Una cofrade o costalera en la Semana Santa de Sagunto o de C�rdoba, una soldado en el alarde de Hondarribia, una comensal en una mesa durante siglos s�lo reservada para hombres o una butaca en el Liceo de Barcelona como socia. La mujer va conquistando espacios de igualdad en manifestaciones culturales populares a lo largo de las �ltimas d�cadas, pero sigue habiendo muros que no consigue derribar en un siglo en el que muchos techos de cristal se han hecho a�icos. La cultura popular sigue siendo una burbuja donde se apela a la tradici�n y se la impone por encima del principio constitucional de igualdad.La mujer ha conquistado todos los espacios de la vida cotidiana, desde los derechos laborales a la determinaci�n de qu� quiere hacer con su cuerpo, pero cuando se aborda su presencia en manifestaciones arraigadas durante siglos reservadas s�lo a hombres, para saltar la barrera tiene que haber una imposici�n legal. No hay convencimiento ni avance social que haga ceder esos espacios de poder. �La cultura popular, las tradiciones, se resisten porque parece que est�n en un lugar al margen, donde el respeto a la igualdad es una cuesti�n interpretable y se ampara en diferentes formas de ver la fiesta. Y eso es perverso, porque hablamos de un derecho fundamental�, explica a EL MUNDO Maggie Bullen, antrop�loga feminista, profesora y directora de Igualdad en la Universidad del Pa�s Vasco. En los �ltimos a�os, sus investigaciones se han centrado en los cambios que han impulsado las mujeres en las fiestas populares de Euskadi.El camino que iniciaron hace tres a�os las mujeres de Sagunto, reclamando el acceso a la Cofrad�a de la Pur�sima Sangre de Cristo, encontrando al Ministerio de Igualdad para darles apoyo y a la Fiscal�a, lo recorrieron no sin miradas inquisitoriales las mujeres de El Palmar (Valencia). Ellas quer�an heredar el derecho, que s�lo transmit�an los hombres, a poder pescar en L'Albufera y, sobre todo, a ser aceptadas con pleno derecho en la sociedad en la que viv�an. �En El Palmar hab�a una clase social exclusiva para los pescadores y los hijos de pescadores. El resto �ramos una casta inferior. Hab�a exclusi�n social�, cuenta Carmen Serrano, la presidenta de las Amas de Casa que en el a�o 1998 se convirti� en portavoz de un grupo de pioneras que revolucion� la pedan�a valenciana: en 775 a�os nunca una mujer sali� a pescar y ellas lo lograron en 2008. �Hab�a que acabar con esa injusticia�. Las mujeres de El Palmar cos�an redes, reparaban aparejos, vend�an el pescado en la Lonja, pero nunca pudieron ganarse la vida por s� mismas.No ten�an ni voz ni voto. Quien ten�a el derecho era el padre o el marido. Y cuando ellos ya no estaban, lo perd�an. �Yo soy nieta de pescador por parte de madre, pero ni yo ni mi madre pudimos heredar ese derecho�, cuenta Carmen, recordando tambi�n la endogamia que se favorec�a: si una mujer se casaba con un forastero, dejaba de tener derecho por de ser hija de pescador.Su batalla en los tribunales fue larga y sonada. Ni se vislumbraba en el horizonte la llegada de una Ley de Igualdad que les allanara el camino. Soportaron el rechazo de su comunidad, incluso vieron a sus maridos expulsados de la cofrad�a por apoyarlas, pero ellas siguieron empe�adas en romper una tradici�n injusta. �Hoy seremos 40 o 50 socias. Casi ninguna lo tenemos como actividad �nica, porque nuestros padres ya nos encauzaron a ganarnos la vida de otra manera, pero s� hay hijos de pioneras, como los de Teresa Chard�, que est�n pescando porque recuperamos sus derechos�. S�lo eso las movi�.En 2001, Barcelona fue el foco de otra disputa. El 6 de febrero, la soprano Montserrat Caball� y otras nueve mujeres solicitaron la entrada como socias al C�rculo del Liceo, un club social privado vinculado al Gran Teatro del Liceo que, desde su fundaci�n en 1847, congreg� a la burgues�a barcelonesa, comerciantes e industriales que financiaban y frecuentaban la �pera. Era exclusivamente masculino y las mujeres solo pod�an acceder por invitaci�n y como acompa�antes.Los tribunales suelen ser la v�a reservada para librar estas batallas contra el inmovilismo, pero hay otras. La Tamborrada de San Sebasti�n es un