Actualizado 25/06/2026 - 06:21h.

Tenía razón este miércoles Pedro Sánchez cuando, dirigiéndose al Congreso de los Diputados, afirmó que la corrupción no era generalizada. Es verdad. La corrupción está muy concentrada en el PSOE que dirige, con ramificaciones en su Gobierno y, particularmente, en los círculos personales y políticos que le son más inmediatos. Semejante conocimiento certero sobre el ámbito geopolítico de la corrupción contrasta con su declaración de ignorancia sobre los escándalos que lo asedian. O bien Sánchez miente, sin más, o bien admite con sinceridad que es un incompetente. Las dos opciones conducen directamente a su dimisión. No ha habido en la historia de la democracia española de 1978 un presidente de Gobierno con más motivos para dimitir a causa de la corrupción. Sin embargo, sus socios de Gobierno y de Parlamento decidieron practicar su habitual y bochornosa doble moral, porque animan a Sánchez a que certifique su defunción política mientras lo mantienen con un boca a boca que los hace coautores del actual estado de deterioro institucional. Solo EH Bildu se mostró amable con Sánchez, lo cual es una tragedia para su biografía personal y una infamia para la historia nacional. Resulta sencillamente repulsivo que el socio más sincero de un presidente del Gobierno de España –con casi mil compatriotas asesinados por los etarras– reciba el apoyo explícito del partido sucesor de ETA, el que no ha pedido perdón siquiera por los socialistas que cayeron bajo sus balas. Capítulo olvidado en el pacto de investidura pactado por Sánchez con Otegi.