“Hay veces en que el mejor servicio que podés darle al presidente cuando te ofrece un cargo es decirle que no; sea porque el cargo te excede o porque tenés un muerto en el ropero”.El hombre sabe de lo que habla. Vicecanciller muy joven, varias veces le ofrecieron ser ministro, sucesivos jefes de Estado. Pero siempre dijo que no. Y, ahora, muchos años después, café de por medio, avanza otro paso. “El presidente no tiene por qué saber por qué no, así puede negar todo conocimiento si alguna vez le preguntan, pero esa es la mejor demostración de lealtad que uno puede tener. ¿Y sabés cuál es la segunda mejor? Tener la renuncia escrita desde el día que asumís, lista para firmar”.Manuel Adorni incumplió todas esas premisas. Acaso por ingenuidad, acaso por soberbia. Pero en cualquier caso, incluso los propios funcionarios en Casa Rosada admitían en privado que la Jefatura de Gabinete —un cargo de coordinación ministerial clave en el organigrama argentino— le quedaba grande, no le dijo al Presidente que no —y le mintió, según él mismo admitió por televisión—, y para colmo, demoró demasiado en presentar su renuncia indeclinable.Casi cuatro meses después de desatada la tormenta, Adorni al fin se fue. Pero debió irse antes y por iniciativa propia, sin desgastar al Presidente y sin limar una de las premisas centrales de la prédica libertaria. ¿Cuál? Que ellos venían a cambiar el ‘status quo’ y terminar con los vicios de la “vieja política”.La realidad, sin embargo, dictó otra cosa. El presidente y toda la plana mayor del Gobierno llegaron, incluso, a arropar a Adorni cuando fue a dar explicaciones al Congreso sobre su situación personal y patrimonial. Lo vivaron, insultaron a los opositores que osaron preguntar y corearon consignas con estética de barrabravas. ¿Y para qué? Para descubrir, semanas después, que el entonces jefe de Gabinete reconocía por televisión que había mentido sobre aspectos centrales de su situación patrimonial y que había evadido durante años, como mínimo.Pero el problema ya no era solamente Adorni. Todos los gobiernos atraviesan escándalos. Lo que volvía especialmente costoso este episodio para Javier Milei era que golpeaba el principal activo con el que llegó al poder: la presunción de superioridad moral frente al resto de la dirigencia. Cuando un gobierno hace de la honestidad su principal bandera, cualquier sospecha pesa más que sobre administraciones que nunca prometieron regenerar la política. Esa asimetría ayuda a explicar por qué un caso comparativamente menor podía provocar un daño político mucho mayor.El final llegó esta semana, cuando la figura clave de este Gobierno, Karina Milei —hermana del mandatario y verdadera arquitecta del poder oficial—, recibió dos alertas demoledoras. La primera, que los senadores se aprestaban a guillotinarlo a Adorni. O dicho de otro modo, le habían dejado claro a la Casa Rosada que lo ejecutaba el Gobierno o lo ejecutaban ellos. La segunda, que las encuestas equiparaban el escándalo que rodeaba al jefe de Gabinete al capítulo más reciente de la corrupción kirchnerista. Y eso es mucho decir.¿Cómo es posible que los tropiezos de Adorni, al adquirir inmuebles con prestamistas insólitos, gastar cientos de miles de dólares en efectivo y atribuir su fortuna a un pendrive con bitcoins, pudieran equipararse, al menos para una parte de la opinión pública, a los miles de millones de dólares que saqueó el kirchnerismo durante sus años en el poder? ¿Cómo es posible que las torpezas de Adorni fueran lo mismo que los videos en que Jesica Cirio —exmujer del referente kirchnerista Martín Insaurralde— exhibe los fajos de dólares ocultos en los roperos —vaya ironía— y vestidores que compartieron, una suma que la Justicia investiga por presunto lavado y que los peritos estiman en hasta 10 millones de dólares?Esas parecen haber sido las preguntas que terminaron imponiéndose en la Casa Rosada. Y comprendieron, en ese preciso instante, que Adorni se había convertido en un salvavidas de plomo para el Gobierno, un lastre que amenazaba con hundir los sueños de reelección del “león” libertario el año próximo.Lo despidieron con palabras cálidas, con reproches al periodismo y con insultos para aquellos que, como los alfiles del expresidente Mauricio Macri, no estaban dispuestos a inmolarse por un funcionario que encadenaba un tropiezo tras otro. Pero lo despidieron. Y así dieron inicio a la campaña reeleccionista. Lo apuestan todo al repunte de la economía… y a que la gente recuerde más los muertos en los roperos ajenos.