—En las próximas décadas van a morir aproximadamente dos mil quinientos millones de personas, cada una dejando atrás una huella digital acumulada durante toda una vida. ¿En qué momento tomó conciencia de la magnitud de ese fenómeno y por qué le pareció que era, ante todo, una pregunta política y no solo tecnológica o filosófica? —Comencé a considerar esto como un problema más bien sociológico hacia el comienzo de mi doctorado. En un principio, lo imaginé como una especie de cuestión ética o filosófica, pero soy sociólogo de formación. Como sociólogo, estás entrenado para siempre analizar las implicaciones sociales de las cosas; no solo qué sucede con tus datos al morir, sino qué sucede con nuestros datos como sociedad. Entonces contacté a un colega de cuando estaba en la Universidad de Oxford, quien era científico de datos. Combinamos nuestras experiencias. Él trajo la ciencia de datos y yo el análisis de poder sociológico. Y logramos obtener este conjunto de datos tan increíble con el que pudimos realizar proyecciones a futuro sobre cuántas personas morirán en diversas redes y qué cantidad de datos dejarán atrás de forma plausible. Esto debió ocurrir allá por el año 2017, cuando me di cuenta de que esto no es solo una cuestión filosófica y ética, sino uno de los mayores problemas sociales del siglo XXI. —Usted sostiene que los datos póstumos no son un subproducto de la tecnología digital sino materia prima para ella. ¿Qué significa concretamente esa distinción, y qué cambia en términos de poder cuando empezamos a pensarlos así?
Carl Öhman:“La IA puede darnos vidas más efectivas y felices pero no serían nuestras vidas”
El investigador sueco de la Universidad de Uppsala, doctorado en el Oxford Internet Institute, especializado en política y ética de la inteligencia artificial, es autor de “The Afterlife of Data” (El más allá de los datos), publicado por University of Chicago Press y elegido uno de los mejores libros de 2024 por “Nature”, “The Guardian” y “The Economist”, en el que plantea que los datos que dejamos en internet después de morir son un campo de poder político: quien los controle controlará la memoria colectiva y la narrativa histórica de nuestra época. Está terminando su próximo libro, “Gods of Data: An Atheist Critique of AI” (Dioses de datos: una crítica atea de la inteligencia artificial), en el que argumenta que cuando interactuamos con un modelo de lenguaje estamos interactuando con una personificación del pasado digital de la sociedad, estructuralmente equivalente a lo que en sentido antropológico llamamos un dios. En esta conversación advierte que en las próximas décadas morirán dos mil quinientos millones de personas dejando atrás una huella digital sin precedentes, y que quien controle esos datos controlará la memoria colectiva. Sostiene que la IA no es una inteligencia del futuro, sino una personificación del pasado, y que delegar decisiones al algoritmo nos priva de algo esencial. Sobre Argentina como laboratorio de la IA sin regulación, sentencia que desregular no es libertad: “Es simplemente el reemplazo de un tipo de estructura de poder por otro”.
Datos póstumos de 2.500 millones no son efímeros sino materia prima monopolizada por gigantes tech en centros de datos privados, concentrando acceso al pasado colectivo. Brecha regulatoria: GDPR excluye difuntos, corporaciones controlan lifetime de datos biológicos/personales sin accountability generacional ni soberanía post-mortem.






