Cualquiera que asista durante las seis semanas de Mundial al bombardeo de anuncios con famosos, algunos exfutbolistas, premios por adelantado y demás incentivos para apostar debería conocer la historia de Davide.

El juego apareció en su vida cuando tenía apenas tres o cuatro años. Al principio, claro, de forma inocente: partidas de cartas en familia y bingos. Juegos que tenían una característica común: había que apostar dinero. Con los años, llegaron las primeras máquinas tragaperras y las partidas de póker que se convirtieron en un escollo inevitable camino al colegio. Finalmente, las apuestas deportivas, principalmente centradas en el fútbol: “Soy muy futbolero, y las apuestas de fútbol se han convertido en algo al alcance de cualquiera durante las 24 horas”.

Davide, cuyo apellido se omite para preservar su anonimato, tiene 50 años, trabaja en Barcelona y es seguidor del Barça y de la Juve. Está casado y tiene sus deudas casi saldadas. Pero su futuro no siempre ha estado claro. Hace ocho años, ahogado por sus acreedores, amargado por su adicción y desesperado por la enésima nómina perdida en apuestas, contactó con Jugadores Anónimos, una confraternidad de personas que alguna vez han sido adictas. Con él se siguió el protocolo habitual: le pidieron dejar de jugar inmediatamente y acudir a una de sus reuniones presenciales. Transcurrió un año hasta que Davide reunió las fuerzas para presentarse. Llegó a la cita con el resguardo de una apuesta en el bolsillo. “Cuando la fallé, sentí un gran alivio. Ya me podía liberar”, cuenta ahora por teléfono a elDiario.es.