Aguas del Mediterráneo (entre Niza y Marsella), 1798. Tres escultores navegan en un bergantín. La bodega está repleta de mármol. Estatuas, bustos, frisos, lápidas con inscripciones latinas. Es la colección personal de uno de los personajes más poderosos de El Vaticano. El mismo hombre con el que los tres escultores han firmado un contrato (escrito en castellano, traducido al italiano, y con una apostilla en latín) unos meses antes. Reunidos en el despacho del abogado Lorenzo Torrelli, Antoni Despuig i Dameto, por un lado, y Pascual Cortés, Lugi Melis y Joan Trivelli, por otro, se establecen las condiciones económicas: “25, 13 y 10 escudos por cabeza por trabajar nueve horas en invierno, siete en verano”. A cambio, estos tres maestros del cincel se comprometen a restaurar, ensamblar y pulir los tesoros que su empleador ha ido reuniendo a través de excavaciones y compras en los mercados de antigüedades de Roma.
Ahora, a bordo, Cortés, Melis y Trivelli deben culminar la misión. Viajar con los tesoros hasta Mallorca, la isla en la que nació este cardenal que –con sus idas y venidas– lleva varias décadas siendo una correa de transmisión entre los Estados Papales y la monarquía de Carlos IV, el borbón que reina en España. Un detalle a tener en cuenta cuando al barco que navega por el Mediterráneo repleto de mármol lo obliguen a amarrar en Saint-Tropez. Hércules o Atenea están a punto de provocar un conflicto diplomático milenios después de que dejen de guerrar en su nombre. La geopolítica, siempre al mando. Para escapar de los franceses, el nombre del bergantín, tal vez, les echara un cable: Virgen de los Remedios.







