Madres, padres, hijos, primos, tíos, nietos, vecinos.
Son ellos los que aguardan por ayuda en los alrededores de edificios derrumbados en las zonas más afectadas por los dos potentes terremotos que azotaron Venezuela el miércoles y que han dejado ya más de 1.400 muertos y 3.200 heridos.
Esperan por rescatistas especializados y maquinaria pesada que ayuden a remover los peligrosos escombros bajo los que anhelan encontrar a sus seres queridos.
Muchos se atreven a abrirse paso entre las placas de concreto, sin ninguna protección, y sacan con sus propias manos los cadáveres que ya comienzan a descomponerse.
La escena se repite en sitios como La Guaira o Caracas, y el clamor parece ser el mismo: piden más presencia del Estado.










