wikimedia CommonsPodría decirse que el machismo fue, paradójicamente, lo que salvó de las peores consecuencias de la homofobia a las damas de Llangollen y a otras parejas de mujeres en similares circunstancias.¿Amigas o amantes?Pese al predominio de esta idealización platónica, las amistades románticas femeninas no estaban libres de sospecha y maledicencia, especialmente cuando su conducta, como en el caso de las señoritas de Llangollen, se consideraba masculina.En 1791, el General Evening Post publicó un artículo sobre ellas, titulado Extraordinary Female Affection (un extraordinario afecto femenino). En él se insinuaba que su relación era sáfica, es decir, que no era platónica, sino sexual.Sara y Eleanor se indignaron hasta el punto de plantearse demandar al periodista. Incluso escribieron a un amigo influyente, el parlamentario Edmund Burke, para recabar su asesoramiento como abogado.Pese a compartir su indignación, Burke les aconsejó abstenerse de emprender acciones legales y les sugirió que se consolaran pensando que se las perseguía por sus virtudes. Los juicios por libelo, como comprobaría cien años más tarde, para su desgracia, Oscar Wilde, eran impredecibles. Bien podría haberles salido el tiro por la culata.¿Era físico el amor entre Eleanor y Sara? En sus cartas y diarios no hay nada que induzca a pensarlo. Sin embargo, sus cincuenta años de vida cotidiana en común parecen, en todos los aspectos, idénticos a los de cualquier matrimonio feliz. Se llamaban mutuamente “mi amada” y “mi mejor mitad”, grabaron sus iniciales entrelazadas en su vajilla y cristalería. Es más, incluso tuvieron una perrita llamada Safo, como la poeta de Lesbos.La escritora y alpinista Anne Lister (1791 – 1840), quien sí salió del armario y llegó a casarse, aunque sin reconocimiento legal, con su pareja Anne Walker (1803 – 1854), estaba convencida de que aquellas ancianas señoras, a las que tuvo ocasión de conocer, eran mucho más que amigas y residentes en Llangollen.Tumba de las damas de Llangollen y de su sirvienta, Mary Caryll, en la iglesia de St_Collen, Llangollen Stephen Craven vía Wikimedia CommonsPara Anne, fueron un modelo a seguir. Ellas le inspiraron para decidirse a vivir una vida libre de convenciones y prejuicios. Aunque solo fuera por ello, las damas de Llangollen ya merecerían reconocimiento como pioneras en el largo camino hacia el reconocimiento de los derechos y libertades de las mujeres lesbianas, y de la comunidad homosexual en general.