EntrevistaEl escritor mexicano Juan Villoro, uno de los grandes narradores literarios del fútbol, habló con Lecturas Dominicales.El escritor mexicano Juan Villoro es fanático del Necaxa. Foto: Getty Images27.06.2026 23:01 Actualizado: 27.06.2026 23:01

Pocos escritores han sabido convertir el fútbol en literatura con tanta inteligencia, humor y sensibilidad como Juan Villoro. A propósito de la reedición de ‘Dios es redondo’, ‘Balón dividido’ y ‘Los héroes numerados’, el autor mexicano reflexiona sobre la memoria, la infancia, la imaginación, América Latina y esa pasión capaz de detener el mundo durante noventa minutos.Mientras el Mundial de 2026 vuelve a detener oficinas, hogares, aeropuertos y conversaciones alrededor del planeta, Juan Villoro sigue haciéndose la misma pregunta que lo acompaña desde niño: ¿qué tiene el fútbol para provocar una emoción que no consiguen la política, la religión ni la cultura?Juan Villoro. Foto:Daniel MordzinzkiLa pregunta no es menor viniendo de alguien que ha dedicado buena parte de su vida a explorar los mecanismos de la pasión humana. Novelista, cronista, ensayista, cuentista, periodista cultural, autor de literatura infantil y uno de los observadores más agudos de América Latina, Villoro ha encontrado en el fútbol una forma de leer el mundo. LEA TAMBIÉN Nacido en Ciudad de México en 1956, es una de las voces más reconocidas de la literatura en español. Ganador del Premio Herralde por El testigo, del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, del Premio Manuel Rojas y del Premio Gabo a la Excelencia, entre muchos otros reconocimientos, ha construido una obra tan amplia como difícil de clasificar. Pocos escritores contemporáneos se mueven con igual naturalidad entre la novela y la crónica, entre la reflexión filosófica y el comentario futbolístico. En los últimos meses, tras la dolorosa pérdida de su madre, había optado por guardar silencio y había rechazado numerosas solicitudes de entrevistas, mientras sus libros de fútbol seguían encontrando nuevos lectores. Por eso esta conversación tiene algo de excepcional. Seix Barral, con motivo de mundial, reunió en una sola trilogía Dios es redondo, Balón dividido y Los héroes numerados, tres libros fundamentales para entender cómo el fútbol puede convertirse en una forma de literatura, memoria y reflexión sobre la condición humana.Hay algo especialmente oportuno en esta coincidencia. México vuelve a ser anfitrión de una Copa del Mundo, clasificó en su grupo con una autoridad inédita para su selección, tres triunfos y el arco invicto, y uno de sus escritores más admirados regresa a las librerías.Han pasado casi veinte años desde la publicación de ‘Dios es redondo’. Si tuviera que reescribir hoy ese libro durante el Mundial de 2026, ¿qué cambiaría y qué dejaría intacto?El problema de las crónicas es que a veces se vuelven anacrónicas. Acabo de publicar una nueva versión de Dios es redondo. Hace veinte años, hablaba de Maradona en tiempo presente; era difícil concebir la muerte de un semidiós. Actualicé esa y otras muchas historias. También eliminé pasajes que el tiempo, implacable corrector de estilo, había vuelto superficiales.Usted escribió que el fútbol se juega dos veces: en la cancha y en la mente del público. ¿Cómo se juega hoy ese segundo partido en la era de TikTok, los algoritmos y las pantallas múltiples?Vivimos en la era de la dispersión mental. Incluso el Mundial tiene estructura de videojuego; no ocurre en un sitio; está diseminado en muy diversas sedes que integran una realidad alterna. A esto se agregan las aplicaciones en la que un meme se vuelve más importante que un gol. Hasta el momento, el jugador más importante de México es un pato, de nombre Merlín, que usa la camiseta verde y fue invitado por la presidenta. Los países que no aspiramos a ganar el Mundial competimos en el trending topic.Juan Villoro. Foto:Daniel Mordzinzki¿Cree que las nuevas generaciones están viendo el mismo fútbol que vimos nosotros o las redes sociales han creado una forma distinta de vivirlo?Han cambiado muchas cosas. La más importante es el fútbol de mujeres, más limpio y honesto que el de hombres; a esto se agrega la saludable participación de las mujeres en el arbitraje, los comentarios y las narraciones. La cultura generada por las mujeres empieza a tener repercusiones importantes. Los futbolistas simulan tantas faltas que los criterios arbitrales para el Mundial de 2026 se endurecieron, esperando que jueguen con la limpieza de las mujeres. El problema es que, como los hombres han fingido tanto, ahora no les marcan ni las faltas auténticas. Otra enseñanza importante: en una