"Yo quiero reivindicar la rabia". Es el alegato que lanzaba la semana pasada, desde tierras valencianas, el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, en medio de un acto conjunto con la dirigente de Compromís Mónica Oltra. "Habéis sufrido mucho", interpelaba a una audiencia que, en el escenario del Parc de Capçalera de València, superaba el millar de personas. Y echando la vista atrás, hacia el martes 29 de octubre de 2024, añadía Rufián: "Aquí hay gente que ha perdido a sus familiares por la puta cara". Toda esa rabia, dibujaba entonces el político catalán, hay que transformarla en rebeldía. Y esa rebeldía, en fuerza electoral contra las derechas. Un recorrido que, en su turno de palabra, matizaba la política valenciana: "La ira y el odio, te destruyen; la indignación es, más bien, la que te hace luchar". Pasando a reivindicar otro movilizador electoral de la izquierda: la esperanza. "Durante la DANA", recuperaba el ejemplo de Rufián, "mucha gente se jugó la vida para salvar la vida de otros". Pero fue en los días siguientes, cuando se produjo "la riada más bonita de la historia". Oleadas de jóvenes —y no tan jóvenes— cruzando los puentes de València para ir a ayudar. "Ese es el río que tiene que ganar", sentenciaba Oltra. En la Comunitat Valenciana y en España.PublicidadSi para algo han servido las cuatro paradas del último ciclo electoral —Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía— es para apuntalar en los gobiernos autonómicos al matrimonio de conveniencia al que dan vida PP y Vox, después de la salida de los de Abascal de todos los gobiernos regionales en el verano de 2024. También para revelar el estado de salud de la izquierda. Con un PSOE en horas bajas, asediado por los frentes judiciales, los partidos a su izquierda han tenido resultados, cuanto menos, desiguales y, en cualquier caso, alejados de poder ofrecer una alternativa de gobierno. Mas bien cuatro años de oposición. Un escenario que ha reavivado el debate en torno a cuál debe ser, de cara a las generales de 2027, el músculo electoral de la izquierda. ¿Quizá la rabia? La frustración frente a unas condiciones de vida que no terminan de mejorar y el imparable avance de las fuerzas reaccionarias. ¿Más bien la esperanza? La ilusión por cambiar las cosas y la capacidad de imaginar un mundo mejor. ¿O es el miedo? El "que viene el lobo" con el que se consiguió dar la vuelta a las encuestas del 23J.La profesora de Filosofía del Derecho y antaño eurodiputada de Unidas Podemos María Eugenia Palop lo tiene claro: "Hay que mover los resortes de la alegría". La rabia, reconoce Palop, puede llegar a ser un potente subversivo, "pero mucho más coyuntural, cortoplacista y, en muchos casos, con un efecto de boomerang". Y es que, para la docente, siempre se termina buscando "chivos expiatorios". Un papel que, denuncia, lleva tiempo canalizando la población migrante. "La esperanza, por el contrario, es una emoción que tiene un carácter poroso e inclusivo, que nunca excluye o discrimina", pone en valor, en conversación con Público. Eso sí, matiza la que fuera eurodiputada, cualquier sentimiento hay que llenarlo de contenido. "Yo apelaría a los éxitos alcanzados en términos de política social y de servicios públicos", sigue explicando la jurista. Sobre todo para ofrecer seguridad. "Y, cuando hablo de seguridad, no hablo de política securitaria ni punitivista, hablo de un tejido que permita sostener la vida", matiza para construir su propia definición de la palabra. Seguridad material, seguridad energética, seguridad laboral. Esa es la mejor manera, completa, de poner coto al miedo por al futuro que la extrema derecha parasita.Se suma a la conversación Víctor Pérez-Guzmán, analista político y director de Ateneo del Dato, quien explica que los hechos parecen señalar en otra dirección. "El eje qué más moviliza al votante progresista", tira de las conclusiones de su centro de investigación, "es la unidad de la izquierda para frenar a la extrema derecha". En este sentido, destaca que referentes políticos como Gabriel Rufián están funcionando, de facto, como motor de la izquierda. "Cada paso adelante de Rufián —cada acto, cada encuentro, cada propuesta— reactiva la intención de voto", asegura el analista. Un efecto que también se notó, concede, tras la celebración de la primera puesta de largo de Un paso al frente, la coalición en la que trabajan Izquierda Unida, Más Madrid, Comuns y Movimiento Sumar. ¿El problema? El efecto dura poco. "Son globos que, en un momento puntual, animan al electorado, pero enseguida se desinflan", remarca el director de Ateneo del