Para celebrar el centenario de la Declaración de Independencia, Estados Unidos organizó en 1876 en Filadelfia su primera feria mundial. Fue todo un éxito, con casi 10 millones de visitantes. Se construyeron 200 edificios, la ocasión trajo avances en los derechos de las mujeres, Richard Wagner compuso una marcha en honor al joven país y Alexander Graham Bell mostró por primera vez un extraño artilugio llamado teléfono. Este jueves, la Gran Feria Estatal Estadounidense abrió sus puertas como una extraña mezcla de evento de promoción empresarial y convención turística. Se celebra hasta el 10 de julio en el National Mall, esa pradera en el corazón de Washington en la que el país se cuenta a sí mismo su historia. Y lo hace —para conmemorar que el próximo sábado la Declaración de Independencia cumple 250 años— con una propuesta ciertamente menos ambiciosa que la de 1876. Pero, sobre todo, más acorde con el ideal de America First (Estados Unidos primero) del movimiento MAGA del presidente Donald Trump.La organización de los festejos del aniversario convocó a los 50 Estados y seis territorios asociados, pero una decena de ellos ha declinado participar. Se pierden una feria de 16 días, gratis para un público que va de un stand al siguiente para sellar un pasaporte que acredita que los han visitado todos. Los asistentes a primera hora de la tarde eran estadounidenses en una abrumadora mayoría, entregados a esa especie de simulacro de una tradición típicamente americana: la de alimentar la curiosidad por visitar todos los Estados de un país con las hechuras de un continente antes de cumplir una determinada edad.Los espacios dedicados a cada delegación se reparten en dos construcciones efímeras que se suceden como barracones militares y se organizan en dos hileras en torno a una noria que da vueltas a cámara lenta y a un modesto recinto para rodeos. También hay un arco de triunfo de pega; se entiende que lo colocaron para entretener la espera del presidente Trump, que aspira a construir uno de granito, de 250 pies de altura (unos 85 metros) no lejos de los terrenos de la feria, que están flanqueados por una zona para seguir los partidos del Mundial, el Capitolio (al Este) y el Monumento de Washington (Oeste). Grecolatino de cartón piedraTodo tiene un aire grecolatino de cartón piedra, y, de nuevo, la explicación hay que buscarla en las fijaciones del presidente. Poco después de volver al poder, Trump dictó un decreto que pedía “devolver la belleza a la arquitectura federal” y declaraba la guerra a los edificios modernos de Washington, y especialmente a los brutalistas. Como tantas otras decisiones ejecutivas, no ha pasado aún de brindis al sol de tintes autoritarios. Los jueces le paran muchas de esas iniciativas al presidente con alma de constructor, pero al menos este ha podido erigir estas estructuras de quita y pon con un estilo que habría hecho las delicias, o eso suele decir él, de los Padres Fundadores.Trump también ordenó en otro decreto una “limpieza ideológica” de las instituciones culturales para “recuperar la cordura” y “restaurar” la historia de Estados Unidos como un relato que ignora asuntos como el racismo o el genocidio indio. Esas verdades incómodas están ausentes casi por completo de la feria, en la que, entre tanta historia en positivo, no fue posible encontrar ninguna referencia a, por ejemplo, las conquistas de la era de los derechos civiles o el empoderamiento de los pueblos originarios en los años sesenta y setenta. Hay, claro, grandes personajes afroamericanos representados, y nativos (aunque menos), pero concursan en su condición de grandes músicos o atletas. No están claras las directrices que los participantes recibieron para escoger lo que querían contar, pero sí que lo que cada cual tiene que ofrecer varía según el empeño que sus autoridades le hayan puesto al asunto. Y eso incluye a los que no participan en protesta por la “instrumentalización política” del aniversario de la que acusan a la Administración de Trump.Cuando este regresó a la Casa Blanca el año pasado, creó, otra vez por decreto, el Grupo de Trabajo Salute To America, del que cuelga una organización