época en que el umbral de atención se reduce, el fútbol representa una reserva de la paciencia. Durante 90 minutos vemos un juego que puede terminar 0-0. A los chicos les gusta por razones que, sin que ellos lo sepan, pueden ser teológicas: en mi infancia un partido se parecía a la vida; hoy se parece a la eternidad.Este Mundial se disputa en tres países y en medio de enormes tensiones sobre migración, identidad y fronteras. ¿Puede el fútbol seguir siendo un idioma común cuando el mundo parece cada vez más dividido?Este Mundial es un reflejo de una situación geopolítica imperial. Estados Unidos tiene 78 juegos y México y Canadá 13 cada uno. No somos socios sino comparsas, actores de reparto. A esta injusticia se agrega la descomposición planetaria. En la Grecia clásica, durante los Juegos Olímpicos había una “tregua sagrada” para evitar conflictos. Nuestro mundo es mucho más imperfecto. La selección de Irán se tuvo que hospedar en Tijuana para jugar en Estados Unidos, donde es tratada como enemigo de guerra, y los hispanos, que desarrollaron la cultura futbolística en ese país, ahora son perseguidos por la patrulla migratoria. Pero la cancha representa el espacio utópico donde las cosas ocurren de otro modo, donde Cabo Verde puede empatar con España y el Congo con Portugal.Usted ha escrito que cambiar de equipo es casi como cambiar de infancia. ¿Qué parte de aquel niño que descubrió el fútbol sigue sentándose a ver los partidos con usted?El fútbol es la última reserva legítima de la intransigencia emocional. En la vida puedes cambiar de vocación, pareja, religión, partido político o hasta de sexo, pero cambiar de equipo significa cambiar de infancia. No puedo traicionar al niño que fui. A lo largo de la vida he tenido muchas pasiones (todos los deportes de pelota, el rock progresivo, el heavy metal, el cine de autor, series como Seinfeld o los Soprano), pero solo el fútbol me angustia y emociona como cuando lo vi por primera vez a los cuatro años.Juan Villoro. Foto:Daniel MordzinzkiUsted ha dicho que la gloria no puede ser frecuente. En una época donde todo ocurre de inmediato, ¿la espera sigue siendo una parte esencial de la felicidad futbolera?También el sentido de la paciencia es histórico. Cada equipo espera algo a la altura de sus posibilidades. En este Mundial, Haití anotó el gol (¡dos!) que no había podido anotar desde hacía 52 años. Los poderosos añoran otra clase de recompensas: Brasil aspira a recuperar el campeonato que no consigue desde hace 24 años. Cada país encuentra el modo de que el pasado sea titular en su equipo.Maradona parecía salido de una gran novela latinoamericana y Messi de una historia de perseverancia y redención. ¿Qué tipo de personaje está produciendo el fútbol de 2026?Las figuras míticas actualizan misterios antiguos. Cuando era adolescente, un compañero que estudiaba filosofía fue fracturado en una cancha de barrio. Se llamaba Héctor y su verdugo Aquiles; lo que pasó en ese campo sin pasto ya estaba en La Ilíada. Cuando Lamine Yamal era un bebé fue bañado por Messi para un anuncio de la Unicef y posiblemente lo ungió con un poder especial. Esa historia ya se insinuaba en la Biblia. Los héroes nuevos reviven fantasmas viejos.Planeta, a través de su sello Seix Barral, publica ahora ‘Dios es redondo’, ‘Balón dividido’ y ‘Los héroes numerados’. Al releer esos libros, ¿encontró a un escritor distinto o al mismo hincha de siempre?En mis libros de cuentos, en mis novelas o en mis ensayos encuentro variaciones significativas con el paso del tiempo, pero la escritura sobre fútbol es para mí la zona misteriosa que preserva una emoción esencial, inmodificable. No soy un historiador del fútbol ni un experto en su técnica. Busco historias que me apasionen; lo singular es que la fuente de esa pasión es la misma que tenía a los 14 años, cuando no pude dormir en vísperas del Mundial de México 70. Por eso sigo escribiendo del tema. El exceso de café o tequila me dan taquicardia, pero solo el fútbol me da taquicardia al natural.Su padre fue uno de los filósofos más importantes de México. ¿Cómo fue crecer en una casa donde las ideas parecían tener tanta importancia como los afectos?Los afectos tenían importancia porque los representaba mi madre, una mujer de pasiones volcánicas. Mi padre nació en Barcelona y mi madre en Yucatán, dos sitios separatistas. No fue extraño que se divorciaran. Mi padre se enteró entonces de que tenía un hijo y que debía atenderlo los domingos. Cuando me llevó a un estadio y quedé maravillado supo que ese sería nuestro lugar de encuentro. Crecí convencido de que él era un fanático del juego, pero cuando pude ir por mi cuenta al estadio, él dejó de asistir. La escritura es un proceso de autoconocimiento y entendí esto al escribir La figura del mundo, que explora los misterios de un padre esquivo. Descubrí que él no iba al estadio por ser aficionado, sino por ser padre, algo más valioso.