Al fondo de una tienda en la avenida Fray Servando, donde se deshilacha el mercado de Sonora y, con él, el enorme ramo floral de playeras de la selección mexicana, el sonriente Juan Ruiz busca estampas –cromos, figuritas– en cajas de cartón. “No tengo a Messi, fíjate. ¿Cuál era el de México, César Huerta? No... Tampoco”. Ruiz cambia estampas a tres pesos: uno le da la repetida y el dinero. A cambio, él entrega la requerida. Pequeñas láminas de satisfacción. Ruiz viste una playera de la selección, como casi toda Ciudad de México este miércoles, uniforme oficial del ciudadano consciente del festival futbolero. En vísperas del último partido de la fase de grupos, el hombre lo tiene claro. “Por lo menos hay que llegar a semifinales: ¡hay fe!”, dice. México cierra la primera parte del Mundial y la gran capital norteamericana se pliega sobre sí misma, formando una enorme flecha de poliéster –miles, decenas de miles de playeras–, que apunta a la hora del partido. En el mercado de Sonora, igual que en el enorme tianguis del barrio de Tepito, en La Merced, en cientos de cruces de toda la ciudad, la playera de la selección, la verde, la blanca, se ha convertido estos días en la omnipresente alarma emocional del aficionado. Los pocos que no la llevan puesta, preguntan en los semáforos, ansiosos, mirando, acechando. “¿A cuánto sale?“, pregunta por la tarde un taxista a un vendedor. 580, dice el otro, unos 35 dólares. ”Muchas gracias", murmura, molesto. La quiere, no la compra. El partido se acerca. Toda la ciudad está pendiente del partido de la tarde del miércoles, el segundo de la selección en la capital este Mundial. Algunos lo están por el tráfico, por las calles y avenidas cortadas, y las marchas y bloqueos anunciados; otros por la alineación que presentará en esta ocasión el Vasco Aguirre, por si jugará o no el Memo Ochoa o Gilberto Mora. Unos más planean la velada con anticipación, teléfono en mano. En el último partido, contra Corea, los locales más solicitados, El León de Oro, por ejemplo, una de las cantinas míticas de la colonia Escandón, tenían a decenas de potenciales clientes haciendo cola en la calle, con la lluvia amenazando.La circulación es agradable este miércoles. No hay tráfico, porque no hay escuelas y sí mucho trabajo remoto. En la Central de Abastos, el enorme mercado que alimenta a una urbe que hospeda a nueve millones de personas (más del doble con su área metropolitana), la velocidad habitual de porteadores y transeúntes toma un cariz dramático a medida que se acerca el partido. David Ochoa, de 53 años, maneja un local de frutas en el área de menudeo. Está por cerrar. Verá el partido tranquilamente en su casa. Al día siguiente abrirá su puesto, “como tarde”, a las 4.00. “Este año hemos hecho un buen papel”, dice, en referencia a la selección, “esperemos ganar, hoy y el mundial”, añade, como cualquier cosa. La Central de Abastos, hogar laboral de alrededor de 400.000 personas, repartidas en 327 hectáreas, ha preparado este año una especie de fan zone en su parque deportivo. Cada área empieza y acaba a una hora distinta y los turnos imponen horarios infernales. La fan zone sirve para que cualquiera pueda caer por allí, antes o después de trabajar. A primera hora de la tarde no hay demasiada gente, pero los organizadores esperan que cuando empiece el partido se junten algunos miles. Contra Corea, dice Diana Ávila, parte del área de comunicación, llegaron al menos 1.400. Desde tempranas horas de este miércoles, aficionados comenzaron a llegar a Paseo de la Reforma. Nayeli CruzAficionados observan el partido en pantallas colocadas en diversos puntos de la ciudad.Nayeli CruzColectivos de búsqueda de desaparecidos realizan torneos de fútbol en Paseo de la Reforma, este miércoles.Nayeli CruzIntegrantes de colectivos de búsqueda de desaparecidos protestan, horas antes del arranque del partido.Nayeli CruzXochipilli Montaño asiste a la transmisión del partido de México - Chequia.Nayeli CruzLa hija de David Ochoa, Kasandra, carga un rostro de cansancio descomunal. No piensa ver el partido en la fan zone, ni en el Ángel, como hizo en el partido anterior. “Estuvo muy padre, la verdad, pero sí fue un desmadre, mucha lluvia, mucha basura. Lo bueno es que conoces gente. Nosotros conocimos a un japonés, un influencer. ¡Se lo pasó muy bien! Lo manteaban y gritaban, ¡quiere volar, quiere volar!”. A su lado, uno de los tenderos del local ríe, socarrón. Se llama Luis Zurita y también fue al Ángel el partido pasado. “Era un despapaye, no había señal, ni pantallas, ni nada. Teníamos que andar preguntando cómo iba el juego. Y luego a la vuelta en el metro, todo el mundo cantando”, dice. Este miércoles sí había pantallas en el Ángel. Cuatro, para ser exactos, y otras 20 entre el Paseo de la Reforma y el Monumento a la Revolución, circuito por el que la ciudad planea canalizar el festejo. La vez pasada llegaron cientos de miles de aficionados y la falta de previsión convirtió la avenida en lo que los locales llaman, cariñosamente, un cochinero. Ahora, hay pantallas, se ha prohibido la venta de alcohol y hay baños portátiles en cada esquina. La pasión y las ganas de farra, domesticadas. En la cantina Cinco Caudillos, veterana del Monumento a la Revolución, el dueño, Alejandro Ruiz, de 70 años, se rasca una enorme cicatriz en el costado izquierdo, boquete por el que sacaron, hace unos años, un cuarto de pulmón. “Ya se me ha regenerado”, dice, orgulloso, “pero tengo muchos problemas”. En su relato, la salud figura como un prólogo del enfado que siente por el “evento” que ha hecho el Gobierno de la ciudad en la zona. “Cierran todo, nadie puede llegar en carro y los clientes no entran”, protesta. “Los que llegan se traen su chupe y no ganamos”, añade. Su capitán, Héctor, es algo más benévolo. Quizá por la hora. Todavía no es mediodía, el cansancio aguanta en la jaula, la emoción por el partido y la buena bolsa de la noche se impone. “El partido pasado se llenaron las 70 mesas de aquí abajo”, dice, cosa que, en un miércoles o jueves normal, no ocurre. “Nosotros esperamos que México siga adelante, porque si no, no se llena. La final sí, pero el resto no se llena”, añade.
“Por lo menos hay que llegar a semifinales: ¡hay fe!”
Del Monumento de la Revolución a la Central de Abastos, Ciudad de México se rinde a la fiesta de la selección, un motivo tan bueno como otro para celebrar















