No necesitábamos estas elecciones tan reñidas para saber lo que todo el mundo sabía: que este país está roto por la mitad. Nunca, en toda mi vida adulta, me habían parecido los colombianos más dispuestos a hacerse daño entre sí: más dispuestos a creer que el opositor es un enemigo a muerte; más dispuestos a tolerar o condonar la violencia si el que la sufre es el del otro lado; más dispuestos a calumniar al otro con el propósito explícito de dañar su reputación o su imagen. Tampoco tenemos derecho a sorprendernos, claro, porque eso es exactamente lo que han querido nuestros líderes durante diez años. Uribe y Petro han sido en este aspecto enemigos íntimos: se han propuesto (y han logrado) sembrar división, desconfianza y desprecio, pues no hay manera más eficaz de reclutar a un ciudadano que darle un enemigo. Hace poco conocí el caso de un aspirante a político que, lleno de los ideales de la juventud, quiso comenzar una campaña para el Concejo de Bogotá. Alguna autoridad lo remitió a los estrategas, y la primera pregunta que le hicieron fue: “¿Contra quién quiere presentarse?” El joven aspirante no entendió: “Yo tengo unas propuestas”, dijo, “yo tengo un proyecto para mejorar la vida de…” “No, no”, lo interrumpieron. “Para lanzarse a la política no hay que tener propuestas. Hay que estar contra alguien. Escoja contra quién y luego hablamos”.No hay nada nuevo en esto. Sin enemigo, la gente vive más tranquila; y la gente tranquila no se moviliza. La receta completa es: se identifica al enemigo, se le dice al ciudadano que el enemigo es una amenaza contra su vida, se le da al ciudadano el lenguaje necesario para descalificar, para odiar, para deshumanizar (cosa de que lo pueda compartir en sus redes); y luego se le asegura al ciudadano que su supervivencia depende de buscar refugio en la tribu, junto a los demás, bajo la protección del caudillo. Por supuesto, el caudillo o el líder o el jefe de la tribu no es perfecto: tal vez mienta, tal vez sea corrupto, tal vez su historial esté lleno de vergüenzas que en situaciones ordinarias nos parecerían inaceptables, tal vez se haya rodeado de gente con la cual uno no se tomaría un café. Pero hay que perdonarle lo que haga falta, cerrar los ojos o mirar para otro lado: porque el asunto es de vida o muerte. Cuando alguien nos ofrece protección contra una amenaza, no nos vamos a poner a cuestionar sus valores morales. La consigna es clara: O ellos o nosotros.Y claro, en pocos lugares del mundo es tan fácil esto como en Colombia. Porque en Colombia hay enemigos reales: llevamos sesenta, setenta, ochenta años conviviendo con el dolor y la violencia que los grupos armados han traído a nuestras vidas. Los partidos políticos de lo que en la práctica fue una guerra civil, las guerrillas que han querido hacer la revolución y se han convertido en secuestradores y terroristas, los paramilitares que han querido refundar la patria y torturaron y masacraron y tuvieron hasta hornos para desaparecer a sus víctimas, los agentes del Estado que persiguen o asesinan para salvar a Colombia del comunismo, los carteles del narcotráfico y su normalización del comportamiento mafioso, las bandas criminales que se han peleado el enorme país de las economías ilegales: actores violentos no han faltado en Colombia. Yo me he pasado la vida tratando de entender el fenómeno de nuestra violencia, tratando de averiguar por qué es distinta de la de otros países: por qué es más terca, más longeva, más persistente; por qué puede que cambie de actores, de combustible y de razones, pero no se va: nunca se ha ido del todo. Y algo he logrado entender, pero eso no quiere decir que no quede, en el centro de la experiencia colombiana, un punto ciego. De manera que sí: en Colombia es no sólo comprensible, sino legítimo, sentir alguna especie de amenaza; no sólo es legítimo, sino deseable, tomar decisiones para cuidarnos de ella. El problema es que esas decisiones, por lo menos en parte, son políticas; y nuestros políticos, en su gran mayoría, no han estado a la altura de los enormes retos de un país tan envenenado. En Colombia, toda conversación sobre culpas y responsabilidades se convierte de inmediato en el juego del huevo y la gallina, y ésta es parcialmente la razón por la que seguimos matándonos después de décadas: porque cada agresión puede encontrar, dos pasos más atrás en nuestra cronología, un justificante perfecto; cada acto de violencia es respuesta a otro acto de violencia, real o sugerido. Y en nuestra historia electoral son pocos los candidatos que han tenido la grandeza necesaria para no aprovechar el miedo y el odio que brotan silvestres en este país. Al contrario: si algo ha distinguido a nuestros políticos ha sido la presteza con la cual se han aprovechado de los miedos y los odios, azuzándolos cuando sea posible, exacerbándolos cuando comiencen a apagarse.Pues bien, eso pasó –con más intensidad que nunca– en estas elecciones. Abelardo de la Espriella montó su campaña entera sobre la violencia y la amenaza, tanto que en algún momento de estos últimos días pensé: si sigue a este ritmo, para cuando llegue a posesionarse no le quedarán personas que amenazar. Ha amenazado a la izquierda entera: ya sabe todo el mundo que montó su campaña sobre la promesa de “destriparla”. Ha amenazado, más en concreto, a los seguidores de Gustavo Petro: “Son enemigos de la república y hay que tratarlos como tal. Vencerlos de todas las formas y desde todos los frentes”. Ha amenazado a los periodistas: “Hay periodistas que ejercen proselitismo político. A esos no les va a ir bien en mi gobierno”. Y el día antes de la segunda vuelta de las elecciones llegó incluso a amenazar al Congreso con lo que podría pasar si no ejecutan sus reformas: “Si algunos sectores del Congreso renuncian a esa responsabilidad y traicionan el mandato ciudadano, se encontrarán con un gobierno de origen popular, con fuerza popular y con una conexión directa con millones de colombianos que ya no están dispuestos a seguir siendo ignorados”. Pero, como el petrismo es experto en desperdiciar las mejores oportunidades para actuar responsablemente, ahí estaba Gustavo Bolívar respondiendo a unas amenazas con otras: “Los empresarios quedan notificados”, dijo. “Los dueños de este país, del poder económico, quedan notificados: de triunfar la alternativa violenta y de extrema derecha, pues este país se va a incendiar”. Tuve que ir a buscar el video para confirmar que realmente hubiera pronunciado esas palabras: como regalo para la campaña de De la Espriella, el fragmento es insuperable. Bolívar se defendió después con la excusa más triste de todas –es que el otro lo hizo primero–, pero es imposible saber cuántos votos perdió por el camino. En 2014, por la época en que la justicia colombiana se comenzaba a asomar al caso del expresidente Uribe y la posibilidad de llevarlo a juicio, el inefable Francisco Santos se permitió su propia amenaza:“Los uribistas no vamos a dejar que eso suceda”, dijo. “Tocan a Uribe y se incendia este país”.Yo incendio, tú incendias, él incendia: todos incendiamos. Por lo menos en algunas cosas nos podemos poner de acuerdo.
País de amenazas y pirómanos
En Colombia es no sólo comprensible, sino legítimo, sentir alguna especie de amenaza; no sólo es legítimo, sino deseable, tomar decisiones para cuidarnos de ella