Dato. Un problema, valora, "de estructura partidista". "Los partidos se desmarcan, se desdicen, no se ponen de acuerdo", añade, un fenómeno propio del ecosistema de la izquierda.En medio de este panorama, valora Pérez-Guzmán, el eje de la ilusión, "que tiene que estar atravesado por la confianza de la ciudadanía", se complica. Y la esperanza se convierte en un cascarón vacío, apenas un "recurso dialéctico". Más, si cabe, después de ocho años de gobiernos progresistas que no han terminado de ofrecer soluciones a problemas de gran calado social. ¿El ejemplo más evidente? La crisis de la vivienda. Una brecha que profundizan los escándalos de corrupción del Partido Socialista. "Ningún actor político —ni en la izquierda ni en la derecha— está consiguiendo capitalizar el descontento con la corrupción", saca a relucir el analista a partir de sus investigaciones. Lo que sí ocurrió en 2015 de la mano de Ciudadanos y, sobre todo, de Podemos. Ahora, en cambio, "el descontento se disuelve como un azucarillo" en favor, por lo menos en parte, de la abstención y la antipolítica (el voto nulo, el voto en blanco y el "no votaré").PublicidadPara Palop, la izquierda ha abusado del miedo a la extrema derecha como reclamo electoral, "pero eso no quita que haya buenas razones para temerla". "No tanto porque la gente vaya a ir en masa a votar a la extrema derecha —que también se podría dar—, sino porque se está imponiendo paulatinamente su arquitectura jurídico-política, su marco emocional y mental e incluso sus propuestas culturales", advierte la jurista. Para ejemplo, de nuevo, la política migratoria. "Quién nos ha visto y quién nos ve", deja caer la docente, para la que la política migratoria europea se basaba, en origen, en el derecho de asilo y refugio: "Era un mínimo, un suelo". Al que ahora se le ha dado la vuelta como un calcetín: "Se ha convertido paulatinamente en una especie de laboratorio de gobiernos xenófobos, racistas y misóginos". Ahí se encuadra el recién aprobado reglamento de retornos. Para Palop, tiene su sentido dar voz al miedo a la extrema derecha, pero no tanto —o no solo— al miedo a que gobierne, sino a que imponga sus marcos. "No olvidemos que estamos hablando de fuerzas paleolibertarias, que amenazan la propia democracia", apunta la expolítica. En el ámbito económico, con un liberalismo sin cortapisas; en el político, con una apuesta por el autoritarismo y, en el social, apelando al conservadurismo moral.La confluencia del yin y el yangAsí bautizan desde el entorno de Mónica Oltra, en conversación con Público, a la fusión de ideas que resultó del debate con Rufián. Encauzar el descontento y la rabia de las calles y, al mismo tiempo, generar ilusión. Trabajar para mejorar la vida de la gente y, por el camino, cerrarle las puertas de La Moncloa —los gobiernos autonómicos y los ayuntamientos— a PP y Vox. No son caminos excluyentes, son las dos caras de una misma moneda. Un análisis con el que coinciden voces del círculo cercano de Rufián. "La izquierda ha decepcionado mucho, demasiado", tiran de autocrítica. Cuitas internas, escisiones, desacuerdos. Y, para colmo, "falta de valentía" para ser "verdaderamente útil". Dos ejemplos: vivienda y ley mordaza. La solución, dibujan, no es ni mirar para otro lado ni echar balones fuera: "No podemos dedicarnos a señalar a los malos". Hay que salir del ensimismamiento, critican: dejar de hablar de organigramas y poner en el centro las preocupaciones de la calle.Para conseguirlo, sí, la izquierda tiene que convertirse en cauce de la rabia de la gente —"darle la vuelta"— y, sí, también tiene que ilusionar, "convencer de que se puede construir algo diferente". Sin restarle valor al miedo a la extrema derecha. "Ya es una realidad: PP y Vox están gobernando tres —camino de cuatro— territorios y hablan cada día desde la tribuna del Congreso", advierten desde el entorno del portavoz republicano. Con todo, "quedan tiempo y cosas por hacer", dirigiendo la mirada hacia 2027. Con un campo entero para explotar: las redes sociales. "Hay que dar la batalla cultural en las redes", insisten, recuperando las palabras del portavoz en el encuentro, en abril, con la dirigente morada Irene Montero: "Prefiero llenar TikToks que bibliotecas". Solo así se puede competir electoralmente con la derecha, que, ironizan, "no vota, ficha".
Miedo, rabia o esperanza: ¿qué podría movilizar a la izquierda en 2027?
"Hay que mover los resortes de la alegría", propone Maria Eugenia Palop, para la que la rabia puede funcionar como subversivo, pero "con una mirada cortoplacista y un posible efecto de boomerang"....