¿Recuerda el momento en que descubrió que quería ser escritor o fue una decisión que se fue imponiendo poco a poco?Quise escribir después de leer De perfil, de José Agustín, novela protagonizada por un adolescente de quince años, la edad que yo tenía entonces. Me vi en el espejo, sorprendido de que una vida tan parecida a la mía fuera apasionante. Lo que me sucedía me parecía insulso, pero José Agustín lo mejoraba por escrito. Entendí que la literatura es una extraordinaria falsificación de la experiencia: si me pasaba algo malo, eso podría ser una buena historia.Ha escrito novela, cuento, ensayo, crónica, teatro y literatura infantil. ¿Qué pregunta lo persigue en todos esos géneros?Escribo en distintos formatos de la prosa porque tengo curiosidades variadas y una atención dispersa. Pero no pertenezco al rango de quienes son en verdad versátiles. David Bowie era músico, cantante, bailarín, actor, fotógrafo, entrevistador y pintor. Supongo que, para mayor agravio, habrá sido un gran cocinero, algo que nunca he podido ser. Mi consuelo es que me gusta lavar platos, en todos tamaños, buen entrenamiento para escribir textos de distintas tallas.¿Hay algún libro suyo que hoy escribiría de manera completamente distinta?Uy, mi primer libro, La noche navegable, reúne cuentos escritos entre los 17 y los 21 años. Quizá su mayor virtud es que ya soy incapaz de escribirlo de la misma manera.Después de tantos años escribiendo, ¿qué sigue siendo difícil cuando se sienta frente a una página en blanco?Todo es difícil, si no, no tendría sentido hacerlo. Hay que desconfiar de los poetas que se saben sus versos de memoria y los novelistas que admiran sus propias tramas. La creatividad depende de estar inseguro. Caminas por un alambre, sin red protectora. Escribo para el teatro y admiro la forma en que los grandes actores se ponen nerviosos antes de salir a escena. La pasión que comunican proviene de su propia incertidumbre.Como cronista ha cubierto terremotos, elecciones, movimientos sociales, conciertos, mundiales y transformaciones culturales. ¿Qué le ha enseñado América Latina que ningún libro podía enseñarle?América Latina tiene una vida siempre inacabada, irresuelta, donde las ilusiones superan a la realidad y el destino se improvisa a diario. Cuando estoy en Europa me la paso bien, pero siento que estoy “jugando a vivir”. Ahí el pasado es algo que ya sucedió; en nuestros países sigue sucediendo. Lo mejor y lo peor de mi experiencia ocurre en América Latina.Cuando empezó a escribir, América Latina parecía mirar hacia el futuro. Hoy abundan el desencanto y la polarización. ¿Qué ha cambiado?Éramos un subcontinente “en vías de desarrollo” y confiábamos en que el futuro representaría, necesariamente, una mejoría. Mi generación hizo la universidad en los años setenta y aún tuvo derecho a la esperanza. En México estábamos convencidos de que, cuando tuviéramos democracia real, todo sería mejor. Eso llegó en el año 2000 y descubrimos que en un sistema democrático sin educación política gana el peor. Las siguientes generaciones se han sumido en el desencanto. Hoy la contracultura no postula una utopía de “amor y paz” ni una “aurora socialista”. Cansados de las promesas incumplidas del pasado, los jóvenes buscan disociarse de la acción colectiva. En las pasadas elecciones me la pasé buscandoóvenes que se interesaran en el proceso electoral y fue muy difícil hallarlos.Muchos intelectuales parecen convencidos de que la seriedad es una virtud. Usted parece desconfiar de ellos. ¿Por qué?Cuando estaba en el bachillerato, un compañero, al que le decíamos “Capone”, me pidió que le corrigiera una carta de amor. Era el más divertido de la clase, nos ponía apodos a todos y nos hacía reír sin parar. Pensé que leería un texto lleno de gracia, pero me encontré con una prosa solemne. Cuando le dije que parecía elogiar la bandera o la Constitución, no a una chica, me contestó que quería ser tomado en serio. Lo convencí de que su mayor virtud eran los chistes y me hizo caso. Hace un par de años me encontré con su esposa en Puebla. Siguen casado gracias al humor. La cultura popular latinoamericana es sumamente ingeniosa y Colombia le ha aportado mucho con la “mamadera de gallo”, pero durante siglos el ingenio no tuvo prestigio. A los 23 años, García Márquez era un genio divertidísimo en los textos periodísticos que escribía en Cartagena y Barranquilla; sin embargo, al escribir una novela como La hojarasca, asumía el tono grave que se espera de un autor “profundo”. Pasaron muchos años antes de que uniera en forma maestra los dos registros de su estilo.