Durante el reinado de Amadeo I (1871-1873) se llevó a cabo una de las expediciones arqueológicas más disparatadas de la historia: el envío de la fragata Arapiles a comprar antigüedades por el Mediterráneo oriental para rellenar los anaqueles del recién inaugurado Museo Arqueológico Nacional (MAN). Pero pronto surgió un problema: el barco de guerra no llevaba fondos suficientes ni para adquirir el carbón con el que navegar. “Fondos cero, ayúdenos ministro con su legítima influencia”, telegrafió desde Constantinopla el director de la comisión científica, Juan de Dios de la Rada. No obtuvo respuesta. Sorprendentemente, la misión acabó con cierto éxito, y la fragata regresó a España con 319 objetos arqueológicos, transportados en 22 cajas, además de 250 fotografías y dibujos. Ahora bien, ¿qué habían comprado o aceptado como regalo? Nada estaba claro. “Coleccionar implica escoger, una opción que la comisión a Oriente no tuvo. La recopilación no se basó en un proyecto de investigación específico y sistemático. Esta carencia metodológica lo aproxima más al coleccionismo ilustrado, pero aún lejos de un programa arqueológico moderno”, escribe la historiadora y oficial reservista de la Armada, Carmen García, en La arqueología que la Armada trajo por Mar. La comisión a Oriente de la fragata Arapiles en 1871 (Robinson, 2025).Este libro, último Premio de Historia Naval don Juan Alvargonzález, relata con gran minuciosidad el sorprendente viaje del barco de guerra que cruzó el Mediterráneo justo en el momento que se abandonaba la navegacion a vela y se optaba por el vapor. Por eso, la fragata llevaba los dos sistemas de propulsión, algo que le vino muy bien ante la total carencia de combustible. Había que esperar a que los vientos fueran propicios para comenzar la travesía.A finales del siglo XIX, Europa estaba creando sus grandes museos, como el Británico, el Louvre o el de Berlín. España puso en marcha el MAN. Y aunque las grandes instituciones museísticas europeas llenaban sus salas con objetos orientales, en España no existía esa posibilidad, ya que el país no encabezaba ninguna de las grandes exploraciones arqueológicas de Oriente Medio, en manos fundamentalmente de británicos, franceses o alemanes. La Arapiles se presentaba como la solución. Si no podías saquear, por lo menos podías intentar comprar.Pero pronto la tripulación y el equipo arqueológico se dio de bruces con la realidad. ”Hoy solo me quedan veinte y ocho días de viveres que la mensualidad en caja apenas bastará una mensualidad corriente que, aunque conservo en las carboneras quinientas veinte toneladas de carbón es de todo punto imposible que con ellas pueda ni aun utilizando solo la vela hasta el ultimo extremo recorrer la gran distancia que falta por andar”, escribió el comandante de la nave, que avisaba de que nunca llegarían a Constantinopla o Egipto, con lo que la misión fracasaría. Aun así consiguieron llegar a la actual Turquía, donde descubrieron que los grandes países europeos comerciaban plenamente con Constantinopla, mientras que no hallaron ni un solo buque con pabellón español por mucho que buscaron. Constataron que los cónsules italianos, griegos, austriacos, frances o ingleses vivían en las mejores villas de cada ciudad e invitaban a las autoridades locales a fiestas en enormes palacios, algo muy valorado por los otomanos. En cambio, los responsables diplomáticos españoles residían en modestísimas casas en las que ningún alto mandatario aceptaría una invitación. Cuando bajaron a tierra, el choque cultural resultó brutal para los expedicionarios. No comprendían absolutamente nada del Islam. Incluso, y eso estuvo a punto de provocar un grave incidente, está registrado que, como muestra de gratitud hacia unos estibadores, les ofrecieron trozos de tocino cuidadosamente envueltos. Por eso, y aunque en principio los españoles se mostraban recelosos, la tripulación buscaba el contacto directo con los descendientes de los judíos expulsados de España cuatro siglos antes. “En este viaje a Oriente, los safardíes pasaron de ser un sector de la población otomana objeto de la desconfianza oficial, a ser un grupo que el viajero español valoraba por su hospitalidad y cercanía haciéndole sentirse como en su patria”, indica la autora.Las piezas que adquirió De la Rada y que ingresaron en el MAN “provenían casi todas de los regalos de los consules [españoles y extranjeros], pero no los vasos que adquirió en Siracusa a los amigos comerciantes, galantes y atentos. Hasta parece que tuvo que obligarles a que aceptasen lo que se había dado por los vasos”. Sin embargo, “la doctora Paloma y Romanas del MAN afirma que el oinócoe [vasija para el vino] de la cerámica grisácea con figuras negras [que compró la expedición] es una falsificación que consiguió engañar a De la Rada”, se lee en el libro. Entre los objetos entregados por los diplomáticos o adquiridos por los expedicionarios se encontraban piezas como un gran relieve, una estela griega, lucernas, una cabeza romana, torsos, fragmentos de esculturas de mármol, un busto ptolemaico, una columna de Pompeyo, cerámicas, vidrios, monedas y diversas estatuas. Un botín nada despreciable dada la exigua cantidad económica de la que disponía la expedición.Tras finalizar el viaje, la Arapiles, con un casco de madera que no podía soportar el blindaje que arrastraba, terminó en Cuba. Fue desguazada. Costó 6,6 millones de pesetas, mientras que sus maderas y hierros fueron vendidos por 157.000 pesetas. Como guiño sarcástico de esta historia, la constructora naval estadounidense Green reclamó el pago de la nave 40 años después de botarla. Afirmaba que el Gobierno español no la había abonado. El almirante Pascual Cervera respondió: “Tengo la casi absoluta certeza de que, si se registran judicialmente los libros de la casa Green, aparecerá pagada la suma que nos reclaman”. No volvieron a insistir. La historiadora concluye: “Tras repasar los desencuentros de Juan de Dios de la Rada con las falsificaciones, el interrogante que se abre, con la perspectiva histórica, es si de haber tenido presupuesto para comprar piezas arqueológicas, hubiese sido empleado en buenas adquisiciones o si, por el contrario, hubiese caído en la picaresca, tan antigua como la propia arqueología”. Una pregunta sin respuesta, porque nunca tuvo la oportunidad de decir: “Póngame una momia de esas”, porque por falta de fondos nunca pudo adentrarse en la Tierra de los Faraones. Solo recaló unos días en Alejandría y de milagro.La arqueología que la Armada trajo por mar. La comisión a Oriente de la fragata 'Arapiles' en 1871Carmen García PérezFundación Alvargonzález, 2026140 páginas, 16 euros