La reunión de este jueves en Palacio Nacional no solo pone el broche definitivo a las paces diplomáticas entre España y México tras siete años de tensión. La esperada foto de la concordia entre Claudia Sheinbaum y el rey Felipe VI marca también la prolongación del camino propio que va cimentando la presidenta mexicana. Sheinbaum heredó el conflicto del sexenio pasado, pero sin diferir apenas en el fondo del asunto –la solicitud a la Corona española del reconocimiento de la violencia durante la colonización– empezó a tender puentes desde que llegó al poder. Un acercamiento que, más allá de los evidentes lazos e intereses culturales y económicos, se ha convertido también en una estratégica alianza política ante las presiones de Donald Trump. Sin estridencias, y sobre todo, apoyándose en la diplomacia cultural, Sheinbaum ha ido reconstruyendo, con gestos de ambas partes, el cauce roto tras la polémica carta enviada por Andrés Manuel López Obrador en 2019. La reconciliación con España no ha sido el único giro de la presidenta mexicana. En algo más de año y medio de mandato, Sheinbaum ha ido dando pasos para consolidar su propio proyecto, renovando liderazgos heredados, interviniendo con su propio estilo en casi todos los espacios de poder. Entre los más evidentes destaca una estrategia de seguridad más activa y un relanzamiento de la política exterior, dos de los debes de Andrés Manuel López Obrador. Su proverbial reserva a mirar más allá de sus fronteras quedó sintetizada en uno de sus lemas favoritos: “La mejor política exterior es la interior”. Otra de sus frases encarna su laxitud en el combate frontal ante el crimen: “Abrazos, no balazos”. No está siendo un camino sencillo. El expresidente, fundador de Morena y factótum de la izquierda mexicana, conserva un formidable capital político. Dejó la presidencia con una popularidad rozando el 70%. Consciente de su peso, anunció que desaparecería del foco público para no condicionar a la nueva presidenta, a quien fue preparando el terreno como su delfín durante la agitada sucesión interna en el partido. “La figura de López Obrador es inusual por su gran popularidad y porque por ahora está cumpliendo la máxima de no inmiscuirse, que no tiene precedente en la época reciente en México”, señala el internacionalista Gabriel Guerra Castellanos, que subraya también que “la presidenta ha ido día a día marcando el territorio, con gestos simbólicos y políticas sustantivas”.El cauce iba avanzando pero, como en tantas otras ocasiones, el vendaval Trump lo ha terminado de condicionar. Desde su regreso a la Casa Blanca, el mandatario republicano ha desplegado la versión más agresiva de su política. Además de las amenazas económicas (sobre la no renovación del Tratado de Libre Comercio o la imposición de aranceles), el presidente repite cada mes su deseo de intervenir militarmente en México para luchar contra el crimen organizado. La tensión ha llevado incluso a que el Departamento de Justicia de Estados Unidos acuse al gobernador de Morena Rubén Rocha de trabajar para el Cartel de Sinaloa. “No había existido en un siglo este nivel de golpeteo”, apunta Abelardo Rodríguez, profesor de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana, “y, por supuesto, no lo había vivido el presidente López Obrador, quien tenía incluso una buena relación con Trump”. Ese cambio de escenario ha reconfigurado el tablero de Sheinbaum. “El eje de la política exterior de México en el mundo pasa por Estados Unidos”, añade Rodríguez, que considera que el desafío con su vecino del norte ha obligado a la presidenta a “reposicionamientos estratégicos”. Ahí entra el relevo en la embajada de Washington, la firma del tratado de México con la Unión Europea, el último acercamiento con Reino Unido y, por supuesto, los puentes con España. Este deshielo, además, es útil “ideológicamente” para los dos países después de las últimas derrotas de la izquierda en Perú y Colombia, incide el historiador mexicano Alfredo Ávila: “Tanto el Gobierno de Pedro Sánchez como el de Claudia Sheinbaum saben que se están quedando solos. Que ellos pudieran estrecharse la mano, primero, y que la presidenta lo vaya a hacer ahora con el Rey, son pasos para tratar de formar una alianza progresista en un momento en el que la extremaderecha está barriendo en todas partes”. En este mismo contexto hay que situar la presencia de Sheinbaum a la cumbre progresista organizada en abril por Sánchez en Barcelona. Fue el primer viaje de un presidente mexicano a España desde 2018 y, aun más, el primer viaje de un presidente de Morena a Europa, con el simbolismo añadido de ser a España. La alianza tiene visos de seguir consolidándose. En noviembre, Madrid será la sede de otra cumbre con la que España quiere reivindicar el papel de la comunidad iberoamericana ante los embates de la Casa Blanca.Así, aunque los especialistas consideran que la próxima foto de Felipe VI en Palacio Nacional no hubiera podido darse con López Obrador, no es tanto porque los presidentes tengan muchas diferencias a la hora de entender la historia, sino por la vorágine exterior. “La visión de la historia de López Obrador y de Sheinbaum son muy parecidas. Es la visión tradicional que se enseñaba a finales del siglo pasado en México: una historia de bronce, como le decimos en referencia a los monumentos de bronce, que tiene grandes héroes y villanos. Por supuesto, los buenos son los patriotas nacionalistas mexicanos y los malos son los que se entregan a los intereses extranjeros, las élites y las oligarquías”, añade Ávila.El historiador del Colmex Lorenzo Meyer coincide en que el foco en los pueblos prehispánicos conecta con uno de los pilares teóricos del obradorismo, el llamado humanismo mexicano. “Mientras muchas izquierdas miran al futuro, él voltea al pasado y encuentra ciertas características en las culturas prehispánicas dignas de encomio”. Así, en el imaginario morenista, la lucha contra el colonizador, contra los grandes propietarios de las tierras sería “una lucha en favor de un México distinto y ahí está la herencia de los españoles”. Por eso Sheinbaum sigue insistiendo en que busca que se conozca en España otra versión de la Conquista. Lo único que la presidenta ha adelantado sobre su reunión con el Rey es que será “muy corta” y que ella le hablará de los pueblos originarios de México. “Esa idea de convencer a España de la verdadera historia de la conquista suena más a un pretexto para justificar el alejamiento de posición de la administración anterior mientras realmente se deshiela una relación que no tenía por qué estar así”, valora la internacionalista Pía Taracena, que redondea que para llegar al encuentro del jueves han tenido que conjugarse tres elementos: “El cambio de la persona que está al frente de México, la forma en que el Rey reconoce los abusos ocurridos durante la conquista y la disposición de la presidenta a abrir más el canal”. Cuando Sheinbaum ganó hace dos años, no invitó al Rey a su investidura, a la que tampoco acudió ninguna comitiva del Ejecutivo español. Pero algo cambió con la nueva presidenta. Desde los primeros días empezaron los contactos para sondear una posible exposición potente sobre arte indígena en España. En esa exposición en Madrid, sucedió en marzo el gesto en marzo de Felipe VI reconociendo los “abusos” de la Conquista. Antes el español en ese mismo escenario de “injusticia y dolor” durante la colonización. Sheinbaum ha respondido a los “gestos de acercamiento” invitando al rey al Mundial. Un trámite aparentemente protocolario, pero que ganó peso con la posterior invitación formal a la reunión de Estados de este jueves en la residencia oficial y sede del poder mexicano.