No será fácil la aplicación de la tregua de 60 días acordada entre Estados Unidos e Irán. Las hostilidades no han cesado, ni en Líbano entre Hezbolá e Israel, ni en el estrecho de Ormuz entre Estados Unidos e Irán, incumpliendo así el primer y esencial punto del Memorándum de Entendimiento sobre el cese completo de cualquier actividad bélica. Antes de sentarse a negociar, también han aparecido divergencias sobre la interpretación del punto dedicado al programa nuclear iraní, el contencioso central en las conversaciones entre Washington y Teherán.En la primera semana de tregua ha quedado claro que esta será tan frágil y relativa como todas las que Trump ha promovido hasta ahora, y que así será también la negociación, llena de agresividad, amenazas y rupturas, y continuación de la guerra por medios diplomáticos. Idénticas características tiene el programa piloto firmado entre Israel y Líbano bajo los auspicios de la Casa Blanca. Ni siquiera es propiamente una tregua, sino un mero acuerdo marco para la retirada israelí y desarme de Hezbolá en dos pequeñas zonas, sin participación alguna de la organización islamista ni plazos para la retirada total del sur del país. La guerra y la paz como categorías diferenciadas no valían para Oriente Próximo y no iba a ser Donald Trump con sus pretensiones como pacificador universal mediante el uso de la fuerza quien las cambiara.A pesar de la fragilidad del alto el fuego, las vulneraciones por parte de ambos bandos y las interpretaciones divergentes sobre las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica ―perentorias e inmediatas, según Washington, y resultado de la futura negociación, según Teherán―, los precios del petróleo han regresado esta semana a los niveles anteriores a la guerra, se han comportado normalmente las bolsas y no se ha disparado la inflación. Esta es la única y momentánea victoria de Trump, que, si se sostiene, le permitirá obtener alguna renta de las elecciones de mitad de mandato de noviembre. De momento, a nadie ha podido engañar. Entre republicanos y demócratas, israelíes e iraníes, palestinos y judíos, es creciente y casi unánime la impresión sobre la severa derrota política sufrida como resultado de la guerra librada contra el régimen de Teherán. Nada ha conseguido de lo que se había propuesto, el Memorándum tiene aires de capitulación y no hay aliado que no se sienta traicionado —las monarquías árabes, Israel, el Gobierno libanés, y la población iraní, por supuesto―.Es significativa la atenuación de las bravuconadas iniciales sobre la resonante victoria militar obtenida. Partía de una brutal ecuación con gran predicamento entre sus partidarios: gana la guerra quien más destruye y más mata. La incapacidad para traducir los éxitos militares a la política ha facilitado las cosas al régimen iraní, que ha conseguido ganar en el Memorándum todo lo perdido bajo las bombas e incluso convertir el descabezamiento de su cúpula en una oportunidad. Sabiendo que Estados Unidos no soportaría el regreso a la guerra, ahora el control sobre Ormuz y el mantenimiento de una industria de enriquecimiento nuclear civil son las líneas rojas iraníes para la paz. Tampoco serán objeto de transacción ni el ámbito de la tregua, que incluye a Líbano, ni los sistemas de misiles defensivos a los que Irán tiene derecho como cualquier otro país. Los éxitos de Trump no se miden con los criterios habituales. Se guían por los efectos inmediatos. Una vez obtenidos, pasa a otra cosa. No importa su fragilidad. Son como el oro que reluce en sus residencias y casinos. Basta con que aguanten un tiempo para decorar su gloria presidencial. Todo le aburre y de todo se cansa. Nada termina y siempre deja a medio hacer lo más sustancial e importante, en Gaza, Líbano o Ucrania. Sin olvidar el contenido real de su arte de los acuerdos, disparatado como acción diplomática, pero de una terrible eficacia como método de enriquecimiento. No da puntada ni en la paz ni en la guerra sin el hilo del provecho personal y familiar gracias al tráfico de influencias, la información privilegiada, la compra de voluntades y la extorsión que siempre acompañan a sus acciones políticas y diplomáticas. El liderazgo trumpista es garantía de cualquier cosa menos la paz. Nadie piensa ya en los Acuerdos de Abraham. Se mantiene imperturbable la odiosa constante que define la región: con guerra o sin ella, en los breves periodos de tregua y en las largas temporadas de violencia, siempre salen perjudicados los mismos, la población civil y especialmente los palestinos. Serán utilizados por Irán en su negociación y seguirán ignorados por Trump y Netanyahu. Siempre pierden vidas, territorio, propiedades y derechos cuando estalla la violencia, pero los siguen perdiendo cuando hay paz. Hacinados y hambrientos en Gaza y acosados y desposeídos en Cisjordania, ni siquiera merecen una mención de pasada en el Memorándum de Entendimiento.Para leer más:
Invisibles y perdedores de todas las guerras
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