En São Paulo, la mayor ciudad de Brasil y América Latina, existe un rincón donde, durante los partidos de la Selección Argentina, resulta difícil saber en qué país se está. No se trata de una embajada, ni de un consulado, ni siquiera de un centro cultural. Es un restaurante. Se llama Moocaires, una combinación del barrio Mooca y Buenos Aires. Cuando nació, hace casi 20 años, funcionaba como punto de encuentro de argentinos residentes en Brasil, viajeros ocasionales y nostálgicos incurables. Pero, desde la última década y cada vez más, brasileños que decidieron adoptar la camiseta albiceleste lo invaden, especialmente cuando juega “La Scaloneta”. Durante los Mundiales —esto es interesante—, las diferencias se diluyen. Los acentos se mezclan. Las mesas se llenan. Y, entre empanadas, choripanes y vasos de cerveza, aparecen personajes difíciles de encontrar en cualquier otro lugar: paulistas que discuten tácticas de Scaloni, brasileños que celebran goles argentinos y sufren cuando Messi falla un penal.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.