¿Existe algo más peligroso que una persona completamente segura de tener la razón?Hay que desconfiar de cualquier persona que no dude de sí misma.¿Qué escritor le ha hecho reír más?Jorge Ibagüengoitia.¿El humor ayuda a entender mejor la realidad o simplemente hace que sea más soportable?El humor permite que nos reconciliemos de manera crítica con un mundo imperfecto. Diagnostica los defectos y ayuda a sobrellevarlos con la risa.¿Qué libro relee cuando necesita recordar por qué vale la pena escribir?Depende del día. Algunos de los libros que más veces he leído son Los adioses, Pedro Páramo, Crónica de una muerte anunciada, La invención de Morel, los cuentos de Chéjov y los de Katherine Mansfield.¿Qué escritor contemporáneo admira y cree que todavía no recibe toda la atención que merece?La fama es un malentendido. Desde hace décadas, David Toscana es un genio de la novela. Cada dos años gana un premio. Cuando le den el Nobel la gente se sorprenderá de no haberlo leído antes.¿La memoria es más fiel o más imaginativa de lo que creemos?La memoria pertenece a la imaginación. Los recuerdos no están alojados en un desván inmodificable; los recuperamos gracias a una reconstrucción mental y debemos “ponernos en situación” para lograrlo. El secreto está en los afectos. “Recordar” quiere decir “volver a pasar por el corazón”. Si lees Gabo + 8, de Guillermo Angulo, te quedas con la impresión de que el autor tiene una memoria perfecta. La verdad es otra: no recupera episodios por habilidad nemotécnica, sino porque saber querer a la gente que evoca.¿Hay alguna derrota personal que con los años haya terminado agradeciendo?Como tantos colegas, he escrito guiones para cine y para series que casi siempre han terminado en el cementerio del fracaso. Si hubiera tenido éxito, tendría más dinero y menos libros.¿Qué edad tiene cuando escribe? ¿La del hombre de 69 años o la del niño que todavía mira el mundo con curiosidad?Depende del texto. Acabo de publicar Revoluciones por minuto, una novela sobre los mensajes secretos que pueden contener los discos de vinilo. El protagonista tiene 14 años, así es que traté de regresar a esa etapa en la que todo es incierto. En cambio, si escribo un ensayo, espero que nadie identifique mi edad.¿Qué personaje literario sería el peor compañero para ver una final del Mundial?El Cónsul de Malcolm Lowry por borracho e Iván Karamazov por lúcido (opinaría demasiado y pediría que cambiaran la línea de cuatro por línea de tres y medio).¿Qué escritor habría sido un gran director técnico?Borges. Y Bioy de auxiliar.¿Qué futbolista le habría gustado entrevistar y nunca pudo?Maradona. Su historia dentro y fuera de la cancha es única.¿Qué es más impredecible: una novela o una tanda de penales?Una novela. En los penales siempre pierde México.¿Cuál ha sido la superstición futbolera más absurda que ha tenido?“Si cierro los ojos gana el Necaxa”.¿Qué le parece más difícil: escribir una gran novela o acertar el campeón de un Mundial?Acertar en los resultados al fútbol pertenece al reino de lo imposible. Las grandes novelas, por suerte, son posibles.Usted ha dicho que un partido, un poema o una canción pueden ayudarnos a soportar el peso de la realidad. ¿Qué sigue ayudándolo a usted a soportarla?Todo eso más los jardines, la compañía de mi esposa, Sofía, los pájaros que no dejan de regresar cada mañana, los caprichos de mi gato, el futuro de mis hijos, los recuerdos que tal vez invento, la ilusión de regresar a Grecia y la de conocer Popayán, la sorpresa de releer un libro admirado y descubrir que cambió mientras no lo leía.¿Y por qué Popayán?Porque tuve un gran amigo, Johann Rodríguez Bravo, joven escritor que me invitó a ir ahí varias veces. No pude hacerlo y él murió a los 25 años. Por otra parte, ¿cómo resistirse a un nombre tan eufónico?Si pudiera conservar una sola cosa de todo lo que le han dado los libros y el fútbol, ¿con cuál se quedaría?El partido Italia 4 - Alemania 3 en el Mundial de México 70, que vi en el Estadio Azteca, y la emoción de ver a Rulfo leyendo “Diles que no me maten”.Si el fútbol desapareciera mañana, ¿qué parte de su vida sentiría que desaparece con él?Desaparecerían todos los domingos de mi vida.Y si la literatura desapareciera mañana, ¿qué parte de usted desaparecería también?La situación sería peor: desaparecería el mundo.CRISTINA SAIDLECTURAS DOMINICALES LEA TAMBIÉN Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.