26 de junio, 2026 - 07h00Gianni Infantino, presidente de la FIFA, tiene muy claro que la Copa del Mundo de fútbol no solo es un evento deportivo en el que se miden prestigios y capacidades de los países intervinientes, así como tampoco se limita a cumplir solamente las 17 reglas fundamentales que regulan las acciones dentro de un terreno de juego. No. El deporte, y mucho más si nos referimos al balompié y su abrumador poder de convocatoria y de hipnotismo sobre las masas, al llenar estadios hasta sus banderas, constituye especialmente un factor de sociabilidad, y por lo tanto con impacto en lo económico y político dentro de una comunidad, pero también emerge, sobre todo, como una actividad que deja enormes réditos económicos para quienes intervienen de manera directa e indirecta en esos certámenes internacionales.Ciertamente, la idea de aumentar el cupo de 32 a 48 las selecciones nacionales participantes, y por lo tanto pasar de 64 a 104 el número de encuentros a disputarse, si bien es una válida respuesta a la necesidad de democratizar el deporte a nivel global y con ello dar un espacio a estados y continentes en los que no necesariamente el fútbol domina las preferencias de la población en cuanto a esta práctica física, se convierte –eso sí– en una enorme palanca que mueve el músculo económico. Ahora mismo, EE. UU., Canadá y México, como coanfitriones, recibirán un importante flujo de recursos a través del fortalecimiento del turismo y lo que ello conlleva al movilizar la rama hotelera, de alimentación, transporte aéreo y terrestre, así como del comercio en general. En esto, los Estados Unidos, captará la mayor porción del pastel al realizarse el 75 % del total de los partidos de fútbol en su territorio.Asimismo, las ganancias también se derraman hacia la FIFA. Los derechos de transmisión, patrocinio, así como el cobro de entradas y de los prohibitivos paquetes de hospitality dejarán enormes ganancias a una institución que ve en el balón más que a un esférico al mismísimo Midas que tiene sus seguidores. Indudablemente, cuando el fútbol forma parte de la lógica mercantil, muchos de los valores y referencias positivas que conlleva intrínsecamente el deporte entran en conflicto con la cosificación de sus actores. Basta mirar, verbigracia, el tener que mostrar en cada partido el producto (jugadores) no solo para el espectáculo, sino para la venta (mercado), aumentando o disminuyendo su cotización.Entonces, es claro que el fútbol no solo genera pasiones, sino también dinero que se reparten asimétricamente en un mundo donde la desigualdad es el signo de estos tiempos. No obstante, el rey de los deportes también incentiva, aunque sea de forma temporal, el consumo en todos los lugares afectando positivamente el ámbito de la microeconomía y de determinadas áreas, entre ellas, la de tecnología, así como la venta de alimentos (restaurantes y servicio delivery), bebidas (bares), producción de camisetas, gorros, banderas, etc.El fútbol, sin duda, se alimenta de emociones y goles, pero también de muchos dólares. Aún estamos lejos de comprender, en su sentido amplio, la sentencia de Diego Maradona: “La pelota no se mancha”. (O)