El politólogo Joseph Nye acuñó hace tres décadas el término poder blando para describir la capacidad de un país para hacer que otros “quieran lo que él quiere”, no por medio de las coacciones, sino de la cultura, los valores y la atracción. Durante mucho tiempo, esa dinámica pareció pertenecer casi exclusivamente a Occidente. Hollywood, Silicon Valley y la cultura pop estadounidense habían definido la modernidad global.Pero el centro de gravedad cultural empieza a desplazarse hoy hacia Oriente. Pocos casos ilustran ese cambio tan vívidamente como la transformación de China, que ha pasado de ser un exportador de productos de bajo coste a un productor de imaginación consumida a nivel mundial.De las aulas al códigoEl proyecto de poder blando de China comenzó en serio en la década del 2000 con los institutos Confucio patrocinados por el Ministerio de Educación. Esos centros se diseñaron para enseñar la lengua y la cultura chinas en el extranjero y corregir lo que Beijing consideraba percepciones distorsionadas. En su momento de máximo esplendor, hubo más de 500 institutos en todo el mundo. Introdujeron el mandarín a nuevos públicos, pero también despertaron sospechas; sobre todo en las democracias occidentales, donde los responsables universitarios temieron la existencia de agendas políticas ocultas.La recepción ambivalente de los institutos Confucio ha marcado los límites de la diplomacia cultural tradicional china. En la foto, la embajada del gigante asiático localizada en Berlín Markus Schreiber / APLa recepción ambivalente de los institutos Confucio marcó los límites de la diplomacia cultural tradicional entre estados. El poder blando construido a través de las aulas y las conferencias parecía con frecuencia demasiado oficial, demasiado vertical, y resultaba difícil encontrar eco en un público más joven moldeado por las redes sociales. Con todo, ese esfuerzo inicial fue importante porque sentó las bases para una forma posterior y más orgánica de influencia. China aprendió que la atracción no se puede enseñar, sino que debe experimentarse.El giro hacia las plataformasEn la última década, el despliegue cultural de China ha pasado de los programas gubernamentales a las plataformas digitales. TikTok es el ejemplo más claro. Lanzada a nivel mundial en el 2017, la plataforma tiene ahora más de 1.600 millones de usuarios mensuales y se ha convertido en uno de los distribuidores de cultura más poderosos del planeta. A diferencia de las iniciativas propagandísticas anteriores, el éxito de TikTok no está diseñado por el Estado, sino que surge de la economía de la atención. Su simple existencia pone de manifiesto que una plataforma de propiedad china puede marcar el ritmo global de la cultura popular. El poder de la plataforma es estratégico, aunque no es explícitamente político.Cada minuto que un adolescente de Kansas o Barcelona pasa desplazándose por TikTok es un minuto que pasa dentro de una esfera cultural diseñada por China. El contenido puede ser un baile coreano o música nigeriana, pero la infraestructura es china. Esa sutil normalización, la de China como presencia de fondo y no como un otro lejano, crea una especie de familiaridad ambiental que las formas antiguas de diplomacia nunca habían podido alcanzar.De ‘Kung Fu Panda’ a ‘Ne Zha 2’Durante décadas, los estudios occidentales han contado historias chinas al mundo. Kung Fu Panda fue una creación estadounidense, no china. Ahora, la dirección está cambiando. En el 2025, la película de animación Ne Zha 2 batió récords de taquilla mundiales, obtuvo más de 2.000 millones de dólares de recaudación y superó a Frozen II de Disney. La película recrea un antiguo mito sobre un niño-dios rebelde con un estilo arraigado en el folklore y al tiempo con gran fluidez en términos del lenguaje visual global de la animación en 3D.Beijing se apresuró a celebrar Ne Zha 2 como una prueba de “confianza cultural”, pero el éxito se debió principalmente al mercado. Producida por un estudio privado con poca participación inicial del Estado, la película se convirtió en un símbolo de lo que cabría denominar poder blando desde abajo: productos creativos que surgen del espíritu emprendedor y que luego, cuando cobran impulso, son amplificados por el Estado.Semejante dinámica (primero el mercado y luego el Estado) se repite a lo largo del auge cultural de China. Permite que el poder blando se perciba como espontáneo y no como artificial, y esa autenticidad es justo lo que lo hace convincente en el extranjero.El juego que cambió la situaciónSi el cine demostró confianza artística, los videojuegos demostraron poder narrativo. El lanzamiento mundial de Black Myth: Wukong en el 2024 constituyó un momento decisivo. Desarrollado por un pequeño estudio de Hang­zhou, el juego combina gráficos de vanguardia con la profundidad literaria de Viaje al oeste, una novela del siglo XVI. En pocos días se convirtió en el título más vendido en múltiples plataformas y ha obtenido importantes premios internacionales.Para los gamers chinos, se trató un momento de orgullo. Para los observadores, también fue un acontecimiento geopolítico: millones de jugadores de todo el mundo pasaban decenas de