Una tropa de escoceses caminan al son de las gaitas por las calles de Boston. Al llegar al estadio cantan el Flower of Scotland, alzando los brazos y las latas de cerveza. También lo hacen en las estaciones de tren, en un barco y hasta en un estadio de béisbol, para incredulidad y regocijo de aficionados y medios estadounidenses, poco o nada acostumbrados a las escenas que compone el fútbol. Por los cuatro puntos del país se repiten postales inusitadas: los argentinos y brasileños tomando Miami Beach. Los noruegos, remando en un drakkar imaginario en Times Square. Los ingleses, invadiendo los centros comerciales de Dallas y cantando en los rodeos. Los holandeses botando en Kansas City. Y los australianos repartiendo política cantada con ironía en cada estadio que visitan. Pero como los escoceses, nadie. Lo reconoció The Boston Globe al dedicarle una página de agradecimiento a la llamada Tartan Army. “Nunca olvidaremos la alegría que trajisteis a nuestra ciudad”. Pero detrás de la simpatía que genera en Estados Unidos la invasión pintoresca de las hinchadas internacionales también se aloja un mecanismo de resistencia frente a un modelo impuesto por la FIFA para cambiar el deporte más global —y menos norteamericano—. El fútbol conforma uno de los pocos fenómenos de masas reactivas a una colonización cultural omnipresente en los últimos cien años, con un muro de contención, representado por los aficionados, que tratan de resistir al margen de los marcos importados por las autoridades del deporte.
Las gradas intentan resistir a la gentrificación del viejo fútbol
Hinchadas de todo el planeta hacen resonar las gradas con mensajes que plantan cara a la FIFA en su deriva hacia la americanización del 'soccer', el deporte más global (salvo en Estados Unidos)













