Nota beneAldama ha sido el p�caro que se ha salvado narrando, mientras que la novela brindada por �balos y Koldo ha sido exigua y lamentableJos� Luis �balos, a la salida del Tribunal Supremo.AFPActualizado S�bado,

junio

23:05Audio generado con IAD�as atr�s daba en este peri�dico Jacobo Bergareche donde nos duele: el p�caro nos cae bien. Lo dec�a por �balos, que parece encarnar el arquetipo. As� y todo, sabemos por Francisco Rico, la mayor autoridad que tuvimos sobre el g�nero, que la picaresca no se define por su contenido, sino por el punto de vista. Es el p�caro el que se narra a s� mismo, en primera persona y retrospectivamente, justific�ndose ante quien le puede juzgar. El p�caro escribe su vida para que se la perdonen. Por ah�, Aldama ha sido el p�caro que se ha salvado narrando, mientras que la novela brindada por �balos y Koldo ha sido exigua y lamentable: yo no sab�a, yo me limit� a, yo conf�o en la justicia. Pobre material. Ambos tendr�n tiempo de sobra en la c�rcel para redactar apolog�as m�s convincentes. Solo entonces ser�n p�caros ejemplares. Sospecho que al menos �balos, al que se le adivina talento narrativo, lo har�, fiado a la intuici�n de que Espa�a es capaz de perdonar todo con tal de que se lo cuenten con gracia. Mientras llega ese momento, lo que tenemos no es propiamente una novela picaresca, sino -la distinci�n es de Rico- una novela con p�caros. Con muchos, demasiados, incontables p�caros. Ha sido la novela de esta legislatura, aunque hoy sepamos que sus primeros cap�tulos se escribieron en la anterior. El dramatis personae no para de crecer y un modo de no perder la cuenta es leer Todos los hombres de S�nchez, de Ketty Garat, la periodista que m�s insisti� en seguir el rastro de �balos. La pregunta no es, entonces, por qu� nos cae bien el p�caro, sino por qu� en Espa�a nunca faltan p�caros que perdonar. La respuesta acostumbrada ahonda en una vieja melancol�a espa�ola: abunda el p�caro all� donde escasea el burgu�s. Donde no se produce, se medra. Y, si se dan los medios -el p�caro se sienta en el Consejo de Ministros-, se saquea. Entonces, es algo m�s que caudales p�blicos lo que perdemos. Por decirlo con la fr�a prosa del Tribunal Supremo: en estos supuestos, la corrupci�n �opera como un fen�meno que distorsiona la finalidad del poder, debilita los contrapesos institucionales y compromete la igualdad de los ciudadanos ante la ley�. No se roba de una caja, se socava un edificio. Con m�s literatura e igual impaciencia ante la picaresca gubernativa, un joven alcala�no dijo cosas parecidas hace un siglo largo: �En nuestro museo han entrado unos p�caros y la dalm�tica m�s espl�ndida, recamada por una historia ilustre, la van deshilachando para remendarse los calzones� (Manuel Aza�a, El problema espa�ol). Vieja melancol�a, ya digo.