horas habitando un mito chino en lugar hacerlo en el universo de Marvel o Tolkien.Imagen del videojuego 'Black Myth: Wukong 'ArchivoLa imaginación cultural, las historias en las que la gente invierte sus emociones, es un factor importante para la percepción global. Para la próxima generación de responsables políticos, si han vivido en el mundo del personaje Sun Wukong, China dejará de ser una abstracción sin rostro.Capital de ternura y efecto LabubuEl poder blando también puede surgir de lo inesperado. El muñeco Labubu, una pequeña criatura traviesa diseñada por el artista hongkonés Kasing Lung, se ha convertido en un objeto coleccionable viral en Asia y Europa. El frenesí en torno a Labubu puede parecer trivial, pero capta la economía emocional de la cultura del siglo XXI: identidad a través del juego, comunidad a través del gusto estético.En cierto sentido, Labubu hace por el diseño chino lo que Hello Kitty hizo en su día por Japón o Kakao Friends por Corea. Traduce la creatividad local a un lenguaje universal de ternura y nostalgia. Esos pequeños iconos circulan al margen de la política, pero pese a ello crean familiaridad cultural. Son la prueba de que la influencia puede venir en formas que caben en el bolsillo.Los estrategas accidentalesLos observadores suelen suponer que el ascenso cultural de China está orquestado por el Estado, pero muchos de sus éxitos mundiales no estaban previstos en un principio. El auge de Black Myth: Wukong se produjo coincidiendo con el endurecimiento estatal de la normativa sobre videojuegos. Los funcionarios reconocieron su potencial de poder blando y ofrecieron su apoyo solo después de que el juego obtuviera reconocimiento internacional. TikTok también comenzó como experimento comercial y no como herramienta política.Semejante patrón pone de manifiesto un modelo híbrido: primero la creación espontánea, luego la amplificación estratégica. Contrasta con el enfoque orquestado puramente desde arriba de la diplomacia cultural anterior y puede explicar por qué las nuevas exportaciones se perciben como auténticas. Los mercados generan la energía; el Estado proporciona el megáfono.Creatividad bajo restriccionesLos escépticos suelen sostener que el sistema político chino sofoca la creatividad. Sin embargo, la realidad es más matizada. Los límites existen, pero en su interior ha surgido una amplia zona gris de innovación. Los artistas y diseñadores aprenden a expresar la complejidad a través del simbolismo, el humor o la estética en vez de hacerlo con declaraciones explícitas. Paradójicamente, las restricciones agudizan la creatividad ya que obligan a la sutileza.Películas como la citada Ne Zha 2 exploran los temas de la rebelión y el destino pero sin referencias políticas directas. En el sitio web Bilibili, los creadores independientes de animación, cómics y juegos reimaginan la poesía clásica por medio de imágenes ciberpunk. Los desarrolladores de videojuegos entretejen en ellos cuestiones filosóficas sobre el destino y la moralidad. Ninguna de esas obras desafía abiertamente al Estado, pero todas ellas amplían la imaginación cultural disponible en su interior.Del relato oficial a la narración compartidaLa mayor transformación no es temática, sino estructural. En la época de los medios de comunicación tradicionales, la imagen exterior de China estaba mediada por instituciones oficiales como el canal de televisión en inglés CCTV International, la agencia de noticias Xinhua o los institutos Confucio. La comunicación era unidireccional y estaba guionizada. En la actualidad, el auge de las redes sociales ha disuelto esa jerarquía. La narración se ha descentralizado.Fotograma de la cinta de animación china 'Ne Zha 2'ArchivoUn habitante de pueblo puede, con un móvil, convertirse en embajador. Influencers como Li Ziqi, que documenta la vida rural y la artesanía tradicional, han contribuido a humanizar a China en el extranjero más que cualquier campaña oficial. Sus vídeos lentos y serenos sobre la gastronomía y las estaciones han atraído a millones de espectadores de todo el mundo precisamente porque evitan la política. Del mismo modo, los vloggers extranjeros en China, que piden té con leche, viajan en trenes de alta velocidad y charlan con los vendedores, ofrecen microrretratos que trascienden la ideología. Esos relatos cotidianos crean empatía allí donde las declaraciones políticas son incapaces de hacerlo.Las largas sombras del poder blandoEl poder blando funciona lentamente, pero deja huellas profundas. Es difícil de cuantificar y resulta casi imposible convertirlo en un arma directa, pero moldea la forma en que las personas imaginan el mundo. Un niño que creció viendo Ne Zha 2 o jugando a Black Myth: Wukong llevará esas impresiones a la adultez. Cuando sea periodista, dirigente empresarial o incluso diplomático, su visión de China estará teñida por una familiaridad temprana y no por el miedo.Eso no significa una simpatía automática por la política china, pero reduce la distancia emocional que facilita la confrontación. En caso de que los gobiernos contemplen la posibilidad de aumentar los aranceles o intensificar el conflicto, la opinión pública que sienta cercanía