—En las próximas décadas van a morir aproximadamente dos mil quinientos millones de personas, cada una dejando atrás una huella digital acumulada durante toda una vida. ¿En qué momento tomó conciencia de la magnitud de ese fenómeno y por qué le pareció que era, ante todo, una pregunta política y no solo tecnológica o filosófica? —Comencé a considerar esto como un problema más bien sociológico hacia el comienzo de mi doctorado. En un principio, lo imaginé como una especie de cuestión ética o filosófica, pero soy sociólogo de formación. Como sociólogo, estás entrenado para siempre analizar las implicaciones sociales de las cosas; no solo qué sucede con tus datos al morir, sino qué sucede con nuestros datos como sociedad. Entonces contacté a un colega de cuando estaba en la Universidad de Oxford, quien era científico de datos. Combinamos nuestras experiencias. Él trajo la ciencia de datos y yo el análisis de poder sociológico. Y logramos obtener este conjunto de datos tan increíble con el que pudimos realizar proyecciones a futuro sobre cuántas personas morirán en diversas redes y qué cantidad de datos dejarán atrás de forma plausible. Esto debió ocurrir allá por el año 2017, cuando me di cuenta de que esto no es solo una cuestión filosófica y ética, sino uno de los mayores problemas sociales del siglo XXI. —Usted sostiene que los datos póstumos no son un subproducto de la tecnología digital sino materia prima para ella. ¿Qué significa concretamente esa distinción, y qué cambia en términos de poder cuando empezamos a pensarlos así?