Este artículo podría haberse escrito de muchas maneras. Quizá la menos original sea con la música de la Jurado de fondo. Con Muera el amor, Punto de partida y Ese hombre y cada letra del alfabeto parida por don Manuel Alejandro. Temas con fuerza desmedida, puro ímpetu del viento, cantados por esa garganta que fue y es, decía el tío de la cantante, como las “cataratas del Niágara”. Pero también puede hacerse con otro tipo de banda sonora. Notas de música clásica que sean pura serenidad y calma, porque la Jurado también era la Mohedano. Una mujer tradicional, llena de miedos, profundamente religiosa y tímida, cardada de pudores y entregada a los suyos. La que hablaba con la Virgen de Regla, la que soñaba con casarse y tener hijos, porque así tenía que ser la mujer de su tiempo. Y en esa mujer es en la que se fija La más grande, la serie documental de cuatro episodios que este jueves estrena Movistar Plus (para escribir esta crónica se ha podido tener acceso a dos de ellos), dirigido por Alexis Morante y en cuya producción ejecutiva participa Rocío Carrasco, la hija que tuvo la de Chipiona con el boxeador Pedro Carrasco. Se fija en esa mujer sin olvidar la otra, en un ejercicio de documentación y equilibrio fabuloso. La Jurado aparece contada por la Mohedano o más bien sea al revés. Cada minuto de metraje es la una y la otra hilvanadas al tiempo. Una contando como si levitara que “la vida es el mayor espectáculo que existe”, esa misma diciendo que les tiene miedo a pocas cosas, quizá, si acaso, a las enfermedades. Rocío contando que eso de que la llamaran la más grande era un halago, pero para eso estaba su madre, para decirle que no se lo creyera, “que las madres siguen pariendo fenómenos todos los días”. Una con los rulos y la redecilla puesta, en bata, dando una entrevista. Otra cantando con un mono negro y las manos en los bolsillos Se nos rompió el amor mientras la melena color cobre se mueve a la vez que el resto de su cuerpo. Este es un trabajo que habla de una mujer extraordinaria, pero también de esa época extraordinaria en la que vivió. Entiéndase cada extraordinario con una acepción distinta. Un país en blanco y negro, una dictadura que decía que ellas tenían que estar calladas y siempre conscientes del papel que la vida les había dado en la vida. Mujeres ideales, madres y esposas, de esas que no saben lo que es quejarse ni cansarse. Y en ese percal, entre consejos de Elena Francis y recomendaciones del No-Do, tuvo que desenvolverse esa piedra dura de Chipiona. La que nació con la autoestima justita hasta que se dijo a sí misma que así no iba a llegar a ningún sitio. La que llegó a Madrid con su madre con las 8.000 pesetas que su abuela les dio para salir airosas de la capital. La que estudió en el Colegio Divina Pastora, la que luego fue Lady España, la que se quedó a las puertas de participar en Eurovisión, la que dijo: “Yo sí que soy más larga que Concha Piquer”. Hay mucho de la época, del machismo y la explotación en la industria, del trabajo incansable de la cantante, esa que respondía en pleno éxito que sus vacaciones consistían en “carretera, bocadillo y cante”. Del prodigio de esas cuerdas vocales, de la actitud de la hija que se quedó huérfana de padre cuando este falleció a los 36 y dice: “Nos quedamos con toda la calle pa’ correr. No teníamos nada”. Hay mucho de hemeroteca, de sostenes familiares, económicos y emocionales. De amores que fueron y dejaron de serlo. De ingresos hospitalarios ocasionados por el exceso de trabajo. Le dijeron que, de seguir así, tendría que dejar de cantar. Ya sabemos lo que pasó después. También hay pocos bustos parlantes que contribuyen al dibujo de la Jurado y la Mohedano, tan habituales y casi siempre excesivos en otros documentales sobre personajazos importantes de nuestra flora y fauna. La voz de la actriz chilena Daniela Vega como narradora choca un poco al principio, al menos para la que escribe, porque no se sabe muy bien a lo que viene. Pero acaba encajando y funciona, con ese acento suave y reconfortante para contar la vida de una mujer que fue leona y gata. No necesariamente por ese orden. El documental también habla de feminismo. Jesús Hermida preguntándole en una entrevista: “¿Tú crees que le haces un buen servicio a la mujer?”. Y ella susurrando, más que respondiendo, un escuetísimo “sí”. El mismo periodista, ante el disco que le escribió Manuel Alejandro, cuyas letras leyó por primera vez desde la cama de un hospital, insistiendo en lo transgresor de aquello: “¿Estas letras por qué? ¿por qué de pronto…?”. Y ella diciendo, melosa: “Son temas de la vida diaria que ocurren, y lo había cantado, si se ha cantado, por un hombre. Pero no lo había cantado nunca una mujer, y ocurre también en las mujeres”. Temas que hablaban de masturbación, de vida sexual insatisfactoria… cosas que ocurren. Fue una mujer que habló de igualdad sin argumentarios, ni relatos, ni asesores. Que enseñó lo que quiso y tapó lo que pudo. Este documental no la desnuda. Simplemente la cuenta.