cultural planteará preguntas más difíciles. El poder blando aumenta así el coste de la hostilidad sin disparar un solo tiro.La paradoja de la atracción y el poderEs evidente que el poder blando puede verse socavado por un comportamiento duro. La buena voluntad cultural generada por los juegos o los influencers coexiste con los titulares sobre la represión de los derechos humanos o las tensiones en el estrecho de Taiwán. A la gente le llegan ambas imágenes al mismo tiempo. Es la paradoja de la China contemporánea: un país que produce una de las culturas digitales más populares del mundo y que, al mismo tiempo, proyecta una postura geopolítica asertiva y a veces coercitiva.Los dos ámbitos funcionan con lógicas diferentes. El poder duro busca resultados inmediatos; el poder blando opera a lo largo del tiempo. Las políticas pueden erosionar la reputación, pero los recuerdos creados por la cultura persisten. El afecto global por la cultura pop japonesa, por ejemplo, ha sobrevivido a décadas de estancamiento político. Si China sigue fomentando la creatividad y la apertura en sus sectores culturales, esas conexiones emocionales perdurarán más allá de las fricciones políticas.El código abierto como nueva fronteraUna nueva frontera del poder blando chino es la propia tecnología. La aparición de DeepSeek, un proyecto de gran modelo de lenguaje de código abierto lanzado en el 2025, sorprendió a la comunidad mundial de la IA por su rendimiento y transparencia. Puede que el código abierto parezca algo muy alejado de la cultura pop, pero transmite un mensaje similar: competencia, confianza y voluntad de participar en la innovación compartida.Durante años, China ha sido vista principalmente como un seguidor rápido en tecnología. DeepSeek y otras iniciativas de IA indican que también puede contribuir al bien común global. Cuando los desarrolladores chinos comparten código en el que luego confían los investigadores de Europa o América Latina, están creando una nueva forma de influencia que no está basada en el relato sino en la utilidad. El poder blando se convierte entonces en infraestructural, un prestigio silencioso capaz de crear herramientas utilizadas por el mundo.Más allá del relato de la imitaciónUna persona prueba el asistente DeepSeek, asistente de IA generativa Eduardo Parra / Europa PressQuizás el cambio más significativo sea psicológico. Durante décadas, el “Hecho en China” suponía imitación. Ahora, el “Creado en China” y el “Hecho por China” asoman como marca de originalidad. Las marcas de moda chinas reinterpretan motivos tradicionales para las pasarelas mundiales. Las empresas tecnológicas marcan tendencia en la estética digital. Los músicos independientes mezclan letras en mandarín con ritmos electrónicos globales. La confianza para definir y no imitar constituye una señal de madurez cultural.El camino futuroDe modo retrospectivo, las bases del poder blando chino se sentaron a través de años de inversión política en educación, escuelas de cine e industrias creativas. Sin embargo, el verdadero despegue se produjo cuando la innovación privada se cruzó con la conectividad global.Esa mezcla de ambición estatal y espontaneidad del mercado ha producido un ecosistema más flexible y resistente. No carece de contradicciones; el control y la creatividad siguen luchando, pero ese ecosistema ha demostrado ser capaz de producir contenidos de primera clase que resuenan más allá de China.¿Hacia dónde se dirige a partir de aquí el poder blando chino? El camino no será lineal. Las restricciones políticas, la censura y la desconfianza externa siguen siendo obstáculos importantes. Sin embargo, los cimientos son sólidos. Es probable que la próxima década vea una mayor diversificación, un mayor número de estudios independientes, colaboraciones transfronterizas y fandoms globales centrados en contenidos chinos.El reto de China no es controlar ese proceso, sino dejarlo respirar. Cuanto más descentralizada y motivada sea la creación cultural, más convincente será. En un mundo saturado de información, la autenticidad es la moneda más escasa.En última instancia, el auge del poder blando chino forma parte de un reequilibrio más amplio de la imaginación global. El mapa cultural del siglo XXI no será unipolar, sino multipolar, con EE.UU., Europa, Japón, Corea, India y China aportando sus propios ritmos. En tal mosaico, la voz de China será una más, pero será una voz más fuerte, más segura y cada vez más fluida en los lenguajes universales de la narrativa, el juego y el código.Shaoyu Yuan es doctorado por la Universidad de Nueva York.Cómo leer Vanguardia DossierVERSIÓN IMPRESA• Compra de ejemplar. La edición impresa de VANGUARDIA DOSSIER se puede adquirir en quioscos y librerías habituales al precio de 12 euros.• Suscripción. Solicita tu suscripción llamando al 933481482 y recibirás VANGUARDIA DOSSIER cómodamente en tu domicilio.VERSIÓN DIGITAL• Compra de ejemplar. La edición digital de VANGUARDIA DOSSIER está disponible de forma gratuita en la app “Vanguardia Dossier” para iOS (App Store) y Android (Google Play Store). Cada ejemplar tiene un coste de 8 euros.• Suscripción. 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