Son tres trazos horizontales, pero no son el mismo signo. Aunque los tres se disponen a media altura de la línea, difieren en longitud. Hagamos cuentas: el guion es cuatro veces menor que la raya; el signo de la resta (o signo menos) es dos veces más largo que el guion. Si ponemos las tres líneas en fila, advertimos que la magnitud de la diferencia (-, –, —) no es enorme, pero esa extensión es el rasgo material que ayuda a distinguirlos. Para identificar quién es el mejor de los buenos, Antonio Machado daba una receta: lo es “quien sabe que en esta vida / todo es cuestión de medida; / un poco más, algo menos”. Y esa medida de más o de menos es la que nos permite otorgar a cada uno de esos tres signos funciones distintas: la raya —llamada también guion largo—se emplea como una especie de paréntesis y sirve para introducir los parlamentos de un personaje en un diálogo. El signo menos aparece en las operaciones aritméticas de sustracción. Y el guion, el signo de menor longitud, interviene, entre otros usos, en la escritura de fechas (hoy es 27-6-2026), separa palabras a final de línea y une voces que funcionan de manera independiente: si hablamos de un análisis histórico-crítico o un recurso contencioso-administrativo, el guion pone en relación dos adjetivos que tienen vida propia por sí mismos.La utilización de un guion en tales casos puede tener implicaciones conceptuales: lo hispano-portugués no implica la identidad mixta que advertimos en lo hispanoportugués. Cuando dos palabras se unen por este signo, el hablante entiende que cada uno de los elementos que constituyen la pareja preserva su significado y que no se da entre ambos una fusión. Basta que desaparezca el guion y se borre ese espacio milimétrico para que el sentido, en nuestra comprensión, varíe. La diferencia no es meramente tipográfica.Cuando hace más de una década las palabras sordoceguera y sordociego-a ingresaron en el diccionario de la Real Academia Española fueron escritas así, sin guion ni espacio de separación. Para nombrar la “discapacidad consistente en la privación o disminución de las facultades auditivas y visuales y a quien la presenta” se optó por emplear una grafía que dejaba claro que la sordoceguera no es la suma de dos discapacidades sino una discapacidad diferenciada, con la consideración médica y asistencial de discapacidad única y con necesidades propias. Mientras tanto, el compuesto sordomudo iba saliendo del uso. La condición de sordociego es una categoría considerada hoy sólida, mientras que la palabra sordomudo proyecta una asociación de discapacidades errónea.La elección de la grafía sordoceguera implicaba el descarte de formas como sordo ceguera (con separación gráfica) y sordo-ceguera (con guion), que, con todo, aún pueden encontrarse en medios e informes. Y este descarte no fue solo un fenómeno del español. También el inglés, una lengua donde el guion es muy usado como procedimiento de formación de palabras, abandonó la escritura con guion (deaf-blind) en favor de la forma unida (deafblind). En ambas lenguas, las dos palabras que entraron en el compuesto, ya sin espacio, se tocaron y reflejaron también simbólicamente la importancia del tacto en la comunicación de las personas sordociegas. Cuando no existen restos funcionales de audición o de visión, o cuando estos necesitan de algún complemento, la comunicación con una persona sordociega se hace mediante sistemas táctiles: un alfabeto dactilológico que se marca directamente sobre la mano o la lengua de signos apoyada, esto es: las personas sordociegas apoyan las manos en las de su interlocutor mientras signa el mensaje.Desde hace décadas, las reivindicaciones sociales han incluido típicamente debates sobre la legitimidad de las denominaciones con que se nombra su realidad. Se han ensanchado los límites semánticos de numerosos términos y se han desarrollado procesos de negociación en torno al vocabulario. Ha habido complejas batallas lingüísticas para conquistar visibilidad a costa de proponer, por ejemplo, la reforma morfológica que implicaba decir niñes; se ha propuesto, a sabiendas de su coste discursivo, hacer una constante marcación doble (o triple) de género en todos los elementos flexivos de un texto. Quizá (todo es cuestión de medida), hizo falta un poco más de profundidad en la argumentación y algo menos de discusión lingüística ideologizada sobre el glosario de todas las diversidades reivindicables. Porque mientras esto ocurría, algo tan discreto como borrar el espacio entre dos palabras y quitarles un guion resultó ser un cambio de una enorme trascendencia conceptual, que no adoptó forma de ley ni dio lugar a una novedad verbal con aspiraciones polémicas. Hoy es el Día Internacional de la Sordoceguera. La fecha conmemora a Helen Keller, nacida el 27 de junio de 1880, figura fundamental para la defensa de los derechos de este colectivo. La celebración adquiere este año un gran significado, porque se cumplen dos décadas de la entrada en vigor de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. La sordoceguera es una discapacidad con poca presencia mediática, pese a que tiene un enorme impacto sobre la comunicación, la autonomía y el acceso al entorno. No soy de agarrar megáfonos, pero “creo en la palabra buena”. Eso también lo dijo Machado.