La primera encíclica del papa León XIV, dedicada en su mayor parte a la inteligencia artificial, ha tenido enorme repercusión en todo el mundo. Es muy comprensible, dado que no es habitual que la Iglesia Católica muestre tanto interés por las cuestiones relacionadas con los avances tecnológicos. Y ha aparecido en un momento crucial, con un proceso cada vez más intenso de automatización del mundo y de externalización de nuestras aptitudes más fundamentales. En este sentido, el título es muy acertado: Magnífica humanidad. Porque la cuestión que debemos plantearnos hoy es precisamente la de proteger las características que forman parte de nuestra grandeza. Para empezar, el pleno uso de nuestras facultades sensitivas, intelectuales y creativas; en caso contrario, estaremos condenados —y todavía más las generaciones futuras— a ser meros caparazones vacíos. Hay que elogiar al Papa por evaluar estos problemas desde el punto de vista de la civilización y no en función de los criterios utilitarios y contables que suelen predominar. Sin embargo, a pesar del grado de exigencia al que aspira, debemos señalar cuatro aspectos esenciales cuyo análisis no está a la altura de lo que nos jugamos.

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