El primer cruce"Lo m�s probable es que, si alg�n socialista osa alzar la voz, tampoco encuentre una respuesta pol�tica sino otra forma de desd�n"El presidente del Gobierno, Pedro S�nchez.EFEActualizado S�bado,
junio
00:46Audio generado con IAEn 2017, reci�n recuperada la secretar�a general tras derrotar a Susana D�az contra la voluntad del aparato del partido, Pedro S�nchez impuls� una reforma de los estatutos del PSOE. No era una cuesti�n menor. Unos meses antes hab�a sido desalojado de la direcci�n mediante una dimisi�n en bloque de la Comisi�n Ejecutiva Federal, la maniobra que dio paso a la gestora presidida por Javier Fern�ndez. A su regreso, S�nchez se asegur� de que aquello no volver�a a suceder. Los nuevos estatutos blindaron al secretario general frente a una operaci�n semejante: la dimisi�n de la Ejecutiva dejaba de ser suficiente para provocar su ca�da y cualquier intento de revocaci�n quedaba sometido a procedimientos mucho m�s exigentes y, en �ltima instancia, al respaldo de la militancia.La reforma pod�a presentarse como una democratizaci�n del partido: frente al poder de los viejos aparatos territoriales, la �ltima palabra la tendr�an los afiliados. La consecuencia real es que el Comit� Federal perd�a su capacidad para condicionar al secretario general. Desde entonces, la autoridad de Pedro S�nchez carece de contrapesos internos. El resultado es un liderazgo incuestionable, reforzado adem�s por el aura casi providencial con la que una parte del partido contempla a su secretario general.Por eso resulta dif�cil imaginar que este Comit� Federal altere el rumbo del partido. Esta semana, el Congreso de los Diputados aprob� una resoluci�n instando a Pedro S�nchez a someterse a una cuesti�n de confianza o, en su defecto, a convocar elecciones. La respuesta del presidente y de la bancada socialista no fue defenderse ni rebatir el fondo del asunto. Fue re�r y aplaudir. Aquella escena tuvo una fuerza simb�lica dif�cil de ignorar: el mismo Congreso que hab�a hecho presidente a S�nchez le ped�a ahora que devolviera la palabra a las Cortes o a los ciudadanos, y la respuesta fue una carcajada. Siendo la reacci�n m�s ofensiva, quiz� tambi�n fuera la m�s sincera.Desde hace a�os, el presidente S�nchez ha acostumbrado a los espa�oles a interpretar las leyes y las convenciones institucionales como obst�culos que deben sortearse y no como l�mites que deben respetarse. Lo m�s probable es que este s�bado, si alg�n socialista osa alzar la voz, tampoco encuentre una respuesta pol�tica, sino otra forma de desd�n: quiz� no una carcajada, sino soflamas populistas, gestos compungidos y apelaciones victimistas. Ojal� haya alg�n valiente que se rebele frente a este insulto.Pedro S�nchez dise�� en 2017 un PSOE en el que el Comit� Federal ya no pudiera derribar al secretario general. Pero ninguna reforma estatutaria puede blindar a un l�der frente a algo mucho m�s sencillo: que sus compa�eros de partido hablen. Los miembros del Comit� habr�n perdido la capacidad de destituirle, pero conservan intacta la de discrepar, votar en conciencia, dimitir si consideran que el partido ha dejado de representarles o empezar a construir una alternativa. Ning�n art�culo de los estatutos impide organizar una corriente cr�tica, denunciar el cesarismo, las alianzas t�xicas o afirmar que la corrupci�n ha cruzado una l�nea inaceptable.Si ma�ana s�bado el Comit� Federal socialista se limita a ratificar a S�nchez por inercia, no ser� porque los estatutos se lo impongan. Ser� porque quienes todav�a pueden salvar al PSOE habr�n preferido salvar a Pedro S�nchez.













