Actualizado a las 02:18h.

La primera vez que me interrogó la policía yo tenía catorce años. Había escapado de la casa de mis padres. No podía respirar tranquilamente estando cerca de mi padre. Temía que, una vez más, me insultase, me pegase. Por eso robé una joya de mi ... madre, subí a un autobús rumbo al centro de la ciudad, malvendí la alhaja y, con ese dinero, me alojé en un hostal de tres estrellas, en una calle poblada por putas, borrachos y malandrines. El recepcionista me cobró tres noches por adelantado y después, felón, llamó a la policía y reportó que un menor de edad se hallaba alojado en ese establecimiento de dudosa reputación. Los agentes del orden, dos señores obesos, vistiendo uniformes verdes, no tardaron en llegar. Tocaron a mi puerta. Me preguntaron por qué no estaba en mi casa. Les expliqué que me había visto en la necesidad de huir porque mi padre, para conjurar a los demonios que lo atormentaban, se sacaba el cinturón y me daba correazos en el trasero. Me dijeron que debían llevarme a la comisaría y enseguida llamarían a mi padre. Con sangre fría, saqué mi billetera, les ofrecí dinero, aceptaron el soborno y se marcharon. Una semana después, cuando me quedé sin billetes, regresé a casa de mis padres. Mi madre me recibió, sollozando. Mi padre no me dijo nada. Creo que mi madre, tan piadosa, tan desapegada de las cosas materiales, no echó en falta la prenda que le había hurtado.