Se intuía desde antes. Con cada camiseta amarilla que se colaba entre las verdes que calentaban el ambiente mundialista en la Ciudad de México en los días previos a la inauguración en el Estadio Azteca. Pero el idilio comenzó oficialmente con el primer gol del Mundial. Un colombiano de nacimiento, Julián Quiñones, marcó para México y encaminó la perfecta fase de grupos de los anfitriones, que lograron nueve puntos por primera vez en su historia. Un regalo o una ofrenda cafetera que fue regresada seis días después, cuando ese mismo templo del fútbol se vistió de amarillo para recibir el debut de Colombia. Había miles de colombianos, tal vez la mayor cantidad de colombianos reunidos nunca para ver a su selección, pero también muchos mexicanos, algunos con sus camisetas de México, muchos otros con la de Colombia, todos, todos, alentando a Colombia como si fuera su propio país. Para la segunda fecha, las dos selecciones se fueron a Guadalajara y las imágenes del Ángel de la Independencia y el Paseo de la Reforma en Ciudad de México, abarrotadas por colombianos y mexicanos antes y después de sus partidos, se replicaron en las calles tapatías. Aunque unos meses antes, la capital de Jalisco había acogido con brazos abiertos a miles de congoleños que jugaron ahí el partido de repechaje que les selló el puesto en el Mundial, ya en el torneo, solo había un equipo que los jaliscienses iban a apoyar. El moderno estadio de Guadalajara era una marea amarilla y Colombia jugó con soltura, como si ese fuera el patio de su casa. Para el portero colombiano Camilo Vargas, figura del Atlas en la LigaMX, jugar en Guadalajara era justamente eso. Aunque la cancha era la de las Chivas, el gran rival local del Atlas, Vargas estaba en la ciudad que es su hogar desde 2019. Un par de atajadas en los últimos minutos lo hicieron una de las figuras del partido, salvando el valioso 1-0 con el que Colombia sumó su segunda victoria. No hay nada como el aire de casa. En la fiesta que puso la guinda a la fase de grupos de México, Quiñones volvió a anotar en el Azteca, que por años fue su casa cuando vistió de amarillo, aunque no el de Colombia, sino el del Club América. Y una vez más, entre las miles de camisetas verdes que celebraban bajo la lluvia en el centro de la Ciudad de México, se colaron otras de Colombia, pero no desentonaban. Con el paso de los días, el verde y el amarillo comienzan a ser casi lo mismo en este Mundial. En las calles de México se oye, “Mami, prenda la radio, encienda la tele. No me molesten, que hoy juega La Sele”, y “La Sele” en cuestión puede ser perfectamente Colombia o México. Al mismo tiempo, los colombianos entonan “Cielito Lindo”, como si fuera un himno propio, cuando celebran los goles que están haciendo soñar a mexicanos y colombianos por igual. Pero ahora Colombia deja México y se dirige a Miami para enfrentar a Portugal. Ese partido fue el más solicitado de la fase de grupos. Está prácticamente garantizado que el ambiente será eléctrico en la capital hispana de Estados Unidos. Sin embargo, para los colombianos en México es el fin de un sueño, el de confirmar que nuestra patria lejos de la patria nos ha adoptado sin preguntas, porque no hacen falta. Porque los goles de México también los pueden anotar colombianos y los partidos de Colombia también los pueden llenar mexicanos. Falta mucho Mundial, pero la hermandad de México y Colombia forjada en las últimas dos semanas ya será inolvidable.