llamada Freedom 250, que vino a dejar inútil otra, America 250, que nació hace una década por orden del Congreso. Los planes de Freedom 250 ya han dado sus primeros frutos: un gran servicio cristiano en el Mall, una violenta pelea de artes marciales mixtas en la Casa Blanca y el primero de los dos mítines que Trump piensa dar a la sombra del monumento a Washington. El primero tuvo lugar el miércoles como preludio a la apertura de la feria, que el presidente prometió que sería “increíble”. El segundo se espera el 4 de julio. Entre las entidades que no han querido tener que ver con la feria, para lo que han alegado también prioridades presupuestarias, están, entre otros, los Estados (casi todos gobernados por demócratas) de Oregón, Washington, Massachusetts, Maine, Vermont, Hawái, Alaska o Connecticut, así como los territorios de Samoa y las Islas Vírgenes. La participación de otros, como California, solo cabe calificarse de testimonial. Y Nueva Jersey y Carolina del Norte han parecido apuntarse a algo así como una tercera vía: dado el desinterés en estar, han decidido dejarle el sitio a empresas privadas −Spevco, dedicada a la construcción de vehículos especiales, en el caso de Carolina del Norte− o al condado de Cape May (en el de Nueva Jersey), para que su oficina turística muestre sus encantos como destino por descubrir. Arizona es la única parada que, con una propuesta de viaje por los encantos del Estado de la mano de la realidad virtual, convocaba este jueves colas a su puerta. Florida era otro de los favoritos de los asistentes, que afluían en una cantidad difícil de cuantificar, pero que pareció quedarse lejos de los cálculos del consejero delegado de Freedom 250, el emprendedor de Silicon Valley Keith Krach, que la semana pasada confió en una conversación con EL PAÍS que la feria recibiría “entre 100.000 y 150.000 personas cada día”. Los gobernadores republicanos de Ohio, Mike DeWine, y Nebraska, Jim Pillen, estaban allí para apoyar lo suyo (en el caso de Pillen, entre otros argumentos, que su Estado tenga la cuenta de electricidad más barata de la Unión). En Virginia Occidental, todo gira en torno a la canción de John Denver Take Me Home, Country Roads, omnipresente himno oficioso, mientras que en Carolina del Sur una representante del stand compartió la decisión de centrarse en dos aspectos definitorios: “el golf y la hospitalidad sureña” (a lo que un tipo que pasaba por allí añadió un tercero: ”el aire acondicionado"). El golf, deporte favorito de Trump, las vacas y las patatas repiten como reclamos en varios Estados. Y Abraham Lincoln es motivo de disputa, un poco a la manera del pisco entre Perú y Chile, entre Kentucky (donde el decimosexto presidente nació) e Illinois (donde echó los dientes como político y hoy el holograma de un actor no tan alto como el original lo recuerda).Una señora salió del barracón de Massachusetts con un considerable enfado al comprobar que el espacio estaba vacío. “Se ve que no se sienten parte de Estados Unidos”, dijo. Ed Beach y Phil Hough, dos amigos de cincuenta y tantos llegados ex profeso desde Míchigan no se explicaban de qué manera alguien podría ver nada político en la feria. Tampoco en el mitin de Trump, al que habían asistido la noche anterior. Había muchas familias, como la de Marcus Walters, que deambulaba acompañado de sus dos hijos. Llegaron desde Pensilvania para conocer la capital y la feria fue una sorpresa para ellos. Renee Thompson lo hizo desde Texas, porque su hija trabaja en el stand de Idaho. Todos hacían acopio de pegatinas y otros materiales promocionales mientras sus pasaportes acumulaban nuevos sellos.Pocos sabían que podían completar la experiencia con la visita a una estupenda exposición, sin relación con la feria, que se puede ver hasta septiembre en la Galería Renwick, que opera el Smithsonian. La muestra propone un recorrido por lo mejor de la producción artística de las ferias estatales que cada verano se celebran desde el siglo XIX por todo el país. Es otra institución genuinamente americana, homenajeada por Trump ahora que el país cumple 250 años.
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