Actualizado a las 08:28h.
Convertirse en monja supone renunciar a muchos aspectos que forman parte del día a día del resto de ciudadanos. Se trata de una decisión exigente y que transforma por completo la manera de vivir y de entender el mundo.
Las mujeres que comienzan un nuevo camino en un convento tienen que decir adiós ciertas rutinas. Las salidas frecuentes, el uso habitual de la tecnología, ciertos oficios, los planes de ocio o el contacto constante con familiares y amigos pasan a un segundo plano para dar paso a una existencia marcada por la oración, el silencio y la convivencia en comunidad.
Por supuesto, las hermanas también prescinden de las relaciones de pareja como parte de su compromiso con la vocación consagrada. Tampoco pueden vestirse con prendas que no sean el hábito religioso y, aunque no existe una norma universal de la Iglesia, algunas órdenes prohíben el consumo de alcohol y tabaco.
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