28 de junio, 2026 - 07h00Nos estamos cocinando en Alemania y al parecer no solo aquí. En Francia hace tanto calor que se podría convertir a la torre Eiffel en una parrilla vertical gigante, con larguísimas lonchas de carne colgando de lado y lado listas para ser consumidas por las muchedumbres que salen como vampiros al caer el sol en busca del aire fresco que no se encuentra en sus casas construidas para otros climas. No este clima tan tropical que se cierne sobre Europa transformándola en esos paraísos a los que es lindo ir de vacaciones, pero solo a descansar en hamaca a la sombra de las palmeras, bañarse en el océano y dar un paseo romántico a orillas del mar al atardecer. Ahora comprenden los europeos de más al norte lo que significa ir a trabajar a 36° con el sol reventando contra el pavimento y rebotando como olas de fuego maximizadas por el concreto de la ciudad. Parecería que anduviéramos por un desierto pero sin dunas blancas ni horizonte, solo carros impacientes, semáforos crueles, aromas de basura horneándose a fuego lento en sus contenedores. Pero en bicicleta y atravesando los parques se está mejor aunque resulte casi un deporte extremo intentar abrirse paso entre los carros agresivos y los peatones buscando desesperadamente la sombra. Son cada vez más las tiendas, restaurantes y tranvías con aire acondicionado, lujo antes innecesario para no más de un par de días de calor al año. Pero las temperaturas y las ideologías extremas se están apoderando de nuestro amado planeta al que le hemos arrancado los árboles, secado los ríos, ensuciado el aire, desangrado las entrañas en busca de petróleo por el que peleamos guerras, que derramamos en nuestras aguas y quemamos volviendo tóxico el aire que respiramos. En fin, mejor hablemos de fútbol. ¡Que viva Ecuador, mi país pequeño y precioso que nos hizo olvidarnos del calor por una noche y, a todos los que vivimos lejos y a veces nos olvidamos de dónde venimos y a quién amamos, de un solo gol nos recordó por quién late nuestro corazoncito latino! Tenía yo la ventana abierta anoche y cuando Ecuador metió su segundo gol en el silencio sepulcral de la noche alemana se oyó tal grito de alegría que reconocí en mi barrio a algún compatriota de esos que nunca faltan doquiera que uno se encuentre. Y esta mañana cuando mis alumnos alemanes me recibieron con una mezcla de “felicitaciones” y “maldita tu patria”, les desarmé con una sonrisa y una simple explicación: nos encontramos, como se dice en inglés, ante una perfecta win-win situation. Alemania perdió un partido, sí, pero igual clasificó como primero del grupo y fue instrumental para la clasificación de Ecuador que tanta alegría está dando a un pueblo al que tanto le hacía falta una buena noticia, una dosis de optimismo, una ilusión de futuro. El triunfo de la Selección de mi país natal contra el equipo de mi país adoptivo me reveló además un lado importantísimo de la migración. Qué necesario es tener amigos, colegas, maestros, alumnos, vecinos migrantes a tu alrededor para que cuando tu país pierda puedas decirte ‘ah, al menos mi amiga ecuatoriana se alegrará con esta miseria mía, felicitarle endulzará mi amargura’. ¡Y funciona! (O)