Actualizado S�bado,
junio
00:09El primer fara�n Seti cumpli� en vida los augurios de su nombre, consagrado al dios que velaba por el tumulto y el caos. Para su descanso eterno Seti intent� la armon�a, la belleza, los dones del esp�ritu, erigi� un templo tan desmesurado que las obras las concluy� su hijo Rams�s; monumentos y capillas, patios y jardines, homenajes a quienes le precedieron, un cenotafio en honor a s� mismo en el que se distingue una de las representaciones m�s antiguas de un reloj de sol, 13 siglos antes de que un nacimiento en un pesebre dictase quiz� no un tiempo nuevo, s� el calendario por el que se regir�an en tierras desconocidas las unas de las otras. Pero ah�, en la b�veda de la c�mara funeraria de un hombre que orden� que extrajeran el coraz�n a su cad�ver y lo situaran en el lado contrario para que no fallase en la existencia siguiente, ah�, un reloj de sol: las instrucciones para construirlo y para usarlo, la ambici�n o la necesidad de conocer el tiempo que transcurre, que se agota.Lo pens� en la sala de espera de neurolog�a. Se me ocurri� pensar sobre el tiempo, el reloj de arena, el fara�n, porque me hab�an citado hora y cuarenta minutos antes y me anticip�, seg�n indica la hojita con mis datos: unas dos horas en total. Ya hab�a terminado el libro que guard� en la mochila -prob�, y no aguant� la relectura-, el porcentaje de la bater�a se destacaba en rojo, as� que retom� la observaci�n de quienes charlaban, bostezaban, se restregaban los ojos con el pu�o cerrado. Casi todos ancianos, con su pareja o un hijo o una hija, con una cuidadora, entre los hombres abundaba la gorra como marca de la estaci�n del a�o; yo, la m�s joven, aunque ya no lo sea. A las quejas sobre los retrasos, la administrativa preven�a, van todas tarde hoy, o consolaba, si por m� fuera, y su aspiraci�n flotando tras el cristal que la separaba de los pacientes: un deseo por cumplir.El hombre con la camiseta de Costa C�lida y la hija que bufaba, como si as� insuflase energ�a a las doctoras, y la mujer no mucho mayor que yo -calcul�- que preguntaba por un enchufe en el que cargar el m�vil, y as� el retrato -una pincelada por ronda- de cada una de las personas que aguardaban en la salita peque�a de la planta primera del edificio lateral; termin� incomod�ndome mi propia insistencia. De las paredes colgaban una serie de im�genes de lugares paradisiacos: una palmera dominando una playa de arena blanca recibiendo las aguas turquesas, globos aerost�ticos cuyos tonos se confund�an con los del amanecer, un perfil de rascacielos en el que la noche oscura se quebraba con el estallido de las vallas publicitarias cubriendo las fachadas. En otras especialidades, las paredes las adornan con alg�n p�ster de una campa�a de prevenci�n, vinculado a aquello que padezcas y a lo que te consuele; en otras, no m�s que el yeso y la pintura blanca.Para saber m�sMaldivas, Capadocia, Nueva York; una vista del Sena con la Torre Eiffel forzada al horizonte, un plato de espaguetis con tomate servidos en una mesa con un mantel de cuadros, las pir�mides en la meseta de Giza. Me acord� de una menci�n al reloj de arena en el cenotafio de Seti I, en un art�culo que hab�a le�do d�as antes, desde la que hab�a saltado a los ortostilos que recorrieron milenios de la China de Tscheu-Kong hasta la Roma de Plinio el Viejo, los empe�os de los griegos -la clepsidra, la Torre de los Vientos-, las velas de los fieros reyes anglosajones y los �ngulos de los vikingos, desconect� en la �poca de los engranajes; prefiero el ingenio a la t�cnica. En la sala de espera -ya dos horas y cuarto, y veinte- pens� sobre el fara�n, el reloj de arena, el tiempo: el que gast�bamos mientras no nos avisaban, fantaseaba en qu� invertirlo, terminar un art�culo, poner una lavadora, esmerarme en el almuerzo; a mi alrededor, supuse, el tiempo se med�a de otra forma menos pr�ctica. Me abandon� a la metaf�sica: alguien se pregunta qu� sucede, por qu� arriba se enciende y se apaga, por qu� se transforma el cuerpo, d�bil, hasta extinguirse; alguien que descubre el tiempo, y alguien -��l o ella, otra persona?- que decide medirlo, organizarlo en segundos, minutos, horas."Me abandon� a la metaf�sica: alguien se pregunta por qu� se transforma el cuerpo, d�bil, hasta extinguirse; alguien que descubre el tiempo, y alguien que decide organizarlo"Seti I confiaba en la vida perpetua, y por eso dispuso otro orden para su coraz�n y unas gu�as para aprovechar el regalo infinito. Atend� de nuevo a los carteles: Maldivas, Capadocia, Nueva York, Par�s, alg�n callej�n de Italia, El Cairo. Var�an cada tres o cuatro meses: en revisiones anteriores me he entretenido mirando l�minas antiguas de Madrid, capitales emblem�ticas de Am�rica Latina, escenas del Hollywood cl�sico. Cada diciembre, espumill�n de lado a lado, en la puerta de la sala un letrero -�FELIZ NAVIDAD!- al que el uso resta purpurina. Alguien se esfuerza por decorarla, por convertirla en un sitio amable para los 15 minutos, una hora, dos horas y media hasta que te llamen, temiendo una mala noticia o llev�ndola contigo. Aquellas im�genes que alguien recorta de cat�logos de agencias de viajes, de juegos comprados en un bazar, constituyen un lenguaje del tiempo.