ejemplo. Comenz� como una tradici�n �nicamente masculina cuando, en el siglo XIX, aguadores y cocineros imitaban con barriles y utensilios los ritmos militares de las tropas. Desde ese momento, qued� ligada al D�a de San Sebasti�n y las compa��as que participaban estaban formadas s�lo por varones, quedando las mujeres relegadas a papeles simb�licos, y muy limitados, como cantineras. En los a�os 80 arranc� el debate de la igualdad, pero no fue hasta octubre del a�o 2009 cuando se dio un paso definitivo. El alcalde de San Sebasti�n Eneko Goia (PNV) sac� adelante una moci�n por la que el Ayuntamiento donostiarra retirar�a las subvenciones p�blicas a las compa��as, barrios y sociedades gastron�micas que no tuvieran mujeres en sus filas.�El trabajo que tienen las instituciones para imponer que se cumpla la ley y las normativas municipales es muy importante. Hablamos de un derecho fundamental y no de una interpretaci�n. Los tribunales deber�an ser el �ltimo recurso�, reflexiona Maggie Bullen.�Muchas veces los poderes locales han huido del conflicto ampar�ndose en que el esp�ritu de la fiesta es del �mbito privado, cuando lo que deben es ser contundentes. Porque cuando el municipio participa en la decisi�n, se consigue m�s r�pido. Cuando se retira, se distorsiona todo: deja de verse como un problema de igualdad para ser un problema de convivencia. Eso es una idea perversa, porque estamos hablando del respeto a la diversidad y no de diferentes formas de entender la fiesta�, a�ade.En Sagunto, el Ayuntamiento pidi� la apertura a la Cofrad�a, pero las medidas las aplicar� el Gobierno. Turismo ya ha iniciado el expediente para retirar a la Semana Santa saguntina el reconocimiento de Inter�s Tur�stico Nacional y el Ministerio de Igualdad, a trav�s del Instituto de las Mujeres, llev� a la Fiscal�a la discriminaci�n que denuncia el Colectivo Semana Santa Inclusiva. Por el momento, la Cofrad�a de la Pur�sima Sangre sigue cerrada al cambio de estatutos para dar acceso a la mujer, cuya incorporaci�n efectiva como mayorales -organizadores anuales- tardar�a d�cadas en visualizarse.Tambi�n hay resistencia en los alardes de Ir�n y Hondarribia. Se celebran el d�a de San Marcial (30 de junio) y el d�a de la Virgen de Guadalupe (8 de septiembre). Ambos conmemoran la liberaci�n de las ciudades del asedio de las tropas francesas en el siglo XVII y consisten en un desfile de armas en el que participan hombres como soldados y apenas una veintena de mujeres como cantineras. En el caso de Hondarribia, una mujer por cada compa��a de soldados y s�lo puede desfilar una vez en toda su vida. Eso provoc� que, a mediados de los 90, un grupo de mujeres se alzaran contra la discriminaci�n. Esa batalla provoc� que en Ir�n haya dos alardes, uno mixto, con cada d�a m�s adeptos, y el tradicional, �sobre el que se pronunci� el TSJPV considerando que no era discriminatorio porque exist�a la opci�n de participar en el alarde mixto�, recuerda Bullen.En Hondarribia, el conflicto provoc� que en 1997 las mujeres formaran una compa��a, Jaizkibel, que intent� participar en el desfile, lo que gener� un gran altercado entre los detractores, un conflicto social del que el Ayuntamiento, organizador del alarde, se apart� privatiz�ndolo. De nuevo las instituciones, de perfil. Sin embargo, el pasado mes de abril se dio un paso adelante en la situaci�n.El consistorio, gobernado por las fuerzas nacionalistas Abotsanitz y EH Bildu, aprob� el II Plan de Igualdad en el que, expresamente, se menciona el Alarde y se compromete a �avanzar en la resoluci�n del conflicto en torno al Alarde mediante el di�logo y la participaci�n ciudadana�. �Las instituciones p�blicas tienen la obligaci�n de cumplir y hacer cumplir la ley que establece la igualdad de g�nero�, afirm� el alcalde, Igor Enparan, que tambi�n se comprometi� a promover actos de reconocimiento a quienes han sufrido la violencia por defender una fiesta igualitaria.El resumen de todos estos conflictos lo hace Maggie Bullen, pero podr�a firmarlo Carmen Serrano o Blanca Rivelles y con �l estar�a de acuerdo Montserrat Caball�: �Se tienen que quitar de la cabeza que la incorporaci�n de la mujer va a cambiar la tradici�n�.